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domingo, 30 de mayo de 2021

Bus stop

A pesar de que el estado de la parada de autobús es bastante lamentable y feo: asfalto deteriorado, acera sucia y destartalada, y que no tiene nada de especial, me encuentro atascada en ella y me atrae cada vez que paso por allí de regreso a casa en este mismo bus que una noche esperé con él.

Miro la marquesina desde mi asiento junto a la ventana y me invaden imágenes del episodio de Doctor en Alaska en el que se representa la obra teatral de William Motter Inge, Bus Stop. Al principio no entiendo el porqué de esta conexión, cómo es que se mezclan escenas de mi serie favorita de todos los tiempos y esa cutre parada de bus.

Rebuscando en mi memoria, y tratándose de mí, lo tengo claro.

Hace muchas lunas, y tras haber callejeado día y noche por la ciudad de aquellas fallas en las que por primera vez tenía servicio las veinticuatro horas, esperé mi bus. Estuve muy pendiente de su llegada en aquella madrugada oscura de farolas contiguas nada luminosas. Pasaron varios vehículos con el número 161 repletos de gente que no se detuvieron; no sé si porque el conductor no reparó en mí, aunque siempre hice aspavientos para que me viese, o porque realmente no le dio la gana. Al final opté por subirme a otro que me dejaba en el pueblo de al lado y continuar hasta mi casa caminando.

El caso es que ahí estaba yo, muriéndome de ganas por quedarme con esa persona y que no acabase nunca el día, y mi cuerpo haciendo todo lo posible por mantenerse en alerta ante el transporte público.

Su voz sonó sincera, ven y bésame que luego lo echarás de menos. Y reaccioné como deseé, poniendo mis manos en su rostro y besándonos con aquellos besos excitantes que me electrizaban cuerpo y mente.

Ahí la conexión en mi memoria con la serie, los besos. Chris Stevens sobre las tablas asustado por tener que besar a Maggie O'Connell al final de la obra, incapaz de ponerse en la piel de Bo y ver a Cherie, y el montaje teatral que casi acaba en desastre si no es por las confesiones sinceras y la cordura. El entendimiento vuelve a reinar en Cicely, Alaska, donde los espíritus libres acaban allí para reescribir su libro, a reencontrarse con su ser. Inevitable chocar e inevitable competir para seguir siendo.

Esa parada en la que me reencuentro cada día con mi yo de hace unos años, cuando todavía la ilusión formaba parte de mí, me tiene pegada con adhesivo epoxi. Ella (mi yo de antes) permanece en esa parada de bus, en esa noche concreta, como lo estoy yo (ella de ahora) en la serie de mi vida. Me miro con nostalgia que es lo que siento recordando aquellos besos,... y preguntándome, dónde diantres he guardado mis DVDs de Northern Exposure, o a quién se la presté que no me la ha devuelto, porque no encuentro la edición especial por ningún lado.


miércoles, 16 de octubre de 2019

En busca de la cordura

A estas alturas resulta absurdo, cuando no insultante, creer que inventamos algo nuevo con todo eso de los alimentos ecológicos, la cosmética natural, la no utilización masiva del plástico, etc. Nos pasamos la vida buscando soluciones a los desperfectos que nosotros mismos hemos provocado. Doble trabajo. Olvidar lo aprendido, aniquilarlo e intentar buscar las vías para volver a aprender.

¡Cuánta sandez! Definimos actuaciones con palabras en inglés y nos creemos los amos del cortijo. Señoras y señores, comprar legumbres a granel, utilizar bolsas de red (chivatas que decía mi abuela materna), de tela de algodón...eso ya lo hacíamos el siglo pasado. Me parece perfecto que se adopten las viejas formas, pero no me las vendáis como algo que se os acaba de ocurrir, porque no cuela.

Tengo recuerdos nítidos de comprar la leche llevando mi propio recipiente, de ver cómo la lechera (la señora que la vendía en una pequeña habitación de una casa baja en la calle Reyes Católicos) medía la cantidad pasándola de una jarra a otra. Un bonito ceremonial que disfrutaba cuando todavía no existía la premura, las prisas para todo, al menos siendo niña yo no la percibía.
Devolvíamos los cascos, las botellas de vidrio, con la normalidad más absoluta. Lógico, coherente, llamadlo como queráis. Reutilizar.


Te pesaban las frutas y verduras (que pedías a razón de peso y dureza: patatas, melón, sandía,...) en el cestillo de la báscula y lo volcaban en tu cesto de paja o en la chivata. Así de sencillo y sin utilizar bolsas intermedias que separaran la comanda. 
Poco plástico vi entonces. Recuerdo la primera caracola rellena de chocolate que comí en mi vida en la tienda de una compañera del cole. Sublime, exquisita. Me la dieron envuelta en un papel algo burdo, rústico. Ahora te pelan las mandarinas y colocan los gajos en bandeja cubierta con film transparente. ¡Toma ya! Nos estamos volviendo unos inútiles desconsiderados de cuidado, sin darnos cuenta de que todo lo malo que hagamos tiene consecuencias desastrosas para la vida.

Rememoro con cariño una de las primeras cosas que me permitieron hacer en la cocina las mujeres de mi familia, volcar lentejas en un plato y, con cuidado y mucha atención, separarlas entre sí con las yemas de los dedos en busca de cualquier piedra minúscula o cosucha que no fuese lenteja antes de ponerlas a remojo para el guiso del día siguiente. Me resultaban fascinantes esos quehaceres de cocina por la calma que transmitían y por las charlas que sucedían entre mujeres. Esas manos ágiles que con maestría eliminaban los extremos de las judías verdes para el hervido de la noche, cómo echo de menos aquellos momentos de complicidad donde la tranquilidad reinaba sin esforzarnos, esa calma se esfumó de repente, yo creo que con la llegada de las responsabilidades.

Has de estudiar mucho, te dicen. Se nos educó memorizando y siguiendo unas normas de cuya moral dudé a partir de los catorce años. Somos autómatas a los que se les exige el éxito desde el principio y a un ritmo acelerado: quieren un bebé que ande pronto, que hable antes que el hijo del vecino, que haga monerías para exhibirlo delante de los conocidos. Algo que siempre he repudiado es obligar a los pequeños a dar besos a diestro y siniestro a personas que no conocen de nada. La de babas, sudores y pinchazos de barbas de aquellos hombres y mujeres que me tuve que comer con patatas.
Los besos se dan cuando se desea, ni por encargo ni por lástima y menos para demostrar que sabes obedecer a tus mayores.
Pues eso, que memorizamos y se nos pone nota, pero no se nos enseña a valorar lo que tenemos, a empatizar, a saber gestionar las emociones, a ser una buena ciudadana, respetuosa con los demás y con la tierra. El éxito se traduce en cuánto dinero ganas con el oficio que tienes y no, me cago en todo eso.

No estamos inventando nada nuevo, dejémonos de tonterías, sigamos con lo lógico, lo aprendido en nuestra niñez. No malgastar el agua ni los alimentos, ser agradecido, respetar, reciclar, reutilizar, dar nueva vida a los objetos, a la ropa.
Qué costumbre la nuestra de tirar algo que ya no es de hoy, lo de antes de ayer no sirve, está obsoleto.

Toda mi vida he valorado las cosas, y lo que la tierra da, y eso que alguno de mis familiares me decía: nena, eso no vale nada, es viejo. Me daba igual aquellas palabras, nunca desprecié algo por ser de otra época, o por estar usado. Siempre he mirado las cosas con respeto y cariño.

Uso ropa que tengo desde hace 20 años, mi exprimidor de naranjas es de los primeros años 70, calidad Braun, doy prendas y me dan, siempre me ha gustado saber hacer cosas con las manos, cualquier forma de artesanía para mí es magia. Me encanta prestar libros y que me los presten. El cambalache, la permuta también es algo agradecido.

Que alguien piense en mí y me traiga olivicas, vermú, mosto del pueblo, especias o mermeladas caseras con la fruta de temporada, me conoce bien. Los gastrosouvenir son de las mejores cosas que existen. Soy feliz al recibirlos.

Echo de menos el vivir más pausado. Ahora que puedo me recreo cada día un rato en mirar por la ventana y observar mi horizonte. Parece nada, pero para mí es mucho. Ningún atardecer es igual a otro.¡Qué poco miramos más allá de nosotros!En esos momentos, y cuando camino a solas por el puente que cruza el Ebro, verdaderamente siento que soy. 

Acepto la inmediatez sólo cuando se trata de verdad, de honestidad; porque en ese instante no vale la pérdida de tiempo en vaguedades y otros cuentos a medias.

Me molestan las prisas que veo en la calle, ahí abajo, y el que todo tenga que ser para ya, los gritos del que ha intentado robar en el supermercado y los de los trabajadores que han salido en bandada a por él. A pesar de esa violencia momentánea que me pone un nudo en el estómago, respiro hondo y miro la luz que colorea ese cielo infinito, y me llega, ya sin gritos, la misma calma que cuando hago ganchillo.

Perdonad si no vibro al compás de mis semejantes. Quizá es porque, en palabras del Walden de Thoreau, oigo una música diferente. Aunque lo que llevo unos días escuchando es el cli-cli sutil de algo que no sé si viene de mi cabeza, de algún insecto que ha hecho hogar en mi salón o es el roce de algo en la ventana o en mi silla de enea. Con esa neura estoy.

domingo, 27 de enero de 2019

La caja de botones


A veces pongo un poco de orden en la habitación que he bautizado como Taller. Ovillos por estrenar, otros a medias, restos de hilos y algodones que voy acumulando en cestas de mimbre, cajas de madera y otras variaciones en tela rígida que ya están saturadas. Por otro lado, tengo fieltros, cintas de raso o similares, cuentas de vidrio de muchísimas clases y colores, de plástico, de madera, agujas, ganchillos, hilos para bordar, algunos bastidores de madera, papeles, telas y luego están los botones, que hace un par de semanas reuní en una misma cajita de cartón muy mona porque no son muchos.

He ido al salón de casa, que no piso a no ser que sea estrictamente necesario, y me he topado con una caja metálica de esas de galletas danesas de mantequilla ideales para tomar con el té. La he agitado por si estaba vacía y, al escuchar el sonido que ha provocado mi movimiento  de vaivén, he recordado que era una caja llena de botones que mi madrina tenía en su casa de Lorca y que dio a mi madre, su hermana, por si algún día le venía bien para sus labores de costura.

Antes de abrir esa caja que tenía olvidada, me he acordado de mi chacha Carmen, cuñada de mi madrina, que a su vez  guardaba una cajita de lata rectangular que me encantaba, de cuando el plástico no había invadido todas las formas posibles de contener, una caja de algún chocolate o dulce de antaño colmada de botones en mezcolanza.

Hablando de posesión y objetos, podría dividir a mi familia en dos: la facción que tiende a guardar cosas por si acaso, y la otra que no guarda nada y lo tira todo. Reconozco mi pertenencia a la primera, y admito mi predilección por los botones al mogollón. ¿Qué si he pensado alguna vez en organizarlos por colores y tamaños? Claro, infinidad, pero el placer de rebuscar con los dedos de una mano y escuchar una y otra vez el sonido de choque entre ellos y la caja metálica se perdería de todas, todas. Me es tan querido ese soniquete que no deseo que eso ocurra. Muchos recuerdos desde la infancia con esas cajitas frías en las manos, cuando a los ocho o nueve años me permitieron abrirla por primera vez. Antes tuve que conformarme con mirar embelesada a mi chacha ir a por ella a la cómoda de su cuarto, traerla y con suma delicadeza abrirla a la luz de la entrada de la casa, donde se abría el patio delantero, para buscar un botón igual al extraviado de su rebeca. (Nota: intentar recuperar esa caja si todavía existe.)

Abro la caja redonda, que ya me pertenece, porque mi madre es de la otra parte de la familia y me los ha dejado ahí para que me los quede, y puedo ver al primer golpe de vista un caos monumental, y cuando pongo atención aparecen ante mí botones imposibles, de nácar, minúsculos, enormes, metálicos, navales, de plástico, botones en los que ves cómo un error de fabricación ha creado un diseño propio que no está nada mal, muchísimos botones en colores que van del blanco transparente, pasando por el gris hasta llegar al negro, tono de luto por excelencia, los que más hay por cosas de los pueblos. Escarbando me encuentro algunos con matices de color verde y los aparto para un diseño que quiero hacer. Uno se repite hasta cuatro, seis  veces, y me alegra.

Foto©AnaMeca2019

En las películas donde los adultos encuentran cajas de recuerdos de infancia, casi siempre hay cromos y, al menos, un botón, que como objeto me fascina desde que mi madre me enviaba con seis años a la paquetería (antes los comercios no tenían más nombre que el de los productos que vendían o como mucho el de las personas que los regentaban; de ahí viene lo de: ve a Cal sordo, a la tienda, a la lechería, o donde Albertín).

En la paquetería había expuesta una muestra de cada modelo en los frentes de los estrechos cajones de un mueble muy alto de madera que María tenía detrás. Menos mal que ella lo tenía todo organizado porque, de no haber sido así, imaginadme esperando el turno unos cuantos días. Ir a comprar allí era como meterse en un agujero negro, sabías cuando llegabas, pero no cuando ibas a salir. El marido de María me resultaba antipático, y rezaba porque no me atendiera él, me trataba como si fuera una mocosa molesta, aunque era muy hosco en general. Sin embargo, la delicadeza de ella fluctuaba en la línea de tiempo de una manera propia mucho más lenta que le venía de naturaleza.
Me gustaba el aroma que se respiraba a puntillas e hilos y la forma en cómo medía las cintas o las gomas elásticas. Siempre añadía unos treinta centímetros de más que yo me tomaba como un regalo especial, aunque viese que lo hacía a todas.

Por aquella época, mi madre tenía una rebeca (qué preciosa palabra para una prenda de vestir) color malva con unos botones totalmente esféricos  al tono que yo quería ponerme cuando fuera algo mayor; pensaba que un día sería de mi talla y ella me diría: Nena, póntela, te quedará bien. Pero mi madre, como ya he comentado, nunca ha sido de encariñarse con las cosas materiales, y la regaló a la hija mayor de la casa del callejón, antes de que yo cumpliera los diez. Cuando me enteré me entristecí un poco, luego pensé que aquella muchacha, nacida en una familia numerosísima, abocada al sufrimiento y a la penuria, también se merecía disfrutar de la generosidad de mi madre, que siempre ha dado y da lo que tiene a cambio de nada.
Los que menos tienen son los que más dan, esta no es una frase de mierda, en el caso de mi madre es la pura verdad.

Recojo botones y lanas, razón aquí


lunes, 3 de diciembre de 2018

Entre puntos y bajona


Estos días de trancazo espectacular ando metida exclusivamente entre lanas, esto y algunas series o películas amables es en lo único en lo que me puedo concentrar con esta cabeza mía embotada por el resfriado inesperado. El cabreo con el que salí del museo tras haber asistido al ciclo de Cine Intergeneracional, se ha manifestado en mí de esa forma: dolor corporal, la cabeza que me pesa, ojos llorosos y nariz moqueante; todo ello nada más subir al bus que me trajo de vuelta al redil. Ver “Senderos de gloria” doblada en un cineforum era algo tan remotamente imposible que ni siquiera me planteé que pudiera ocurrir.
Lo bueno de encontrarme en este estado febril es que me vienen sensaciones y recuerdos de otros tiempos que me están encantando. Uno de ellos es el tacto cálido de la lana y, de las agujas, la frialdad puntual al rozarme cuando mi amatxo tejía un jersey, y lo probaba sobre mi cuerpo para ver los aumentos o disminuciones que tenía que realizar. Me gustaba ver tejer a mi madre, a mi madrina, si coincidía ir al pueblo en invierno, y a Cati, la madre de mis amigas del alma. Hubo un tiempo en el que nos prestábamos aquellos jerséis hechos a mano, cosa que no hacía gracia a la madre, supongo que pensaba que no era higiénico, no sé, pero para nosotras era como estrenar prenda. El préstamo siempre me ha parecido una acción maravillosa, al igual que reciclar. Practico siempre que puedo todo esto.

Cuando veía a mi madre moviendo las agujas al ritmo que marcaba el propio punto me fascinaba ese sonido suave del chocar de las agujas metálicas gris perla. La labor iba aumentando de una manera precisa por la experiencia de sus manos que a mí me parecía magia pura, sintiéndome incapaz de ejecutar una labor así algún día. Mi madre tenía una máquina remalladora en casa para tejer, así que hubo un tiempo en el que mi casa tenía el aroma de los conos de lanas y otras hilaturas y se escuchaba el ir y venir de la plataforma sobre las agujas con la Cadena Ser de fondo. Aquella máquina quedó callada en un rincón mucho tiempo, hasta que molestó tanto que la dio o la lanzó a la basura, como la máquina de coser Singer. Yo guardo demasiado y mi madre no guarda nada. ¿Dónde estás punto medio?

Desde siempre he mostrado tener maña con las manualidades, excepto para el dibujo artístico todo hay que decirlo; pero durante una larga época no hice nada, exceptuando algo puntual para regalar en lo que ponía lo mejor de mí. Siempre se me resistió el punto a dos agujas, la calceta como la llamaban algunas, aunque mi madre utilizase simplemente “punto” para referirse a tal labor. Apretaba tanto los puntos de inicio que me costaba la vida hacer una segunda línea, luego me comía o aumentaba a discreción. Un desastre que dejé enseguida. Por bordar a punto de cruz o hacer petit point, alguno me llamó abuela de una manera despectiva, como si aquello del hazlo tú misma hubiera quedado obsoleto.  Me apena la gente incapaz de valorar cualquier cosa hecha con las manos, los mismos que en mi vida me achacaran lo carca que era porque me gustaran ciertas labores, tipos que te etiquetan por el simple goce de hacer daño.

Como iba diciendo, y dejando a un lado a  innombrables que a lo único que se dedicaban era a menospreciar a una por el físico y por no llevar tacones a diario, estos días ando bastante floja en general, como si se estuvieran agotando las pilas que llevo dentro, cada noviembre-diciembre me ocurre lo mismo,  debería hibernar como una marmota. Mientras ganchilleo veo “Crónicas de un pueblo”, serie a la que hice alusión en la entrada “Amor en Tokio” y que me permite contar puntos al no tener que mirar la pantalla constantemente. Al fin encontré el episodio traumático del que hablé entonces y no, no ocurre en un gimnasio como creí, la memoria infantil tiene estas cosas, manipula el recuerdo y quedan ideas equivocadas que se convierten en verdades como puños para el resto de la vida si no tienes forma de comprobarlas, como sí ha sucedido en esta ocasión gracias a la hemeroteca de RTVE. El capítulo al que hago referencia se titula “Pirueta 2ª parte”. Volver a verlo me hace comprender dónde comenzó mi gran problema con la muerte, para mí una clase de abandono al que parezco suscrita, y al dolor emocional, y también mi aversión por el circo (que me perdonen los payasos de la tele a los que no meto en este saco, fan total de Una tontería en la tintorería).

Nefasto episodio “La cátedra ambulante” donde se da pábulo y gloria al Movimiento a través de la sección femenina que iba  adoctrinando por los pueblos en unas caravanas con las flechas de Falange y el nombre de Franco rotulados en sus laterales. No dudo que ayudasen en algo a las gentes de pueblos alejados de núcleos urbanos más grandes, pero vaya, me resulta insoportable la clasificación hombres a un lado, mujeres al otro en todo. Confieso que me pone más enferma algunas frases, algunos hechos o gestos de los habitantes de Puebla Nueva del Rey Sancho. Opto por situarme mentalmente en la época, cuando todo eso se veía bien, para no cabrearme demasiado, quiero revisar todos los capítulos de la serie a las bravas, he de aguantar.

La única mujer que parece salir de la norma es la farmacéutica y concejala, una joven que acaba casándose con el alcalde y pasa a ser señora de su casa, esposa e hija del farmacéutico tras la bendición de Don Marcelino, el cura. Una pena, todo se perpetúa, las mujeres tejen en las puertas de las casas, incluso ésta en la mesa del bar junto a los hombres, para dejar claro que sí, que está con ellos por ser la mujer del excelentísimo, cosa que no hace el resto de esposas, pero tejiendo y diciendo obviedades “de mujeres”.

Ahora teje mucha gente, hombres y mujeres, es el nuevo yoga. Hay infinidad de lanas e hilos, tantos que me vuelvo loca viendo maravillas de texturas y colores. Se ha puesto de moda con la contrapartida que las lanas están carísimas, mucho más. Antes veías a cualquiera comprando ocho ovillos de lanas Stop para hacer un jersey de calidad; desde el cambio al Euro, según mi madre, todo se ha salido de ídem. El postureo y la tontería, también presente en el mundo de la manualidad, me agota y asquea un poco. A veces sueño que veo ovillos preciosos y me entran unas ganas locas de robar. No sé qué diría Freud de esto o mi madre, pero los robaría sin pensar.






miércoles, 31 de octubre de 2018

El síndrome del plato limpio


En mi infancia y adolescencia, muy mal he tenido que sentirme para dejar comida en el plato, y cuando digo muy mal me refiero a enfermar de algo que no me permitiera masticar o tragar, como esos constipados con fiebre y garganta inflamada y dolor, mucho dolor que te dejaba postrada en la cama sin poder ir al cole. De todos mis hermanos, yo he sido la que mejor ha comido siempre, eso me dice mi madre. Ahora, a mis años, si no como es porque estoy realmente jodida por temas exclusivos de índole emocional. No me dejo nada en el plato, porque no pongo nada en él.

Lo estaba recordando ahora mientras repelo (utilizo la palabra usada en mi pueblo) mi cuenco con bebida de avena y cereales. Recuerdo también que a alguna de mis parejas con la que he convivido durante muchos años, le gustaba muy poco que hiciera eso con los envases de yogur. Qué delicados ellos y qué puñeteros recipientes con estrías y recovecos los otros.  En cierto modo me veo desde fuera dándole a la cucharilla, agarrando hasta el más ínfimo resto de producto comestible, y parezco una persona mayor que una vez sufrió la devastación de una contienda o algo así; eso o que mis abuelos me inculcaron que en cualquier momento  podría no tener qué echarme a la boca. Lo que puedo decir con certeza es que lo hago inconscientemente y desde que tengo uso de razón, y además, que no me gusta tirar comida, es algo que me resulta deleznable.  ¿Quién no ha escuchado en su vida la frase aquella de « ¡Ayyy, una guerra tenías que pasar que te ibas a comer las piedras!» cuando el niño o la niña enfurruñado no quería comer? Es una frase muy dura que hizo que más de una vez chupara las piedras por si acaso me veía en ese trance: tus abuelos, tu propia familia, haciendo esa observación como si hablaran de pasar un sarampión habiendo ellos sufrido una guerra fratricida. De esto se hablaba poco o nada ya lo he comentado en alguna ocasión. Los silencios, que sirven para intentar acallar los recuerdos, y acaban haciéndolos más visibles, creo yo. Al menos a mí me pasa que, cuando permanezco mucho rato en silencio conmigo como única compañía, sin mirar concretamente nada, la vista dirigida a no sé dónde, los recuerdos van pasando a velocidad cambiante y soy capaz de regresar a los lugares y a los momentos felices o no. Los felices me hacen sonreír con cara de idiota para luego todo lo contrario porque han pasado rápido, y los tristes me dejan devastada sin poder hacer nada, tan sólo repetir NO, NO o BASTA, una y otra vez, hasta que de nuevo aterrizo en mi presente, muy cansada.

Las gentes se afanan por querer olvidar, pero yo no puedo olvidar casi nada, y cuando digo casi es mucho más, porque incluso no olvido aquello que nunca viví. Me ocurre esto desde siempre. Envidio la capacidad de reponerse de algunos que conozco un poco.



Existe un edificio en València, cercano a un Nuevo Centro comercial, que ya no tiene nada de nuevo, que me provoca un sentimiento de nostalgia brutal. Es de una arquitectura que siempre he considerado como intento de racionalismo que se queda muy corto. Puede estar total o parcialmente deshabitado, no lo sé, siempre lo miro desde la acera de enfrente; aunque desde ahí puedo ver todas las ventanas de su primer piso cegadas con ladrillos. El edificio me resulta familiar, se ha quedado ahí con sus bocas tapiadas y sin hacer ruido, en mitad de un triángulo de suelo urbano, puesto sin orden o con la previsión de formar otro entramado urbanístico diferente de lo que ha quedado al fin. Pues bien, cuando paso por ahí y lo miro, retrocedo en el tiempo (yo y mis viajes por él)  y hasta mí llegan aromas de  años anteriores a mi nacimiento, puedo escuchar los sonidos de cada casa, a las personas deambular por sus bajos. El afilador, el cacharrero, las palabras dichas que quedan invisibles suspendidas en el aire. ¿Por qué me ocurre esto? ¿Por qué siento nostalgia de lo que no he vivido y de lugares por los que nunca he estado? ¿Acaso no es suficiente con lo que una lleva a cuestas que he de sentir profundamente todo lo demás?

Volviendo al tema de la comida, no soporto que mi hermano el cachas haga pesar la comida con estricta vehemencia y verlo después dejar la mitad del plato lleno. O que se coma un donut de un envase de cuatro, que no comparta ninguno por fastidiar, y deje los otros tres secarse durante días para acabar en el cubo de los restos orgánicos, o que se compre una botella de agua y al subir a su coche ver el suelo lleno de ellas sin terminar, algunas con tan solo un par de tragos dados. ¡Cuánto plástico y qué desperdicio!

A mí me gusta comérmelo todo, ¿qué le voy a hacer? Por eso pongo en mi plato lo que me voy a comer; mientras, a él, le molesta verme rebañarlo como si tirar comida tuviera más sentido, más lógica y me dice que parezco muerta de hambre como insultándome; pero es que me fascina comer y las cosas ricas más y si la compañía es estupenda, el paraíso. 

Rememoro tardes de fin de semana o del verano de mis diecisiete años haciendo pizzas rectangulares con mis amigas: amasando, preparando los ingredientes, las risas, los discos de los Beatles y aquel olor tan rico saliendo del horno, y lo que me encantaba comerlas después. Comíamos como si no hubiera un mañana, sin dejar una migaja en la bandeja, sin dejar de reír. 
Entonces también parecía hambrienta, ahora que lo pienso.



viernes, 5 de octubre de 2018

Distancias


Hubo un tiempo, generalizado creo para todos, en el que las distancias cortas resultaban casi infinitas. Escuchar a alguien decir que había ido a tal calle, pasada la plaza, o cruzado las vías del tren hacia el pueblo de al lado, nos dejaba  asombradas por la proeza; admirábamos al interfecto como si fuese un explorador británico del siglo XIX que regresaba a casa desde la punta más sureña de África. Territorios lejanos, conocidos a través de los libros que leíamos.

Una de las razones por las que concluíamos  que la gente viajaba y se movía de un lado a otro, era al ver las matrículas de los automóviles. En esos tiempos en los que a los coches los bautizaban por la provincia, mucho antes de oír hablar de comunidades autónomas o la Unión Europea, se hacía raro ver a los forasteros. Cuando al pueblo llegaba alguna chapa con las letras CA nos imaginábamos a los que iban dentro haciendo un viaje desde el centro mismo de la tierra. 
En ocasiones, esos forasteros éramos nosotros. El taxi que nos llevaba al pueblo, si no lo hacía mi chache Antón que bajaba desde Mataró, tenía matrícula de MU. Verlo esperando en la puerta era todo un acontecimiento que me ponía nerviosa, por el viaje en sí, por volver a ver a una parte de la familia, regresar al lugar donde empezó mi vida, a ese micromundo donde me sentía dichosa y salvaje, donde los días discurrían con la lentitud propia de las cosechas y los huertos. No tener responsabilidades es una de las mejores sensaciones de mi vida.

Cuando se es una cría, el mundo se reduce a unas pocas calles: las que transitas para ir al colegio o por las que juegas. El mundo se amplía en verano, a un montón de kilómetros del hogar, cuando tras unas horas de viaje apareces en otras calles, en otros campos que reconoces enseguida por el aroma: el pueblo de los abuelos maternos esperando para estrujarlo al máximo.

Viajar al pueblo, a mi pueblo, era como abrir una puerta estelar. Imaginaba que las carreteras, las casas, las personas, los sembrados, las fábricas, todo, iba apareciendo a medida que nosotros avanzábamos. Como si sólo existiera la nada hasta que mis ojos entraban en la escena. Era un pensamiento de niña, lo sé, por otro lado no carente de lógica: no existen las chicharras si no hay alguien que escuche su chirrido. Supongo que esas conclusiones resultan muy pueriles ahora, en este mundo tecnológico donde ya no es posible ni ir al váter sin que alguien más quede enterado, pero yo todavía tengo sensaciones de esas que me devuelven mi niñez y me transportan al siglo pasado.

Existen unas calles en el pueblo vecino por las que respiro aquel mismo aire de entonces. Se han mejorado fachadas, aceras, colocado contenedores de residuos soterrados,… y aun así, mantiene la esencia de otros tiempos. Hay silencio a pesar de estar a dos calles de una avenida de tráfico continuo, y los sonidos que surgen del quehacer diario resultan discretos. El tiempo parece otro, el ritmo es más cadencioso y me detengo para observar la calle, esa casa, la otra. Disfruto, mastico ese momento. Una vecina saluda a otra que limpia con un paño húmedo la reja de su ventana. Escucho la luz del sol que me da en la espalda, y a las flores de las macetas mecidas por la suave brisa ocasional. Acaricio las hojas de una planta verde con la mano, me la llevo a la nariz, y, efectivamente, huele a limón como imaginaba. ¡Qué poco necesito para sentirme tan bien!

Ahora que algo he viajado me doy cuenta que esa sensación de bienestar no se tiene en todos lados. No sé si tendrá algo que ver con la pertenencia o no a los lugares que consideramos nuestros; la tuve en Athlone, Irlanda, mientras caminaba hacia el encuentro con mi amiga que se hospedaba en casa de otra familia: el frío, la nieve, las  pequeñas y delicadas campanillas de invierno, el rayo de sol que os aseguro pude ver cada día, el olor que desprendía la turba en las chimeneas encendidas. Sentí la libertad y la felicidad, con pureza, pero sin  la nostalgia de haber estado antes.

Todavía no me he atrevido a andar por los caminos de mi pueblo familiar que me llevaban al lugar más maravilloso del mundo cuando era pequeña. No piso esa vereda desde el año 1999, cuando lloré amargamente y en silencio al ver echada abajo la casa donde nací, derruida a conciencia por los dueños para que nadie ajeno a la propiedad pudiera instalarse bajo su techo y okuparla sin más. No encontré el número de policía de la casa bajo los escombros, nada característico que me pudiera traer a mi casa, cogí una piedra y una teja, sólo eso, y también me traje las lágrimas que caían por las mejillas de mi madrina. Las dos a la par como dos bobas recordando momentos vividos. Ahora desaparecidas ambas para siempre, la casa y ella. Ella era nuestra memoria viva para mi madre y para mí, la que nos unía al pueblo; ahora ya no tenemos a quién preguntar.

©AnaMeca1989
En estos últimos años, sólo un par de veces me ha dado por ver la casa en Google Earth. Se ve perfectamente el camino, la distribución de la vivienda y los anexos, la vereda por la que caminábamos para ir a comprar el pan a la única tienda de la zona. Todo ha cambiado, pero en mi cabeza sigue intacta la estrechez de la senda, el tened cuidado y que os den bien las vueltas de mi yaya, el sonido de las aguas por las acequias o del ring ring de una bicicleta que va de paso, las mariposas de todos los colores y tamaños, el frescor bajo el parral, mi madrina, el primo y yo comiendo higos con sorbos de anís, el geranio inmenso frente al gallinero. El señor de los pepinos, del que nunca supe el nombre, que cuando se marchaba de haber dado una vuelta al campo nos dejaba subir a todos los zagales a la parte trasera de su furgoneta y nos llevaba hasta el final del camino, forzando baches, zarandeándonos como semillas dentro de unas maracas sin poder agarrarnos a nada y riendo sin parar. Ese camino se nos hacía largo. Todavía puedo sentir cómo ardía la chapa metálica y el granulado de la tierra seca que nos manchaba la ropa a todos. Era un momento de extrema alegría, ya ves con qué poco…

Sí, las distancias cuando eres niña son extrañamente infinitas, como lo es el tiempo alargado de esos veranos.



martes, 2 de octubre de 2018

El porvenir

La secuencia fue así:
Tras maravillarme con la película “Visages, villages” de Agnès Varda y JR, busco en la red películas completas de ella que todavía no he visto. Encuentro “Loin du Vietnam”(1967) una película documental donde participan varios realizadores franceses, entre ellos Chris Marker del que adoro “La Jetée” (1962), y que deja fuera la trama de la realizadora francesa, aunque su nombre permanece en los créditos. Una vez hecha esta búsqueda (aquí entran en juego esos algoritmos curiosos) me salen películas y cortometrajes de temática documental sobre la guerra de Vietnam (obvio), y ahí, a un lado y sin saber qué lo conectaba a todo lo anterior, se me ofrece la opción de visionar un documental titulado “La cuarta puerta, un retrato de Elena Garro”, escritora mexicana que, pese a haber estado durante años a la sombra de Octavio Paz, de sobra conocido, no tenía la menor idea de quién era.

Elena Garro nació, como yo, un 11 de diciembre. Veo ese documental y otro más, y le doy la forma que le corresponde, le pongo cara. Algunos la consideran una de las mejores escritoras del siglo XX, otros tantos no olvidan el turbio asunto del 68, y después anda ella, que rechaza la etiqueta del realismo mágico por mercantilista. Me formaré una opinión cuando la lea, que es la mejor forma que se me ocurre de hacerlo.

Mujer flacucha, empequeñecida en el sofá, que aún con manchas en la piel conserva intacta la belleza y un cierto halo de seducción. El aspecto frágil por su mala salud no quita para que sea contundente en sus afirmaciones y algunas de sus frases me sobrecojan. «Todo en la vida me ha salido del revés». Me siento afín a ese sentimiento y se me clavan las palabras como si fueran mías. En solo esa frase hay metidos miles de libros. No la conozco de nada, pero me gusta cómo habla. Encuentro y descargo su primera novela por el título evocador: “Los recuerdos del porvenir”.

Porvenir es una palabra que siempre me ha gustado muchísimo, porque, aunque encierra futuro, lo hace con una mezcla de nostalgia y melancolía que me hace pensar en que más que lo que está por llegar, está lo que ya ocurrió; y ya sabéis lo que disfruto de un buen drama.

«El futuro es ilusorio, una trampa que se inventa el sistema para que agachemos la cabeza, nos acobardemos y produzcamos…», ya lo decía el personaje interpretado por Federico Luppi en la magnífica película “Lugares comunes”(2002), de Adolfo Aristarain. El futuro no es para mí más que las historias que me muestra el cine que ocurren en años venideros, y también, lo que pasa en una realidad paralela en mi imaginación o en mis sueños. A veces fantaseo, claro, pero queda en nada.

Casualmente, y he aquí la conexión que yo misma otorgo, Chris Marker y Yannick Bellon tienen un documental titulado “Recuerdos del porvenir”, en cuyo soberbio montaje del estupendo legado fotográfico de la pionera Denise Bellon, está contenido el devenir del siglo XX, ese siglo que vio nacer y morir dos grandes guerras, el surrealismo en un reportaje único, la destrucción, el advenimiento de la crueldad contra otro ser humano que nunca más se fue, reportajes ligeros para ir tirando, todo ello trae consigo los recuerdos de lo que está por llegar.
Denise Bellon pudo estar y corroborar mucho de lo que se contaba en la calle. Demostró que era cierto aquello de que en la bañera de Henri Langlois, éste apilaba latas de películas para que no desparecieran. Su bañera, cuna de todas las cinematecas.
«Denise estuvo ahí» podría ser la frase que mejor la define.

Recorte de la fotografía de ©DeniseBellon

Allá por nuestros 80, escuché una y otra vez en el radiocasete “Lluvia del porvenir” de Radio Futura. El porvenir esperanzado en voz del primer maño que me fascinó: hay agua abundante en este páramo, cantaba Auserón, y han vuelto los colores a su rostro. ¡Cómo vivimos esos años creyendo que todo iría mejor!

     


En el enlace de la canción, una persona dice que le recuerda un bosque lluvioso cerca de Toluca, México. Otra vez México, Porvenir, Garro, Marker…Varda.

Mi estimada Agnès Varda, por la que siento profunda admiración, siempre vitalista y jovial, feminista, realista y social. Para ella, la inspiración surge de la experiencia inmediata y de la motivación. Realizadora de algunas obras maestras, admiro su entrega, su capacidad creadora y su sentido del humor. Su frase: «no conduzco, soy sensata», me la quedo para mí. Visionar “Visages, villages” ha sido como contemplar el mar sin reloj y respirar profundamente el salitre, o estar en el bosque buscando setas y encontrarlas: un buen rollo brutal.

Y con esta dicha, acabada la novela de V-M “Porque ella no lo pidió”, me dispongo a leer lo que Elena Garro contó en su primera novela. Quiero ver y sentir cuáles son esos recuerdos de su porvenir, a ver si le da algún sentido al mío.

Al final lo que cuenta, inventándome o no casualidades, es dar con cosas o personas que sumen y hagan a una el camino más placentero. Placer: sensación única y fascinante de felicidad cuando alguien que deseas te dice: «Voy a verte». Sí, hay infinitas frases mucho mejores (su hipoteca ha sido cancelada, gracias), pero, por su escasez y por lo que me provoca, ésta es una de las que más añoro.



viernes, 23 de febrero de 2018

Tu voz bromeando, un gesto que amo



Foto©Ana Meca2016

Hace dos años estaba con él disfrutando de uno de los helados más cálidos y sabrosos de mi existencia en una ciudad azotada por el frío y el cierzo. Me lo ha recordado caralibro.

Esta mañana, en la ciudad de la costa donde vivo, sufro la friolera del grado a la que hay que añadir siempre la humedad brutal que se cala en los huesos y que aumenta la sensación térmica hasta números negativos. Y tengo la regla, sí, lo cuento para desmitificar de una vez por todas la historia. Tengo la regla y os puedo asegurar que en toda mi vida fértil (define fértil), jamás me ha dado por preguntar a qué huelen las nubes. En esos días me siento vulnerable, irascible y se intensifica la tristeza que llevo a cuestas desde finales de noviembre y que me deja en silencio, a solas con mis movidas. Mis hormonas me llevan loca. Arriba, abajo, arriba, abajo. Son ellas y no yo las que dirigen mi día. Os aseguro también que el color que llena mi copa menstrual o mi tampón no es de un azul turquesa impoluto de anuncio, es rojo como la sangre que corre por nuestras venas, por la de todos, incluida la de aquellos aspirantes a ocupar el trono de hierro en la Fortaleza Roja en Desembarco del Rey.

Mi organismo se desbarajusta en su plenitud. Me duelen hasta las pestañas. Juro (aunque suene feo) que no floto entre las flores de un jardín inmenso ni me pongo a bailar con los pajarillos que me visten con un ligero vestido de gasa. Sólo me apetece quedarme tumbada en pijama con la almohadilla caliente sobre mi abdomen y tomarme un chocolate a la taza. Leer es el pasatiempo al que aspiro en este preciso instante de dolor agudo; pero tendré que esperar a que se me calme un poco.

Hace unos días que tengo la sensación de no avanzar y sí de retroceder. Aunque me aseguran que no, que son bajones normales. Cualquier cosa relacionada con la salud de mi gente me desasosiega y hace aparecer en escena a mi estimado colon irritable, irritándome por completo. Y me voy a trabajar  por la noche con cólico intestinal y sin cenar, y me congelo aunque haga buena noche (11 grados), y sigo helada al día siguiente en el que tampoco ceno, llueve y corre un "viruji" considerable por el túnel húmedo de quinientos metros. Se me inflaman los ovarios, me duelen los riñones,  tengo cefalea y pienso en él (y no por este orden). Y me pregunto si va a ser así siempre y para qué, pensamientos negativos mientras trato de reírme hasta de mi sombra, tapada hasta las cejas.

Este año me he propuesto leer como lo hacía antes. Focalizar mis deseos en los libros. Parece que el primero del año me ha devuelto la concentración. Cosas que hacen BUM. Kiko Amat. Adolescentes peculiares que transitan la vida con excesos de todo tipo entre vinilos de Northern Soul y experiencias peligrosas en la Barcelona de los ochenta.

Libros inesperados: cosas que suman. Buenos amigos que te regalan libros que han leído y elegido de su estantería desconociendo que para ti ese gesto todavía es más importante y maravilloso, aunque vengan envueltos con dibujos Disney, el único papel de regalo que había por casa . Sonrío.

Me gusta pasar los ojos por donde los han pasado otros, y mejor si esos ojos de otros son de gente que me importa. Me encanta llevar un lápiz y subrayar frases o marcar párrafos que me han provocado cualquier sentimiento, normalmente cosas con las que me siento identificada. La pena de leer en libro electrónico es la de no poder pasar las páginas, meter la nariz entre ellas y olerlo, subrayar o hacer anotaciones a mano. Aunque el aparato me ha salvado de la alergia haciendo posible la lectura de libros descatalogados o que sólo podía encontrar en las tiendas de viejo, inviables para mí. Gracias. Todo tiene sus pros y sus contras. Seguiré alternando ambos en mi propio beneficio.

Amigos que estando en una librería se acuerdan de una y eligen ese libro en concreto. Manual de caza y pesca para chicas. Melissa Bank. Crónica deliciosa con mucho sentido del humor y sinceridad de las aventuras y desventuras de una joven contemporánea que me he acabado en cuatro ratos de una misma semana. Coppola quería su adaptación para una película.

Me sorprendo mucho al leer en el libro una frase mía que anoté hace varias semanas en mi libreta para utilizarla en alguna ocasión. Tu voz bromeando, un gesto que amo. Y me da rabia haber perdido sus audios anteriores a octubre, porque así era: su voz bromeaba y yo reía de felicidad, lo cual hacía que lo amara más. ¿Tiene todo esto algún sentido? Ahora mismo no, pero me asusta pensar que llegará ese día en el que ya no me importe.

Seguiré leyendo y comiendo chocolate, y mientras tanto, atribuiré a mis hormonas revolucionarias cualquier comportamiento que se salga de mi normalidad.






domingo, 7 de enero de 2018

Amor en Tokio


Pueblos de la meseta castellana, aulas escolares con zócalos pintados de azul sobre paredes encaladas. La familia. Niños asilvestrados entre hombres dinamiteros al que consiguen atraer a esa Arcadia feliz y justa llamada Puebla Nueva del Rey Sancho. Mujeres anuladas que adornan las calles y se juntan para hacer calceta y charlar. Los niños con los niños, las niñas con las niñas. Adoctrinamiento del maestro con el magno Fuero de los españoles. Señoritos y servidumbre. Cartero, alguacil, secretario…

La primera serie de mi vida fue “Crónicas de un pueblo”, una producción española en blanco y negro rodada en los exteriores e interiores de Santorcaz (Madrid), dirigida por Antonio Mercero y Antonio Giménez Rico, entre otros, y cuya sintonía de cabecera quedó grabada en mi memoria para el resto, proporcionándome la dosis justa de melancolía.

Ojalá olvidar fuera tan fácil como lavar una camiseta de rayas.

Revisando ahora algunos episodios de esta serie costumbrista, no me queda otra que reconocer que la superioridad del macho que se ve me da asco. Los hombres ostentan todos los papeles principales, son el eje incluso cuando alguna mujer es el centro de la trama. Estereotipos de libro en comportamientos e ideología. Las mujeres, meros complementos, dedicadas a sus labores, a servir al hombre o a encabronarlo.

Cuando tenía cuatro años empecé a ver esos capítulos en el televisor de casa y lo que veía era la vida cotidiana de las personas que vivían en un pueblo que bien podía ser el mío, y donde los personajes eran tan reales como viva estaba entonces. Los conflictos se resolvían enviando a uno a tomar un trago al único bar o llamando al maestro, al cura, al alcalde, o a los tres a la vez, para mediar en los asuntos espinosos.

Donde yo vivía ocurría lo mismo, veíamos por la calles a todos ellos con otros nombres, claro. El bar estaba lleno de hombres y de conchas de caracoles en el suelo, respetábamos al cura y lo llamábamos Padre, saludábamos muy amablemente al entrar en las tiendas. El maestro o el alcalde eran figuras de prestigio como lo eran los que tenían más dinero sólo por el hecho de tenerlo.

Cuando eres niña crees que todo está bien como está, pero llega un día en que te empiezas a hacer preguntas, primero en tu interior, después verbalizándolas, y así es como se acaba tu inocencia más pura. Rememoro algunas de las respuestas que me dieron entonces con tanta nitidez como si las escuchara en este preciso instante, y fueron tan injustas que me hicieron darme cuenta muy pronto que no todos los mayores tenían razón. Que la edad no da criterio ni equidad, y que se puede ser un reverendo gilipollas y actuar de la forma más deshonesta para con el resto a cualquier edad.

Aquella serie me dejó traumatizada por un hecho que recuerdo y del que no he comprobado su veracidad. Un gimnasio, un alumno, una caída y la muerte. Lo mismo mi cabeza se lo ha inventado, he de seguir viendo esos capítulos para corroborarlo. (Duda resuelta, id a Entre puntos y bajona)

Me asombra mucho la cabecera de la serie, los créditos, que fueron cambiando a mejor sin dejar completamente el uso del zoom pero suavizándolo ostensiblemente. Aquellas primeras entradillas eran terribles por su montaje a trompicones, cortes bruscos, desenfoques, etc. a ritmo de aquella melodía pegadiza, que ahora sé eran arreglos sin letra de una canción de Cliff Richards & The Shadows, y cuyo título no podía ser otro que “I could easily fall in love with you”.

Podría y lo hice, y ahora estoy pagando caro el dejarme llevar. 



He recordado la serie estos días mientras intento olvidarte, y todo por un coletero llamado Amor en Tokio: dos bolas unidas por una goma elástica que al enlazarse sujetaban el cabello, y que si se soltaban hacían bastante daño. 




miércoles, 29 de marzo de 2017

Los sentidos. Oído


Me deja sorda tu silencio.

Mientras relleno los huecos que deberían ocupar tus palabras con canciones de otros, mis neuronas combaten el ruido externo con espacios inactivos que se alargan en mi línea de tiempo.

Algunas charlas virtuales con desconocidos tienen el frío reflejo de los encuentros con hombres descarados y habladores en las películas francesas de los 60, en las que se acercaban tanto a una mujer que invadían su espacio vital, las arrollaban con su voz delicada y esa palabrería que tan bien han sabido retratar los grandes cineastas de ese país. Supongo que habría hombres así por otros lugares del globo terráqueo, aunque no me los imagino en Japón o en China, o en estos tiempos en ningún lado, ya no.

Como decía, y yo misma me escucho cuando me hablo, en esas conversaciones casuales, que comienzan de la nada, hablas de temas que no tardan en derivar a otros más personales, todo va muy deprisa. Al principio evitas contestar, pero al no tener contacto visual decides dejarte llevar y acabas mostrando  una sinceridad que nadie te ha pedido, o sí, y que una misma se impone por decreto ley. Cometo ese error desde siempre y aunque me malinterpreten, lo vuelvo a hacer, digo la verdad; juego creyendo que estamos en el mismo espacio y a la misma hora. Nuevas voces que agregas a tu playlist de vida, unas que se apagarán igual que han venido aunque permanezcan residuales en tus oídos por un tiempo, otras que se quedarán para siempre.

De todos los sonidos que he escuchado desde que nací, el que ha marcado mi vida adulta fue uno que oí en mitad de un bosque junto a un lago congelado, en un país del Norte, Finlandia. 

Crees saber a qué suena el silencio, y la realidad es que no lo sabes hasta que un copo de nieve y otro y otro caen a tu lado en mitad de ese paisaje de cuento. 

Oír el crujido de los copos me hizo sentirme más minúscula que ellos y eufórica mientras contemplaba los dibujos magníficos de los que caían sobre mis palmas abiertas cubiertas por gruesos guantes negros. La naturaleza es perfecta y atrae como un imán, te deja escuchar tus propios pasos como si supieras adónde vas. En el 2008, la felicidad fue eso.

Con los sonidos puedes experimentar toda clase de sentimientos: la lluvia o las olas en la playa te mecen, la sirena de la ambulancia te afecta y entristece, los pájaros te sacan de tu sueño, tan madrugadores ellos, las palabras no dichas duelen cuando las deseas. El encuentro de dos bocas, siendo una la mía, me excita hasta el punto de generar gemidos que dejo escapar sin poderlo remediar, ronroneo en mitad de una calle cualquiera de Ben-i-dorm.

Las cigarras en verano te adormecen. Te inquieta el frenazo del autobús en la parada, odias al del reggaetón del coche y al despertador. Las palabras quiero verte dichas desde el otro lado del teléfono son preludio de disfrute máximo, aunque hace tanto tiempo que no escucho algo parecido que igual me equivoco y no es para tanto. Y luego está la música, ese lenguaje universal que nunca deja de sorprender aunque digan que ya está todo dicho, cada día descubro nuevas melodías o me las descubren gentes más sabias como Camilo (gracias por Bart Davenport).



Al finalizar el día, cuando todo está oscuro, cuando todo está en calma y no se debería escuchar nada, hay un rumor, no sé si de la energía que afecta a todo o es el rumor de mi propio silencio, ese que ejercito cada vez más. Yo creo que mis pensamientos hablan a gritos, por eso prefiero los susurros en la noche o al despertar.


Mis oídos captan tu silencio y tienen memoria de tu voz, todavía.

Gritando palabras a orillas del Ebro en los buenos tiempos. 2015



lunes, 6 de marzo de 2017

Los sentidos. Olfato


El sentido del olfato nunca pierde la memoria.

Los aromas marcan el tiempo, van y vienen sin descanso, son efímeras apariciones que nadie espera y se dispersan con la misma rapidez con la que llegan. Los aromas viajan libres por ramificaciones nerviosas, desde nuestra nariz hasta el lugar exacto del cerebro donde se alojaron la primera vez, donde quedaron a recaudo y dormidos. Porque siempre hay una primera vez y, a veces, pesa demasiado.

Su olor siempre me pilla desprevenida, y me fastidia muchísimo perder el control sobre mí; porque durante el instante que permanece su aroma a mi alrededor, la máquina del tiempo se pone en marcha y pasa por mis pensamientos la película entera de mi vida con él. Pasa lo que fue e incluso lo que pudo ser o me he inventado.

Hay aromas que he tardado veinte años en revivir: el de la madera del plumier escolar, el del plástico que utilizábamos para forrar los libros, o el de los flotadores estivales, también el del cuarto de las harinas y piensos de mi abuelo, cosa extraña, pues no fue oliendo ni harinas ni piensos. Mas el de él aparece constantemente pegado a la imagen de otros a los que no quiero mirar. Las notas de salida permanecen casi idénticas, aunque supongo que si me acercara mucho a la piel del extraño las de fondo serían completamente diferentes a como olían sobre la de él.

fotograma de La Jetée de Chris Marker


Cómo me gustaba acomodar mi rostro en su cuello, tanto como me gusta que respiren y besen el mío. Y cómo me gustó olerlo ésa noche que se echó sobre mí en el sofá para fundirse conmigo recién salido de la ducha y todavía con su pelo empapado.

Él, mi vara de medir, mi arrebato, mi debilidad.

Debería estar prohibido fabricar más ese perfume. Que hagan lo que con mi aroma francés de higuera del que, un buen día, nunca más se supo. Tendría que desaparecer del mercado para así poder desalojarte de mi consciencia y de mis sueños, porque nunca eres tú al que encuentro.

En ocasiones, los portadores del aroma hacen el mismo trayecto y me obligan a variarlo porque he tardado tres años en ilusionarme (fallida ilusión) de nuevo, y en hablar de ti en pasado como para que aparezca cualquiera y me haga recordar que existes.



Mi olfato nunca pierde la memoria, el resto de mis sentidos tampoco.





domingo, 6 de noviembre de 2016

El soldado que escribe


Permanecí en el aula de párvulos sólo unos minutos. Las hermanas y profesoras del colegio de mayores, consideraron que al saber leer, escribir, hacer sumas, restas y alguna multiplicación sencilla, ya estaba preparada para subir al siguiente nivel, 1º de E.G.B., sin pasar por la plastilina.

Ese momento puntual decidió mi futuro escolar y quiénes serían mis compañeras de clase hasta terminar ese periodo de la Enseñanza General Básica. Doña Anita, mi maestra en los cagones (nada de guardería ni escuela infantil), hacía su trabajo con cariño y le estaré eternamente agradecida. Aprender a leer es lo más fascinante que me ha pasado en la vida.

Recuerdo con nitidez el primer y último pescozón que recibí de la profesora de primero como si hubiese ocurrido ayer. (Por aquel entonces nadie se preocupaba en absoluto si la "señorita tal" se propasaba con el alumnado; alguna carecía de paciencia y la mano, el borrador o la regla levantaban el vuelo alegremente para ella, con dolor para la que soportaba la caída en picado). Estábamos sentadas en círculo sobre el suelo de terrazo, postura que nos relajaba para tratar temas más triviales. Era como hacer fuego de campamento pero sin hogueras ni campo. La señorita preguntó «¿qué quieres ser de mayor?» y cuando me tocó el turno respondí sin dilación: ¡soldado! Dos segundo de silencio y un ¡zas! en mi cabeza rubia. Menudo golpe de bienvenida, esa mujer sabía cómo persuadirte, así que reculé con celeridad y dije: ¡profesora!, como la gran mayoría proclamó antes de mí, y eso calmó a la fiera que llevaba dentro.

No entendí entonces que por decir la verdad se me castigara, no lo entendí nunca, cuando en ese colegio lo que más se ensalzaba era la Verdad y la Vida, no del ser humano desde luego, más tarde comprendí, sino del divino ser invisible que nos acechaba sin contemplación día y noche, nuestro juez.
Sí, quería ser soldado, no peluquera, profesora o enfermera y me llevé una hostia, así de claro.

Tuve conciencia política tarde, lo reconozco, pero es que hasta ese momento en mi entendimiento infantil había ciertas cosas que la inocencia daba por hechas, como la igualdad, el respeto, la no violencia. Yo quería ser soldado no porque en mi cabeza entraran guerras, matanzas ni muertes, quería ser el soldado que salía de paseo por mi pueblo tras la hora de la siesta, quería ser el soldado que viajaba con su petate al hombro en alguno de esos trenes lentos, incluso quería ser el soldado apostado a las puertas del regimiento de paracaidistas. Quería ser piloto de helicópteros porque me fascinaba su sonido en el aire; quería ser el soldado que hacía mapas en el Servicio Cartográfico del Ejército porque imaginaba miles de aventuras recorriendo el terreno, haciendo fotografías desde avionetas. Sólo veía lo romántico, lo superfluo y eso no era dañino para nadie.

En los pueblos con acuartelamiento existía una regla no escrita dirigida sólo a mujeres: «Ante todo, prohibido hablar con soldados, que acaban la mili y se van.» Esa frase, que yo no descifré hasta más tarde, se me quedó tan grabada en la quijotera que hablar con ellos fue una de las primeras cosas que hice cuando empecé a salir por ahí todas las tardes de verano. Rebelde que era una.

Así me convertí en uno de ellos teniéndolo todo en contra. Después me fui dando cuenta de todo lo demás, de la falta de honestidad, de igualdad; leí sobre temas diversos para ubicarme, para encontrar mi lugar. Al parecer se pretende que cada ciudadano se identifique, que tome partido porque la inocencia se acaba un día y ya no la recuperas jamás. Mi lugar era con el pueblo, con los que leían, con los que tenían conciencia social e inquietudes culturales.

Un compañero de clase me susurró facha por observar cómo pasaba en formación una patrulla de aviones F-14 de la base  aérea de Manises que hacía su entrenamiento diario sobrevolando el Centro de Enseñanzas Integradas. Otra vez me llamaron roja por estar en desacuerdo en temas sobre el aborto en una de esas clases para niños tras la misa dominical, a la que asistí por imperativo legal ya que pasaba el fin de semana en casa de mi amiga y su familia era muy practicante. Tenía quince años.
Nunca me gustaron las etiquetas ni en la ropa, simplifican demasiado y acaban definiendo sólo al que las coloca.

No practiqué la violencia física mas que en dos ocasiones, justificadas para mí entonces: la primera cuando un niño golpeó con un palo a mi hermano que volvía de repaso en su bicicleta, la segunda, cuando una chica me llamó puta por bailar como lo hacía, la realidad era otra, yo le gustaba al chico por el que ella moría de amor. ¿Quién dijo que la vida iba a ser justa? Bien que lo he aprendido.
No hubo sangre en ambas ocasiones: un agarrón de ropa que la levantó del suelo unos centímetros, y eso sí, al niño, que mis secuaces y yo pillamos en una calle colindante, le di de hostias. Dudo que le hiciera mucho daño, era pequeña, pero a partir de ese momento me miraron de forma diferente por las calles del pueblo, y a mi hermano no lo volvió a tocar nadie jamás. Ésto me mereció el dolor de mano que duró días y el que la adrenalina casi hiciera salir el corazón de mi pecho.

Sí, nacer entre tanto chico me convirtió en un Sargento Highway de pacotilla para protegerme: dureza externa algunas veces y, a solas, muy emocional, observadora y silenciosa. Había que improvisar, que adaptarse.
Siempre he creído en el diálogo, no en la lucha física o verbal, prefiero un silencio a tiempo. ¿Qué clase de soldado habría sido cuestionando cada orden absurda?

El resumen es que me sentí tan invisible durante mi infancia que en la adolescencia me desaté para llamar la atención creando mi propio personaje de ficción, porque era así como me gustan los soldados, en la ficción, el único lugar donde admito cualquier tipo de violencia, porque es fingida y luego los actores se van de cañas.

Ha pasado mucho tiempo desde aquellos días, mis pensamientos, mi conciencia política y social es muy clara, y aún así, sigo siendo el soldado que esperaba ser, el soldado que escribe. Así firmábamos nuestras miles de cartas mi amiga Lony y yo, mucho antes de que la tipografía digital arrasara nuestras vidas. Todavía nos llamamos así y me gusta, porque son momentos que recuerdo con mucho cariño. 


Lony y yo serias
Lony y yo de risas
¿Recordáis el fotomatón? ¡Ay, qué ratos nos proporcionaba!

jueves, 5 de mayo de 2016

Un palomar en el número 7


La escalera que llegaba a lo más alto de aquella casa era muy estrecha y empinada. Se notaba que mi padrino, tras comprar un trozo de tierra en la calle Gabriel González, la fue construyendo durante años al salir de trabajar a trozos, y cuando le sobraba uno le colocaba una puerta y hacía un  armario o una despensa o hacía un escalón. Era como un patchwork de retales sobrantes que se cosía sin plantilla, no siguiendo un patrón lógico ni un mismo plano horizontal,  resultaba caótica, y la altura entre plantas era excesiva pese a que las gentes que la iban a habitar eran de pequeña estatura, lo cual dificultaba la subida por cualquiera de sus escaleras, y tenía varias, ya que éstas contaban con una contrahuella que duplicaba la de un escalón normalizado.

Me gustaba recorrer todos los lugares cerrados bajo llave mientras el resto de la familia paterna de mi primo dormitaba la siesta en el sillón o en la mecedora. Era toda una aventura descubrir pequeños recovecos y tesoros al mismo tiempo. Levantar las tapas de los arcones después de colocar con mucho mimo todo lo que lo cubría sobre la cama. Fui secretearía de continuidad ya antes de saber qué era ese oficio de Cine.

Cualquier objeto me emocionaba: un antiguo plato de vidrio moldeado manualmente, una pequeña copa de licor que había quedado desparejada hacía lustros, unos paños bordados con mano de aprendiz, unas cintas de piquillo rojas rodeando un trozo cutre de cartón o una toalla con manchas amarillentas, sin usar y con su etiqueta de El Trovador todavía indemne. Lo que más me fascinaba encontrar era papeles de colores hechos tiras en dos extremos con los que en navidad envolvían los dulces de almendra, típicos de mi pueblo, y el olor a anís que desprendía la madera de la despensa oscura.

Cuando era pequeña, buscar y encontrar me resultaba mágico, una osadía andar por las alturas sin ser escuchada y abrir puertas que chirriaban tan solo al rozarlas, sin que ningún habitante se diera cuenta que yo andaba trasteando. El peligro de ser descubierta lo hacía mucho más emocionante. ¿Qué trasteas?, me habrían preguntado de haberme pillado fisgoneando por ahí.

Mirando se aprenden cosas, o una se las inventa. Lees unas letras manuscritas con trazo brusco en la trasera de un viejo retrato en blanco y negro y te imaginas el resto.
Mi familia escondía historias. El silencio llegó durante un tiempo muy triste y aciago y lo hizo para quedarse. No miraban bien a quien hablara abiertamente de cualquier cosa. Que otro familiar que nos visitaba  aderezara con palabras soeces el relato de unos hechos o de su propia vida, les hacía torcer el morro y agachar la mirada avergonzados. No se pudo hablar con claridad en aquella casa jamás, y sin embargo, miraba cualquier rincón, cualquier mueble, azulejo (o manises como gustaba decir a mi chacha Carmen) y me lo contaban todo,  aquellos objetos inertes me hablaban.

En la parte más alta de casa de mis padrinos, donde convivían tres generaciones, había una buhardilla que no era tal, pues era la entrada principal desde la calle de atrás. Existía un gran desnivel entre el gran patio delantero que daba acceso a la vivienda y esa portezuela de arriba. Aquella puerta cubierta de una mezcla de polvo, virutas de madera, y telaraña densa, no la vi abierta hasta que un día, perdida toda esperanza, di con la llave; una ardua tarea que me llevó casi todo el verano. 

Abrí y me deslumbró el solazo que me apuntaba cual Cupido, vi la estrechez de la acera y cerré sorprendida, esperaba el vacío, quedando ciega momentáneamente al pasar con brusquedad de la luminosidad a la oscuridad de ese habitáculo sucio y desordenado que fue el taller de carpintero del abuelo Santiago y de su hijo, mi padrino, después. Un lugar paralizado en los años 50 y silencioso como las gentes de abajo. Recuerdo visualizar a las personas, que hacían encargos al abuelo, traspasar esa puerta sólida un mediodía cualquiera.

En esa estancia se agolpaban todo tipo de herramientas de carpintería: cepillos, sierras, formones, escuadras, lápices gruesos a los que se sacaba punta con la navaja, siempre en los bolsillos… No se veían ni las paredes ni los techos y sí algún almanaque con imágenes de vírgenes.

Me gustaba rozar con las yemas de mis dedos las grietas de la madera del banco de trabajo, me movía por allí como pluma ligera tratando de no mancharme pero fascinada ante tanto tiempo retenido, días, meses, años, vidas enteras, y de vez en cuando, el sonido de una voz que saluda a un vecino tras el portón que da a la calle.

El zurear de las palomas acompañaba mis incursiones vespertinas por esa zona de la casa a la que se accedía por aquella angosta escalera. Una escalera que por la noche me aterrorizaba pues carecía de luz natural, y la pera con su fluctuante luz amarillenta se apagaba por completo antes incluso de haber llegado a tu destino, y esas paredes que crujían sin cesar tras la calima de toda la jornada me obligaban a meter la cabeza bajo la sábana intentando pensar en otras cosas más chulas. Al día siguiente no me acordaba de nada y todo volvía a empezar.

Mi primo tenía un palomar en la terraza junto a la carpintería de su abuelo. Estaba ahí por la promesa hecha a su padre de cuidarlo, de mantenerlo en perfecto estado de revista: limpieza, agua y panizo. Una suelta y a volar libres por el cielo para regresar más tarde a los enrejados bajo techumbre.

¡Cuántas veces nuestra chacha Carmen, la tía paterna de mi primo, subiría peligrosamente esa escalera infernal cargada con pozales de agua para hacer las tareas que le correspondían a él y de las que se escaqueaba sin pudor siempre que podía!

Era hijo, nieto y sobrino único, le perdonaban todo. Por aquel entonces yo era La Nena, la única niña de la familia a la que sólo se le pedía que comiera mucho ya que estaba muy seca.

Mi primo hablaba el idioma de las palomas, y pese a que me gustaba ese sonido gutural de las aves durante la siesta, no le veía la gracia a todo aquello, sólo veía las cantidades ingentes de cacas que recogía, y eso  me devolvía a la realidad más terrenal.

Me habría encantado poder conservar alguna de esas llaves pesadas y antiguas, sobre todo la de casa de mis abuelos maternos, donde nací junto a la higuera. Hace meses que pienso mucho en ellas, y en comenzar una escueta colección.