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lunes, 3 de diciembre de 2018

Entre puntos y bajona


Estos días de trancazo espectacular ando metida exclusivamente entre lanas, esto y algunas series o películas amables es en lo único en lo que me puedo concentrar con esta cabeza mía embotada por el resfriado inesperado. El cabreo con el que salí del museo tras haber asistido al ciclo de Cine Intergeneracional, se ha manifestado en mí de esa forma: dolor corporal, la cabeza que me pesa, ojos llorosos y nariz moqueante; todo ello nada más subir al bus que me trajo de vuelta al redil. Ver “Senderos de gloria” doblada en un cineforum era algo tan remotamente imposible que ni siquiera me planteé que pudiera ocurrir.
Lo bueno de encontrarme en este estado febril es que me vienen sensaciones y recuerdos de otros tiempos que me están encantando. Uno de ellos es el tacto cálido de la lana y, de las agujas, la frialdad puntual al rozarme cuando mi amatxo tejía un jersey, y lo probaba sobre mi cuerpo para ver los aumentos o disminuciones que tenía que realizar. Me gustaba ver tejer a mi madre, a mi madrina, si coincidía ir al pueblo en invierno, y a Cati, la madre de mis amigas del alma. Hubo un tiempo en el que nos prestábamos aquellos jerséis hechos a mano, cosa que no hacía gracia a la madre, supongo que pensaba que no era higiénico, no sé, pero para nosotras era como estrenar prenda. El préstamo siempre me ha parecido una acción maravillosa, al igual que reciclar. Practico siempre que puedo todo esto.

Cuando veía a mi madre moviendo las agujas al ritmo que marcaba el propio punto me fascinaba ese sonido suave del chocar de las agujas metálicas gris perla. La labor iba aumentando de una manera precisa por la experiencia de sus manos que a mí me parecía magia pura, sintiéndome incapaz de ejecutar una labor así algún día. Mi madre tenía una máquina remalladora en casa para tejer, así que hubo un tiempo en el que mi casa tenía el aroma de los conos de lanas y otras hilaturas y se escuchaba el ir y venir de la plataforma sobre las agujas con la Cadena Ser de fondo. Aquella máquina quedó callada en un rincón mucho tiempo, hasta que molestó tanto que la dio o la lanzó a la basura, como la máquina de coser Singer. Yo guardo demasiado y mi madre no guarda nada. ¿Dónde estás punto medio?

Desde siempre he mostrado tener maña con las manualidades, excepto para el dibujo artístico todo hay que decirlo; pero durante una larga época no hice nada, exceptuando algo puntual para regalar en lo que ponía lo mejor de mí. Siempre se me resistió el punto a dos agujas, la calceta como la llamaban algunas, aunque mi madre utilizase simplemente “punto” para referirse a tal labor. Apretaba tanto los puntos de inicio que me costaba la vida hacer una segunda línea, luego me comía o aumentaba a discreción. Un desastre que dejé enseguida. Por bordar a punto de cruz o hacer petit point, alguno me llamó abuela de una manera despectiva, como si aquello del hazlo tú misma hubiera quedado obsoleto.  Me apena la gente incapaz de valorar cualquier cosa hecha con las manos, los mismos que en mi vida me achacaran lo carca que era porque me gustaran ciertas labores, tipos que te etiquetan por el simple goce de hacer daño.

Como iba diciendo, y dejando a un lado a  innombrables que a lo único que se dedicaban era a menospreciar a una por el físico y por no llevar tacones a diario, estos días ando bastante floja en general, como si se estuvieran agotando las pilas que llevo dentro, cada noviembre-diciembre me ocurre lo mismo,  debería hibernar como una marmota. Mientras ganchilleo veo “Crónicas de un pueblo”, serie a la que hice alusión en la entrada “Amor en Tokio” y que me permite contar puntos al no tener que mirar la pantalla constantemente. Al fin encontré el episodio traumático del que hablé entonces y no, no ocurre en un gimnasio como creí, la memoria infantil tiene estas cosas, manipula el recuerdo y quedan ideas equivocadas que se convierten en verdades como puños para el resto de la vida si no tienes forma de comprobarlas, como sí ha sucedido en esta ocasión gracias a la hemeroteca de RTVE. El capítulo al que hago referencia se titula “Pirueta 2ª parte”. Volver a verlo me hace comprender dónde comenzó mi gran problema con la muerte, para mí una clase de abandono al que parezco suscrita, y al dolor emocional, y también mi aversión por el circo (que me perdonen los payasos de la tele a los que no meto en este saco, fan total de Una tontería en la tintorería).

Nefasto episodio “La cátedra ambulante” donde se da pábulo y gloria al Movimiento a través de la sección femenina que iba  adoctrinando por los pueblos en unas caravanas con las flechas de Falange y el nombre de Franco rotulados en sus laterales. No dudo que ayudasen en algo a las gentes de pueblos alejados de núcleos urbanos más grandes, pero vaya, me resulta insoportable la clasificación hombres a un lado, mujeres al otro en todo. Confieso que me pone más enferma algunas frases, algunos hechos o gestos de los habitantes de Puebla Nueva del Rey Sancho. Opto por situarme mentalmente en la época, cuando todo eso se veía bien, para no cabrearme demasiado, quiero revisar todos los capítulos de la serie a las bravas, he de aguantar.

La única mujer que parece salir de la norma es la farmacéutica y concejala, una joven que acaba casándose con el alcalde y pasa a ser señora de su casa, esposa e hija del farmacéutico tras la bendición de Don Marcelino, el cura. Una pena, todo se perpetúa, las mujeres tejen en las puertas de las casas, incluso ésta en la mesa del bar junto a los hombres, para dejar claro que sí, que está con ellos por ser la mujer del excelentísimo, cosa que no hace el resto de esposas, pero tejiendo y diciendo obviedades “de mujeres”.

Ahora teje mucha gente, hombres y mujeres, es el nuevo yoga. Hay infinidad de lanas e hilos, tantos que me vuelvo loca viendo maravillas de texturas y colores. Se ha puesto de moda con la contrapartida que las lanas están carísimas, mucho más. Antes veías a cualquiera comprando ocho ovillos de lanas Stop para hacer un jersey de calidad; desde el cambio al Euro, según mi madre, todo se ha salido de ídem. El postureo y la tontería, también presente en el mundo de la manualidad, me agota y asquea un poco. A veces sueño que veo ovillos preciosos y me entran unas ganas locas de robar. No sé qué diría Freud de esto o mi madre, pero los robaría sin pensar.






domingo, 2 de agosto de 2015

Cogito ergo sum


Hay algo mágico en el hecho de comprar un ovillo para tejer, un precioso preludio se abre entre la madeja y yo cuando elijo su composición, su color, su textura y me lo quedo; tras la transacción me pertenece pero no de manera vulgar.

De camino a casa abro la bolsa de vez en cuando para cerciorarme que sigue ahí en el fondo, tan callado, que no lo he olvidado sobre el mostrador o cuando me he agachado a recoger los auriculares con los que siempre escucho música mientras camino por la calle.

Me encanta su color, lo huelo, su esponjosidad por estrenar la imagino sobre mi cuerpo, todo eso lo pienso sin que él sepa nada de lo que será; sólo al acercar la aguja de ganchillo comienza a cantarme cosas, al principio muy bajito, porque los comienzos en apariencia son poca cosa, un punto es un minúsculo e ínfimo quinto de nada, pero al añadirle compañeros se crea una hermosa sinfonía donde queda atrapada toda mi intimidad. Porque sí, porque creo que ya no existe eso entre las personas, hay mucho miedo a dejarse ver, se siente cansancio sólo al pensar que se ha de hacer más y reflexionar menos. Y mucho hastío, mucho, así que mi intimidad, esa que me falta con alguien que deseo, la deposito en la hebra hilada de la madeja que es como yo, sólo que ella no seguirá hecha un lío cuando la convierta en prenda y yo seguiré siendo puzle, retazos de mi vida que algunas veces creo no recompondré jamás.

Resulta sutil y bella la intimidad que con el hilo hago patente en cada segundo de roce con mis manos, y ésta se crea porque ese ovillo elegido por mí y que acerco a mi rostro escucha sin necesidad de palabras ni gestos. Todos mis pensamientos, que fluyen desde el cerebro por nervios, arterias y venas hacia el resto de mis órganos internos, salen por los ojos y por los dedos de la mano y entonces, hacen contacto con el hilo, con esa textura cálida. Comienzo alado con final predecible, y aún así mágico.



Tejo para olvidar y es eso lo que menos hago cuando tejo: olvidar. Ya no sé cómo se hace, si es que alguna vez supe hacerlo.

Como le dice el Dr. Bigelow a Louie C.K, hay que dar gracias por estar en la mejor parte de todo este sindios que es amar al vacío de esta forma tan bestia, porque la peor parte se acerca, la peor parte es cuando no tenga en quién pensar, cuando ya no eche de menos, cuando él ya no me importe, cuando ya no sienta nada por esa persona que me ha olvidado a velocidad máxima de crucero.

Disfruto de mi dolor ahora que puedo porque esta sensación tiene su belleza también, y no me permite parar de tejer. Mientras el ovillo me lee la mente, éste va tomando formas concretas, sin descartar deshacer porque me equivoco si no estoy concentrada en la matemática pura del crochet. Una lucha constante entre la lógica de la puntada y el soñar despierta. Mientras tejo imagino una trayectoria en parábola para mí y para la sequoia que no me deja ver el bosque.


Sí, me estoy convirtiendo en una experta soñadora despierta incapaz de concentrarse en otra cosa que no sea ése árbol.


Con cariño para Bluü, lugar sagrado con encanto que la preciosa Marta hace posible, ese lugar donde nos gusta estar a las que jugamos con las lanas. Larga vida.