lunes, 8 de julio de 2019

8 de julio: Santa Imprudencia

¿Os imagináis estar disfrutando de un piscolabis junto a unas aguas turquesa resplandecientes y a los cinco minutos ser consciente de que te hundes y que con el hombro fastidiado no podrás salir a no ser que alguien te ayude?

Empecemos por el principio:

Ainsa. Exterior día. Soleado.

C. y yo decidimos comer algo en el Parque Nacional de Ordesa antes de emprender la vuelta a la ciudad en la que vivimos.

Vió. Exterior día. Soleado.

Paramos en el pueblo y compramos pan, queso y secallona en una tienda y, ya en el Parque, buscamos un lugar donde aparcar el vehículo. Bajamos al cañón por un acceso de muchos escalones de piedra, sin mirar indicaciones ni nada, ¿para qué?, y nos sentamos contentas al final de la escalera a degustar las viandas sencillas.
Hay una familia formada por la pareja y unos cuantos niños que ríen y juegan felices, todo está en calma, sobre todo las aguas que se intuyen frescas un poco más abajo de donde estamos sentadas, a los pies del cañón.

A.(yo) – Antes de irnos me gustaría meter los pies en el agua. ¿Quieres tú?
C.(ella)– Nooo, no me apetece, la verdad.

A los cinco minutos en el mismo lugar

C. está de pie en la gran piedra que antes ocupaba la familia, que ahora se ha marchado hasta otro recoveco. No se les escucha.
C. dice: ¿y si nos bañamos desnudas, entrar y salir?
Antes de finalizar la pregunta ya estoy quitándome la ropa y diciendo que sí, y es que no lo puedo evitar, baño y desnudez es algo a lo que una nunca se niega.

C. ya desnuda se mete en el agua. Se escuchan voces de gente que baja por las escaleras, único acceso, y me agacho sentándome en la piedra por temor a que me vean en pelota picada, y me deslizo mientras escucho la voz de C. diciendo que no hace pie y que el agua está helada.
Efectivamente, el agua está congelada y noto mi cuerpo hundirse sin remedio, me pesa todo como si llevara plomo en las piernas, intento mantenerme a flote y sobre todo no meter la cabeza, sé que si lo hago no salgo. Me pongo muy nerviosa cuando al intentar subir a la plataforma llana de la roca recuerdo que tengo tendinitis en uno de los hombros. Imposible subir. Lo intento varias veces pero la corriente interna del agua y la densidad de la misma no me lo permiten.

A. (yo) - No voy a poder salir del agua, C.
C. (ella)- Por favor no digas eso.
A. (yo) –Es la verdad, me cuesta mantenerme a flote, peso un quintal, ¿dónde me creo que voy con el hombro así? ¿Qué soy, gilipollas?

A C. mis palabras la dejan preocupada y decide tomar el control de su cuerpo, se ha visto en trances parecidos  con anterioridad y con el agua como co-protagonista. (En esos momento este dato lo desconozco, de camino a casa me lo cuenta todo, vaya tela. Me dice, chica es que te digo que nos metamos desnudas y ni lo has pensado, loca)

Le digo que a las malas me dejo arrastrar por la corriente aunque acabe golpeada por las rocas del trayecto aguas abajo, lo digo con el temblor propio del frío y el temor a no poder mover las piernas para mantener la cabeza fuera del agua. Hablamos un poco más, ya no recuerdo bien qué, pero iría sobre el cuadro formado por las dos contra las piedras y siendo vistas por los veraneantes de turno.
Entonces decido callar para no perder fuerzas y para tranquilizarme un poco y poder pensar con claridad. Y me voy dejando llevar por el agua un poco y dando impulso hacia atrás, regresando al lugar que ocupaba junto a la roca. Tengo a C. a mi espalda junto a ella, está en silencio pero sé que algo trama.

Me veo golpeada por las rocas, sí, y rescatada desnuda por los cuerpos de protección civil o de agentes forestales, yo qué sé. ¡Qué vergüenza! Mejor eso que dejarme morir, no puedo hacerle eso a mi madre, no puedo. Lanzarme así tan alegremente para que los otros visitantes no vieran mi cuerpo desnudo y ahora acabar saliendo en prensa, ya veo los titulares:

Dos señoras imprudentes son rescatadas desnudas de los neveros del Cañón de Añisclo.

¡Qué vergüenza!

Miro el trozo de cielo que encuadra la montaña de piedra, doy una brazada de espaldas para cambiar de posición y ver si puedo flotar, pero casi no me muevo del sitio. Vuelvo a mi balanceo, me dejo llevar y regreso al sitio. Miro la cadena gruesa que hay anclada a la roca junto a la escalera de bajada y me pregunto, por qué coño no está anclada en esta roca donde más falta hace. Me dejo llevar y regreso al sitio, suavemente ya, sé que puedo aguantar un tiempo así, midiendo las fuerzas. No aparece ni dios para pedir ayuda.

Mientras tanto C. está intentando subir a la roca, en silencio y pensando que si sale de esta, volverá a tener sexo con aquel, ¡vaya que sí! Y yo pensando que si salgo de esta me compro el vinilo de Coque Malla, al que vimos anoche en el Castillo de Ainsa en un concierto espectacular, todo hay que decirlo. También pienso que he vuelto a besar al hombre que lleva tiempo enredado en mi pelo, en mi piel y en mi cabeza, y que he de salir de allí para besarlo más. Entonces escucho los gemidos tímidos de C. que está intentando reptar, veo su cuerpo desnudo y me parece una preciosa sargantana aferrándose a la roca, una sargantana como la que tatúa su antebrazo. Ya tiene medio cuerpo arriba, entonces, en uno de mis deslizamientos por el agua, veo su culo y me digo: ¡ya estamos fuera!

Me coloco en el lugar por el que ella ha accedido, me dice que busque un agujero por el que se ha agarrado; encuentro un saliente en la roca, bajo el agua, y apoyo uno de mis pies haciendo presión para mantenerme quieta. Ahora te ayudo, me dice C. y entonces tira de mí que me pego a la roca como si ella y yo formáramos un todo único. He hecho más ejercicio hoy que en diez años de mi vida.

Nos sentamos en la roca, chorreando y cubiertas por la manta de playa. No hablamos. Miramos el agua que parece calmada, con la que tiene liada ahí abajo, cómo nos ha engañado su apariencia, y los mamones de los niños tan tranquilos ellos, ni una muestra de peligro. Nada.
Y entonces entra en plano frente a nosotras una libélula roja y me alegra tanto que sonrío y, por fin, hablo y cuento a C. lo que significan esos insectos majestuosos para los japoneses y también me acuerdo de mi hermano Bernar, pero eso lo guardo para mí.

Suerte. Suerte de tener a C. pegada a mí en ese instante.

A partir de ese momento la risa y la charla nerviosa se apoderan de nosotras que nos contamos todo sin parar; lo tonificados que tenemos los músculos por el agua helada, la piel que se ha quedado tersa y muy suave, que podríamos haber muerto aquí y no se entera ni el tato, en fin, lo normal en estos casos. Y nos hacemos una foto vestidas y con el pelo húmedo.

¿Quién se puede hacer un autorretrato el día de su nacimiento? Nosotras que lo podemos contar gracias a la serenidad y el estado físico de C., mi sargantana bonita.

Mirad las aguas en calma, qué jodías.

Te dedico esta entrada a ti, Cris de Fez. Ahora tenemos que cumplir las promesas, prima. A por el vinilo. 😉