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domingo, 13 de mayo de 2018

Preferencias


Por casualidad—y digo casualidad cuando creo no saber cómo ha podido ocurrirme, pero sospechando la existencia de una Oficina de Ajustes en las sombras que manejan a su antojo los malditos algoritmos esos que saben qué me gusta y me machacan a diario—, o bien hay explicaciones más que razonables a las que sin embargo no accederé nunca, he encontrado sin querer, mientras deslizaba el dedo por el timeline de una red social instantánea, el tráiler de Venom versión doblada. Este dato sería del todo intranscendente si no fuera porque mantengo desde hace algunos años una actitud nada flexible con el tema del doblaje y una lucha fratricida con todo el que se me antoja obstinado del otro lado que no quiere entender mi postura.


El hecho de escuchar a Tom Hardy con una voz prestada ha provocado en mí tal desasosiego que he odiado, por un corto periodo de tiempo—siempre hay cosas más nefastas que te hacen olvidar lo superfluo; y esto, aunque me fastidie mucho, lo es—, a ese director de doblaje que ha elegido una voz tan débil para ese animal de escena que tanto me gusta.

Ya me pasó algo parecido a esto cuando de pasada por el salón de mi casa y en la televisión, que no veo desde hace casi siete años, escuché una voz un tanto extraña. Al mirar la pantalla vi imágenes de una serie fantástica, oscura, medieval, fría y ardiente de fuego Valyrio, pero esas voces no acompañaban lo que yo estaba acostumbrada a disfrutar, nada sonaba igual, y menos la voz de uno de mis personajes favoritos, ese gran Lannister (lo siento, Carlos Del Pino) que ha creado el grandísimo actor Peter Dinklage. Pues eso, que lo de Hardy no lo perdono, me niego y reniego. Estoy en todo mi derecho, y ya está bien de ser yo la que siempre respete a los demás que sí quieren ver cine doblado. Sí, ya sé que diréis, si no te gusta no lo escuches; y eso hago, está claro, pero ahora sé cómo suena su voz para este lado del planeta y me estoy preguntando—sin querer salir de dudas— si es la misma que le han colocado en toda su filmografía, porque si es así, con los personajes tan brutales que interpreta, me da un pasmo detrás de otro sin punto de retorno.

Así que no he tenido más remedio que visionar varios de sus caracteres con su voz real, para que la otra salga del rincón donde se acumula todo lo innecesario como ya conté en otro momento.

Hay tantas voces tan bien elegidas como la de Hugh Laurie en House, o la voz de Homer Simpson, y por supuesto todas aquellas del cine clásico que forman parte de mi larga historia con la ficción, cuando en la televisión echaban magra buena. Las voces de Bogart, Bette Davis, Sean Connery, Clint, Burt Lancaster o Vivian Leigh...

La importancia de la voz es vital, porque cada voz es un instrumento musical, alguno desafinado o distorsionado, áspero, estridente, nasal. Los actores y actrices utilizan su voz acoplándola al personaje, dando los matices e imperfecciones necesarios. En la vida real no escuchamos a nadie de forma totalmente nítida, a menos que haya silencio. Cuando una película se dobla, por muy bien que se haga, y aseguro que tenemos los mejores dobladores del mundo, se le está eliminando parte del proceso creativo del carácter que se interpreta en la pantalla. Quede claro que mi gusto por la versión original no va contra el arte del doblaje ni contra los profesionales que lo ejercen, porque repito, tenemos unas voces increíbles, algunas de las más grandes ya desaparacidas (Elsa Fábregas, Matilde Conesa, Roser Cavallé, Carolina Giménez, Celia Honrubia, José Guardiola, Constantino Romero, Pepe Mediavilla, Carlos Revilla, Jesús Ferrer, Jordi Dauder, Daniel Dicenta, por nombrar unos cuantos), que hacen un trabajo formidable y complicado, ingrato y en las sombras. Valoro todo eso, y no olvido que son actores y actrices con una amplia andadura profesional ya que durante mucho tiempo no se rodaba con sonido directo, y había que doblar la película fuera o no española. (Ver el documental VOCES EN IMÁGENES, de Alfonso S. Suárez)



Quiero mantener en mi memoria aquellas voces maravillosas que alguna vez mejoraban al original y hacían aceptable una mala película, pero me gustaría que se me permitiera exponer mi preferencia y que no se me tachase de recalcitrante o snob. Ahora no quiero renunciar a escuchar la voz real, que es el 50% del trabajo actoral, sin importarme si habla sueco, turco, japonés o catalán. Por eso, cuando alguien me dice «yo es que voy al cine a lo que voy», le contesto con una pregunta: ¿y a qué imaginas que voy yo?


domingo, 4 de marzo de 2018

0-X-2


Al principio fueron frases cortas y contundentes. Cuando la ocasión le era propicia no dudaba en utilizarlas, aunque la mayoría de la gente se quedase con cara de no entender qué demonios decía y a cuento de qué. 

En el instituto, cuando algún gilipollas insultaba o se metía con otro, le soltaba aquello de “creo que hablas por experiencia propia” o dirigía al ninguneado un “no des a ese capullo la satisfacción de vencerte” asegurándose de haber sido escuchada por el imbécil de turno. El apodo no se hizo esperar: Sargento de hierro.

1986 fue un año en el que se sintió poderosa, nadie le tosía, era libre y feliz. Fue un año del que no recuerda haber pensado más que las respuestas en los exámenes, y el último en el que escuchó la voz de Clint con la voz de un padre de ficción, Constantino Romero. El doblaje de El sargento de hierro (que se convirtió en su fetiche) le proporcionó bastante material para los años venideros.

Una noche de abril entró en un garito de copas y buena música y se dirigió a los dos muchachos apostados tras la barra con aquello de “¿Dejáis que os meta mano por las buenas? (siempre había querido decir eso). Uno de ellos la reconoció al instante y salió a abrazarla, al otro le costó unos segundos más. Ambos se alegraron de verla.

Una día soleado entró en la Filmoteca para una sesión maratoniana de películas a concurso en un festival de la ciudad, y cuando salió de allí, sobre las diez de la noche, todo el mundo andaba por la calle bajo paraguas. A ella no le preocupó, era junio e iba con sandalias mínimas, puso Cantando bajo la lluvia en su reproductor y fue imitando a Mr. Kelly durante todo el trayecto hasta el bus, haciendo paradas saltando sobre los charcos y agarrándose a semáforos mientras la canción seguía su curso. Llegó completamente chopada y el conductor le dijo con sorna: ¿vas un poco mojada, no? a lo que ella respondió con sequedad: no hablo tu idioma. Aquel chaval tampoco la entendió, pero ella se sintió tan feliz que no le importó llevar mojada hasta la ropa interior.

Cantar y bailar por la calle es algo habitual desde que se dijo siendo pre-adolescente que si en las películas lo hacían, por qué no lo iba a hacer ella. Pero la gente siempre juzga y la miraban como si no estuviera cuerda, y quizás tenían razón, pero, ¿quién lo está a estas alturas de la película?

Cuando se convenció de que se podían crear momentos a placer aunque salgan mal, quedó con un arquitecto en la planta de arriba de una conocida cadena, donde las series de tv de las que tanto habían hablado en conversaciones virtuales. HBO point, así lo bautizaron. Quería experimentar lo que se siente al ver a una persona que enseguida te fascina en un lugar público, abarrotado de gente, libros, películas y discos, como en aquella peli francesa en la que la Gainsbourg se siente atraída por un Johnny Deep con gafas  a ritmo de Creep de Radiohead. La experiencia cumplió con creces sus expectativas pero duró poco para su gusto.


La ficción no es más que esa parte de realidad en la que te sientes a salvo.

A ella le gustan esos días previos a Fallas cuando el sonido de la pólvora se escucha sin avisar a cualquier hora  y en cualquier rincón haciéndote creer que estás en una ciudad tomada y sin reglas, cuando la gente que está de vacaciones se come unos bocatas sentados por ahí o deambulando por las calles todavía sin monumentos. Esos días en los que no hay agobios extremos y percibes que la primavera está a las puertas del muro aunque haga un tiempo desalentador de fríos húmedos, vientos huracanados y lluvias que te calan incluso yendo con paraguas.

Ella es cero, equis, dos: ninguna victoria, un empate en 2013 y una derrota en 2017.

Es comprensible que nuestro cuerpo, y más el de ella, haya buscado la hibernación temporal en este crudo invierno donde otros han encontrado calor, que se esconda cuando lo necesite, que permanezca en silencio hasta que alargue la luz natural que sin duda le favorece. Ahora queda asumir, que es un verbo que no le agrada, prefiere aceptar. Y la aceptación completa llegará sin avisar, eso espera, como la pólvora que explota de la mano de un niño en las zonas sin acotar del pueblo este domingo despejado de marzo.

Preparemos nuestra hoguera particular, quememos todo lo nefasto y lo que nos resta. Demos el primer paso si algo nos gusta, no dejemos de hacerlo, porque si no es así, y nos quedamos quietos, no sucederá nada. Y eso es lo más triste de todo, que nunca ocurra. Aunque se equivoque mil veces, aunque elija lo no adecuado, aunque le provoquen tanto dolor como el que siente ahora…estará agradecida de haber disfrutado sólo unos instantes, unos meses, y jamás, jamás dejará de ilusionarse.

Piensa en todo ello mientras camina hacia su lugar de trabajo con paso firme. A lo lejos ve venir a un par de mujeres agarradas a sendos cochecitos de bebé; van muy rápido y sin cruzar palabra. Queda desconcertada ante esa imagen y se para unos segundos en mitad de la calle siguiéndolas con la mirada. ¿Dónde van? Observa alrededor. No, el pub Garrison no existe ni esta ciudad es Birmingham. Respira tranquila. Esta vez no habrá explosión que perturbe la paz de los Peaky Blinders. Por ahora.



jueves, 10 de septiembre de 2015

La vida: atravesarla a nado


Todo comienza con una cámara al hombro, un plano subjetivo, un bosque y la melodía nostálgica de Marvin Hamlisch. 



Durante unos instantes eres tú el que camina por el bosque y son tus ojos los que observan el terreno que pisas, las hojas secas empiezan a cubrir el suelo y crujen a tu paso. Entonces entra en plano un cuerpo de hombre atlético que sólo viste un bañador ajustado, a la moda de la época, corriendo descalzo; ahora somos simples observadores, él corre y nosotros no sabemos ni de dónde sale ni hacia dónde se dirige, y como queremos saber, lo seguimos a su mismo paso hasta que de cabeza se lanza a un piscina de aguas turquesa. Al otro lado, y en primer plano, le espera un vaso con alguna bebida etílica, y un amigo que se alegra mucho de verlo, la mujer de éste y un matrimonio más. Todos andan con resaca de la noche anterior, así que las pocas ganas de nada contrastan con el estado enérgico del hombre que hemos seguido por el bosque y del que ya conocemos su nombre: Ned Merrill. Un hombre que en su madurez conserva un cuerpo apolíneo y fresco.


La primera vez que Ned mira al cielo en esta casa lo hace como si lo mirara por primera vez o como si llevara mucho tiempo sin hacerlo.

Es verano, el sol brilla y el agua está estupenda.
— ¡Qué día hace! —dice exultante.

Durante la conversación, cuando comentan que no sé quién se ha construido una piscina, él permanece ausente unos instantes mirando toda la extensión del valle, imaginándose un río de piscinas privadas que se extiende en el horizonte y se dice en voz alta: ¡podría hacerlo! ¿Qué podrías Neddy? Cruzar el valle nadando de piscina en piscina hasta la colina, donde está mi casa. El río Lucinda en honor a mi mujer que me está esperando.

Es fácil simpatizar con Ned, la idea de ir nadando a su casa es hasta romántica, una aventura divertida para un domingo de veraneo.

Y comienza su periplo con optimismo, casi se diría que feliz, aunque esta alegría se va tornando poco a poco en confusión a medida que va avanzando por entre las casas de sus vecinos. Desde la primera, donde lo reciben con alegría, pasando por la de una despechada amante que lo desprecia, a la última donde lo reciben con desagrado.

La estructura de la película sigue un patrón: llegada a la casa, interactuación con los dueños, recogida de información por nuestra parte, y primer plano del rostro donde vemos sus ojos como piscinas, expresando el desconcierto o simplemente imaginando que todo está bien y para finalizar cada capítulo, su salida de nuevo al camino, continuar la huida de lo real, que es lo que se va encontrando en cada casa. El tiempo atmosférico varía a la vez que lo hace el trato de los vecinos y amigos, que se va tornando más áspero e irascible. Todos estos cambios los va sintiendo él en su cuerpo, recordemos que sólo viste un bañador, así que los escalofríos se hacen más intensos cuanto más cerca de su casa está.

El reencuentro con la canguro de sus hijas, que lo acompaña un trecho emocionada, hace que comience a sentir nostalgia de otro tiempo que no parece medir bien, para él es como si fuera anteayer la última vez que se vieron. Si ya en la primera casa vimos las miradas de los cuatro amigos extrañados por su comportamiento, ahora podemos asegurar que algo no está bien en Ned, las palabras de promesas salen a borbotones, desea con euforia aferrarse a esos momentos pasados que ella recuerda bien y que él vivió con total desconocimiento. Le atrae la idea de continuarlos como si nada hubiera pasado. Ella se marcha asustada, lo abandona en su aventura.

De piscina en piscina se van desnudando las miserias de la vida acomodada en el suburbano, del sueño americano, vamos conociendo más a Ned y sabemos que han pasado años, no semanas como él quiere creer. Es como si renegara del tiempo.

Los hipócritas, los fanfarrones, los que como él adulan a otros, los que ya no ocultan su ira y su desprecio; Ned ha sido igual que todos ellos: egoísta, bebedor y mujeriego, un hombre sin escrúpulos al que nunca le ha importado los sentimientos de los demás. Pero ahora ha tocado fondo, ya no es el de antes, y vive una travesía de autoengaño, creyéndose su propia realidad. Por eso no entiende o no quiere ser consciente del porqué lo tratan con más rudeza cuanto más cerca de su hogar está, cuanto más íntimos son los personajes con los que se encuentra.

El pasado siempre acaba por alcanzarte.

Un punto de inflexión quizá lo marca el encuentro con Kevin, el hijo de unos vecinos al que han dejado con la criada y una piscina vacía, porque es cuando se ve a sí mismo, en la soledad más absoluta, perdido al ver truncada su aventura de nadar hasta casa.

El niño no sabe nadar. Si crees con fuerza que es verdad, será verdad, le comenta al pequeño.
Ned está acostumbrado a adular, a gastar y a hacer promesas que luego no cumplirá. Lo hace con todos, y lo hace con el niño también. Es la falsedad del ser humano que va por la vida arrollando al resto en continua apariencia y alardeo, así es como cruzan ese prisma vacío, andando y fingiendo que está lleno de agua.

La secuencia de la piscina pública lo ridiculiza de una forma brutal. Un hombre que lo tiene todo enseñando que sus pies han sido lavados a conciencia, separando dedo a dedo, teniendo de fondo a la multitud, una piscina infestada de bañistas a los que tiene que ir sorteando como puede. Momento atroz para su ego que soporta porque tiene que llegar a casa a nado, debe hacerlo. Y me parece curioso que sabiendo qué clase de hombre es lo compadecemos. Pero claro, el resto de gente no es mucho mejor que él, y lo demuestran en cada aparición.

Está claro que algo le sucede a su mente, no sabemos si finge o si ha perdido el norte totalmente, pero nos apena cuando al final del trayecto, al final del río Lucinda, ella no está, ni sus hijas tampoco juegan al tenis en la cancha como él suponía. La casa está cerrada y olvidada, hace mucho que nadie la habita, y él llora sin consuelo bajo la fuerte tormenta que colorea todo el verdor del valle con un triste gris mojado.  

Lo ha perdido todo, así es su vida real, la que ha ido recomponiendo de piscina en piscina. Ya nadie enjuga sus lágrimas, está solo y empapado de cruda realidad.



          El nadador. The swimmer (1968)
Una película dirigida en un principio por Frank Perry y por Sidney Pollack que la terminó. El guión lo escribió Eleonor Perry basado en un cuento del mismo título escrito por John Cheever para The New Yorker en 1964. 

Como en toda película que se precie hubo de todo: El director Perry (despedido por diferencias creativas) y el actor Burt no estaban hechos el uno para el otro, hubo cambios en el casting a medio rodaje, el productor pasó de pagar algunas cosas y no aparecía por el set, Lancaster puso dinero de su bolsillo para pagar el último día de rodaje, director y guionista que se casan… En fin, lo normal. 

Como dato curioso decir que el primer elegido para el papel principal fue William Holden, que lo rechazó, como luego hicieron Glenn Ford y Paul Newman; así que se lo llevó la última opción, Burt Lancaster, que a sus 52 años luce espléndido, al menos eso dijo la crítica con unanimidad. 

El actor dijo después que la película fue un completo desastre pero aún así la favorita de toda su carrera. Sorprende saber que antes de rodar tuviera miedo a nadar, así que Mr. Lancaster tuvo que ser entrenado por el que fuera jugador de waterpolo Robert Horn, que luego se convirtió en entrenador de natación y waterpolo en UCLA (1963-1991) y también formó parte del cuerpo técnico en las olimpiadas de México 68 y Munich 72. Vamos, que con este campeón a Burt se le quitaba el miedo al agua sí o sí. 

Me he enterado hace poco que el año pasado se editó en video un documental sobre el rodaje de esta película titulado “The story of the swimmer” dirigido por Chris Innis. Los documentales me fascinan. Me habría gustado verlo antes de escribir esto, pero no lo he encontrado por ahí. 

En mi opinión, la película, rodada en 1966, se nutre del mismo espíritu de los cincuenta retratado por Wilson Sloan en su libro “El hombre del traje gris” (expresión por la que se conocía a los ejecutivos de los rascacielos que viven en urbanizaciones a las afueras de la ciudad, y visten trajes similares). El discreto desencanto de la clase media-alta, una visión que sigue de actualidad, y que también ha abastecido a la serie de tv Mad Men, de hecho Don Draper y Tom Rath, el protagonista del libro, son personajes análogos.




domingo, 15 de febrero de 2015

Secuencias que me fascinan (III)


Confieso que en algunas ocasiones he llegado al final de una película con la emoción desbordada y he llorado sin consuelo, es decir, hipando y dejando rodar lagrimones que bien podrían haber calmado mi sed en un día caluroso en medio del desierto, y sin líquido que llevarme a la boca.

El cine siempre ha sido mi refugio, mi rincón exquisito donde todo o nada podía pasar, desde donde he viajado y experimentado situaciones que jamás me habrían ocurrido en la vida real. Me hace sufrir, me enseña sobre temas que no sé, me cabrea porque me muestra la capacidad inmortal del ser humano de ser lo más despreciable. Pero sobre todo, lo que siempre me ha fascinado es que unos personajes, unas notas musicales, o el silencio, me vuelven invisible, desaparezco y ya no soy más yo.

El significado de soñar en mayúsculas sólo me lo ha dado el cine y el estar enamorada, momento en el que nunca he pensado en lo que los demás puedan darme, sino en lo que soy capaz de dar. Y esta película está llena de todo esto, de cine, de amor, inconmensurable amor al cine; es por eso que desde las primeras notas de Ennio Morricone ya sabes que no tienes escapatoria, te envuelve la nostalgia invisible del paso del tiempo, de aquellos días en los que la única obligación que tenías era vivir, y la posibilidad de la muerte aparecía como un personaje extraño, afín a los adultos, pero que cuando te toca en la infancia te deja sin ser más niña de un hachazo, ¡corten! ¡mierda!




Muchos se niegan a ver a Cinema Paradiso de Giusseppe Tornatore como una gran película, reconociendo que tiene sus trampas, o simplemente hablar de ella porque les parece demasiado sensiblera o “de llorar” (como si no hubiese llorado yo en películas de guerra, de periodistas, de la mafia…), pero es precisamente por eso, porque no hay ser que no se emocione en algún momento lo que en parte les preocupa. Muchos siguen pensando que mostrar sentimientos es etiquetarse para siempre de vulnerable, lo que me recuerda que cuando veía películas en compañía de mis hermanos, en cuanto la cosa se ponía de ¡uuuffffff!, los tiros cesaban o los personajes se besaban,  comenzaba el intercambio de tonterías entre ellos o a jugar dándose golpes, y ya no había paz; uno de los motivos de sólo ver cine con gente con la que poder ver cine o en soledad. “Los hombres no lloran”, “tengo una imagen que mantener”,…ya sabéis, todas estas cosas, y a lo mejor es cierto en parte, quién quiere aparecer débil frente al otro. Yo, pues no me importa, porque viendo cine ya no estoy aquí, a este lado de la pantalla, pertenezco por entero al celuloide que me absorbe sin pausa.

La secuencia que me fascina de Cinema Paradiso es sin duda la que todos tenéis en mente, la de Salvatore (Jacques Perrin) adulto viendo el magnífico montaje que le hizo su gran amigo el operador (Philippe Noiret) con todos los besos y escenas censuradas en ese cine que le vio crecer y donde aprendió todos los trucos del oficio, ese cine donde se enamoró del cine. Porque toda la película es un homenaje al amor por el cine, a los que amamos el Cine sin control, al amor, y a la amistad que no deja de ser otra clase de amor.



          


Amor, amor…
¿Qué hay más importante en esta jodida vida que ese sentimiento poderoso? Porque cuando eres correspondido por lo que sea, o quien sea del que estés profundamente enamorado la sensación de “absolute power” es tan brutal que asusta.

Me emociona el sonido del proyector, sonido fascinante que surge por ese pequeño agujero hecho en la pared tras el cual sabes que en el inaccesible y mágico habitáculo hay un hombre (nunca vi una mujer) manejando unas latas que resguardan la preciada copia: vulnerable, delicada, sobada y, a veces, muy perjudicada. Pero ni las rayaduras, ni los fotogramas vacíos o inexistentes, o las manchas me hacían regresar a la realidad. Esos primeros pitidos que marcaban el comienzo de la cinta, esos números en los fotogramas blanco sobre negro, y al empezar la película, el sonido del proyector como que se diluía. Mis pupilas dilatadas de niña absorbiendo metros y metros de ese celuloide que a veces se quemaba en cabina y que la destreza del operador arreglaba con prontitud.

Añoranza hasta del material, la textura, que ya nunca es la misma. Amo ese cine de grano e imagen imperfecta, el del artesano.

Y al encenderse las luces, de nuevo traspasamos el umbral de la fantasía, marchándonos de la sala con las imágenes y las palabras amontonadas en nuestra cabeza, en las tripas, en la piel, o en el limbo más profundo de nuestro cuerpo, nuestra conciencia. Masticando con la mente, cerrando los ojos para rememorar ciertas imágenes que se quedarán en nuestro museo particular en exposición virtual.


El cine no se acabará nunca.

domingo, 28 de septiembre de 2014

Secuencias que me fascinan II


He elegido esta escena, primero porque es un plano secuencia y ya sabéis que me enamoran, y segundo, porque al verla aislada del resto nos hace creer que es una película cómica, agradable y muy divertida. La veo una y otra vez cuando ando baja. Los adoro a los tres, pero el juez es mi debilidad en esta secuencia.




El secreto de sus ojos es una película maravillosa de Juan José Campanella. Al verla completa te das cuenta de cómo el director da prioridad a la realidad y la rellena de conflicto y ritmo. Vidas como la tuya o la mía, anónimas, thriller, humor, drama y toda clase de amor, del callado, el brutal...También hay mucho miedo: a la supervivencia, a la equivocación, a la soledad, a no atreverse. (Inciso) El miedo lo paraliza todo. Hay que equivocar el camino si es necesario, no debemos dejar de andar. Arriesguémonos siempre.

Dicen que lo que quiera que sientas o seas se transmite a través de los ojos, hay que buscar esa mirada y hallaremos su secreto. Como contaba en Plenilunio Antonio Muñoz Molina, hay que mirar a los ojos pues ellos te dirán la verdad. Y si algo tiene esta película es verdad. Sin un buen guión y unos buenos y creíbles actores, no tenemos nada, y esta cinta conmueve, trastoca desde el principio. Hay un punto que flojea, pero luego remonta con ese sorprendente final. Se dicen cosas tan ciertas en El secreto de tus ojos que asustan y emocionan.

Campanella mezcla a la perfección el sentido del humor y el contenido dramático. En esta secuencia disfrutamos mucho de lo primero. Ese juez interpretado por Mario Alarcón que comienza su monólogo de espaldas y se va girando lentamente mientras pronuncia con deleite “… usted se caga en la orden que yo le di” entonces comienza su caminar por la estancia con su porte envarado, tieso, sintiendo la rigidez corpórea de  su cargo, y entran en plano el resto de personajes, una pareja cómica formada por Ricardo Darín y Guillermo Francella, callados y temerosos como niños  reñidos por su profesor, en algún momento parece que uno de ellos va a echarse a reír o que gesticula creyéndose fuera de cámara, por lo general aguantan bien el tipo. Y ella, Irene (Soledad Villamil) convidada de piedra en toda esta bronca del juez a sus subalternos, observadora estoica un tanto mosqueada por lo que ha pasado.

Lo que me encanta es que cuando el juez deletrea el apellido Espósito, justo cuando calla en el  “si” se escucha claramente el tic tac duro del reloj marcando la tensión de la pausa, y cuando por fin Darín dice “to” el gesto de Guillermo relajando y agachando la cabeza, asumiendo que les han pillado, (que contrasta con el plano en corte siguiente: “Hay que negarlo Benjamín, eh. Yo no fui, yo no estuve…”) y esa frase de Benjamín “Discúlpeme Doctor pero me parece que aquí está pasando algo extraño”,  porque tanto el juez como nosotros sabemos que lo hicieron, estuvieron donde se les dijo que no debían estar bajo ningún concepto.

El personaje del Juez Fortuna Lacalle es tan creíble y genial que hasta acojona pensar en un superior así y tener que verlo cada día.


No sé cuántas veces tuvieron que repetir ese plano secuencia, pero Mario Alarcón aguanta la mirada de los otros dos, y sus largas pausas de una manera tan sencilla que incluso parece una única toma, como si no le hubiera costado ningún esfuerzo, ningún ensayo.

Podría haber elegido esta otra, la del bar, donde se conversa, se pone uno pedo, se desahoga nuestro tierno personaje Sandoval. La secuencia donde se desentraña y descubre a Espósito lo que nunca cambia, la pasión. Pero es otra historia.


Quiero pasión, aunque ésta sea efímera. Porque, ¿cómo se hace para vivir una vida vacía? ¿Cómo se hace para vivir una vida llena de nada?¿Cómo se hace? 



domingo, 25 de agosto de 2013

Emocionada sacudida del alma

El segundo visionado de ‘’The place beyond the pines” (Cruce de caminos) de Derek  Cianfrance, me confirma que no ha sido sólo el deseo de volver a ver al tándem director-actor de “Blue Valentine” (con Ryan Gosling haciendo lo que mejor sabe hacer) lo que me hizo creer que había visto una película impresionante la primera vez. Doy fe que es grande, porque Derek nos ha demostrado que con poco que se diga se dice lo máximo, y más si te acompañas de grandes y potentes actuaciones, muchas al borde de la emoción más intensa, y también de un equipo técnico que ha sabido apoyar su idea con destreza y profesionalidad.
La cámara siempre colocada con acierto, una iluminación y color ochentero que por la música y vestuario queda patente. Ese plano secuencia acompañando al motero durante los créditos del  comienzo ya nos dice quién es Luke sin emitir una palabra. Alargar el plano o ir hacia adelante en la trama  para conferir un ritmo  que descifra a la perfección  la esencia de cada personaje.

Increíble el largo primer plano de Luke (Gosling) en la iglesia mientras asiste al bautismo desde la distancia. Otra vez sin palabras, y la soledad más absoluta.


Una Eva Mendes, que nunca ha sido santo de mi devoción, pero que aquí  fascina al representar una Romina cargada de emociones, (el momento en la caravana mientras Luke le habla es conmovedor).


Bradley Cooper (Avery) que dota al personaje del héroe que no quiere serlo de una integridad y una fuerza brutal.



Y qué decir de Ben Mendelsohn (Robin) que en apenas unos minutos de aparición transmite la soledad y el drama de un hombre que guarda un secreto, y lo que el amor a primera vista puede causar en personas como él. ¡Qué gran actor!



Haré mención especial a Ray Liotta, ya que con sólo un segundo en plano da mucho miedo.

No hay artificios, no hay superhéroes en esta historia, todos son personas reales con sus tragedias diarias, con sus sentimientos, sus pequeños retos y su soledad.
Una estructura planificada en tres partes que urde una trama de personajes que se cruzan y conviven con sus cargas emocionales, y de acuerdo a las decisiones que en un momento dado toma cada uno. Con su ética o su falta de escrúpulos.

¿Será verdad que hay destino? ¿Conseguiremos apartarnos del camino que se supone está escrito para nosotros? Y si no existe, ¿qué sentido tiene el cúmulo de casualidades que hacen que conozcamos a una persona concreta y no a otra? ¿Por qué las que menos tiempo han estado a nuestro lado son casi siempre las que más nos influyen el resto de nuestra vida?
Ahí lo dejo.

Una película inmensa.


jueves, 11 de julio de 2013

Tardes de cine en el Octubre

Llevada por mi desconocimiento notorio sobre el  género, me he apuntado a un monográfico de cine de ciencia-ficción. Lo imparte un apasionado Ramón Alfonso, al que cuesta seguir por la cantidad de información que nos va dando, y por como hila una película con otra, un director o un actor con otro. Se nota que sabe de lo que habla y que le resulta placentero. Y yo lo agradezco. Pasar las tardes visionando y hablando de cine es lo más chulo que he hecho en bastante tiempo, ¡qué pena que sólo dure una semana!

El caso es que estoy descubriendo algunas curiosidades, cosas muy buenas y otras hasta graciosas, pero la de hoy ha sido realmente fascinante.

Hoy he visionado La Jetée, de Chris Marker del año 1962. Un foto-relato magistralmente fotografiado y montado que dura sólo 28 minutos y que muestra la verdadera esencia del cine: contar una historia a través de unas imágenes, y no importa si es una o veinticuatro por segundo, porque si lo haces bien, como es el caso, el cómo no es de vital importancia.


Es un relato de ciencia ficción construido con fotografías en blanco y negro que narra cómo un hombre, tras ser elegido para un experimento de viaje en el tiempo, decide que quiere regresar a un momento que le marcó en su infancia, y a una mujer que vio en el aeropuerto de Orly antes del desastre de la guerra y la destrucción de París.

Magnífica y bella, con algunas tomas muy sensuales. Inquietante y con un final brutal. 

No cuento más porque lo que quería decir es que he quedado fascinada por ella. Desde hoy la coloco entre mis películas favoritas, y seguiré buscando el resto de la filmografía para empaparme bien de su cine.

El fotograma que adjunto es uno que me ha gustado especialmente; veo que Chris fotografía muy bien la nuca…y que Xavier Dolan ha aprendido posiblemente de él para su Laurence Anyways (perdonad, tengo una extraña tendencia a imaginar).


Buscando esta imagen veo que el magazine cultural Jot Down, de la que soy fiel lectora los últimos tiempos, ya escribió sobre Chris Marker el año pasado. Interesante…Voy a leer.

lunes, 20 de mayo de 2013

Me gustan las manos del Arquitecto


Tal día como hoy, 20 de mayo, nacía James Stewart en Indiana (Pensilvania).
Se convirtió en Arquitecto, y al parecer no se le daba nada mal; de hecho era bueno, y así lo atestiguaron en su día profesores de Princeton. Pero el chico escogió otro camino (u otro camino lo escogió a él, quién sabe cómo funciona esto).

Elegir el teatro como dedicación, y un verdadero talento en la actuación ha hecho posible que el mundo entero lo conozca,  que lo recordemos por su amplio registro, aunque siempre daba ese perfil tímido de no querer destacar (me lo imagino sentado al final de la clase, no interviniendo mucho, callado y atento…), difícil no hacerlo cuando mides 1,91 m.

No sé cómo llevaría la fama mundial un tipo como él: de aspecto frágil, quebradizo, con esa altura considerable; pero vivió una vida tranquila de trabajo y éxito incluso en su vida privada.  Fue un hombre al que en 1949 se le cruzó Gloria Hatrick, y el amor que surgió, duró lo que duró su vida. Una prueba más de que el amor verdadero existe. Existió para ellos dos y para el matrimonio Newman-Woodward.

Podría quedarme con muchas secuencias de las muchas películas en las que intervino, pero hoy elijo esta: 


Verano, ola de calor.  Un fotógrafo deportivo (Jeff) se encuentra en silla de ruedas con una  pierna rota tras un accidente laboral. Se pasa el día frente a la ventana observando el pequeño mundo del vecindario. Por su mini-apartamento pasan varios personajes, entre ellos su novia a la que intenta apartar de su vida con aquello de "no pertenecemos al mismo mundo, yo viajo mucho y tú tienes demasiada vida social y eres superficial..."  Ante la actitud pasiva de Jeff hacia Lisa, ella decide actuar por su cuenta, y en una de sus visitas comienza a ejecutar el más bello striptease que se haya podido filmar en el cine sin necesidad de desnudar a su protagonista. Lisa muestra su pequeño bolso, del que lentamente y con toda la sensualidad de la que es capaz, extrae un camisón y unas chinelas…sus miradas se cruzan, y sin necesidad de palabras, los espectadores podemos escuchar: cariño, puedes decir lo que quieras pero esta noche la paso aquí. ¡¡Momentazo!!

Me fijo mucho en las manos de los hombres y, si las puedo tocar, en qué sensaciones transmiten, podríais sorprenderos mucho  de lo que provocan en mí algunas manos.

Las manos de James son manos  elegantes,  parecen cálidas, y  lo mismo da que esté agarrando una escopeta, una cámara fotográfica o el cuerpo de su chica en escena. Me gustan sus manos.





domingo, 12 de mayo de 2013

Constantino, mi padre de ficción


A los siete años tuve que buscarme otro padre porque el mío murió joven, 36 años.

Supe de la existencia de la muerte tan pronto que aquello ha marcado mucho la forma de tomarme  la gran mierda que es. Nunca creí que la vida fuese un camino tortuoso para, al morir, alcanzar la gloria divina y sentarse junto a ése ser etéreo que hacía y deshacía a su antojo; siempre pensé que desapareces y punto, fin. Como Woody Allen, estoy fuertemente en contra de ella…y más cuando es tan injusta, como lo son muchas de las que, por un motivo u otro, me son cercanas. Empatizo con el dolor de mis amigos, de mi gente, y sufro; aunque sé que no puedo hacer absolutamente nada…A veces, por la distancia, ni abrazarlos puedo.

Lo que decía, me busqué un padre, (aunque con la madre que tengo no hace falta nadie más, pues ella es la persona más grande, valiente, fuerte y positiva que conoceré jamás) un padre sólo para mis momentos de ficción. Y no fue por casualidad que el elegido fuese Eastwood: había rodado películas en el desierto de Tabernas, cerca del lugar de mi nacimiento, y vi la posibilidad de que mi madre hubiese tenido un romance  con él, ¡yo qué sé por qué! Era muy pequeña, su voz me encantaba y mi imaginación hizo el resto.
Hoy nos ha dejado la voz de mi Clint de infancia, cuando nada sabía yo de doblajes, versiones originales y toda esa mandanga que, sin duda, prefiero desde hace ya unos cuantos años.



La voz de Constantino Romero ha estado siempre en nuestras vidas de cine, tele y radio. No hubo mejor maestro de ceremonias para una Barcelona Olímpica que él. Y cuando en un cine a oscuras, visionando El imperio contraataca escuché la frase de….”Yo soy tu padre’’, me dije: tenía yo razón, lo es.

Hoy, la frase de Rutger Hauer en Blade Runner se hace más real que nunca: “Yo he visto cosas que vosotros no creeríais..., atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad  cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán... en el tiempo... como lágrimas en la lluvia... Es hora de morir.”

Tu voz no se perderá Constantino, transita por el espacio junto a millones y millones y millones de voces queridas más. Los que os marcháis de nuestro lado siempre seréis recordados por vuestras acciones, por los felices momentos que nos habéis hecho disfrutar.

El cariño que se demuestra  nunca muere.

Buen viaje a la siguiente galaxia, segundo padre. 

miércoles, 8 de mayo de 2013

Nunca quise ser una chica Bond



Confieso que me gustan las películas del agente 007 (unas más que otras, desde luego).
Es escuchar el riff de guitarra eléctrica del tema principal orquestado por John Barry y ¡me da algo…!

Puede resultar curioso que a una mujer como yo le guste un tipo como este: un hombre con licencia para matar que acaba devastando los lugares por donde pasa, que no duda en cargarse a cualquiera aunque minutos antes  haya compartido encantos y juegos sexuales, etc. Pero, es que me seduce. Porque este hombre seguro de sí mismo, de lo que quiere y que sabe adónde va tiene mucho morbo, ¡para qué nos vamos a engañar...! Pese al aroma de macho que desprende la saga,  hace tiempo que el agente se mide con mujeres que no le bailan el agua; es más, se miden con él en conocimientos, estrategia, sofisticación, ironía, y por supuesto en confianza,  que lo que hacen lo hacen bien y quieren ganar el juego, con toda la frialdad e indiferencia.  Porque todo es un juego, duro juego con fuego de verdad.
¡¡ He visto ... !!



Y confirmo que ha conseguido que olvide y me abstraiga de mi cruda realidad. Al fin y al cabo qué es el cine sino entretenimiento.
Visionando películas puedo experimentar cualquier tipo de sentimiento o sensación sin que se me tache de nada…Por mucho que algunos compañeros de butaca no se muestren nunca o no les parezca bien que yo lo haga. Yo no soy así: me expreso con total libertad.

Veo las películas de Bond con la simplicidad de disfrutar de una aventura de ficción, con la certeza de ver un film bien construido,  por su potente juego de efectos, su puesta en escena siempre impecable, y deseando que sus créditos no me decepcionen. Y, la verdad que no lo hacen.

Esta vez me ha chirriado sólo una cosa:  algún instante en la aparición de Javier Bardem, como si éste sobre actuara por inseguridad, como si estuviera muy preocupado de parecer malo y extraño forzando gestos que me han recordado a John Malcovich. Cuando él sabe perfectamente cómo hacerlo, porque Bardem siempre me ha parecido un animal en la pantalla. La prótesis bucal puede haber tenido algo que ver, eso no lo sabré nunca.

Qué decir de Craig (lo repetiré hasta la saciedad), después de Connery, me encanta su porte, su estilo, su perfil, y su forma de correr…todo al servicio de su majestad.

Nunca he querido ser chica Bond,…¿o sí?


viernes, 1 de marzo de 2013

Enamorada de los planos secuencia

Probablemente sea el rasgo más libre que nos da el Cine: una continuidad absoluta que predispone a crear la verdad de la ficción. Nada perturba ni molesta, todo fluye y nosotros con él. El plano secuencia, o como los ingleses llaman 'long take', es un ejercicio maestro de trabajo en equipo. Cada interviniente tiene su misión, todo ha de estar medido al milímetro pues un error manda al garete la toma. El engranje ha de funcionar perfectamente. A veces nos engañan como en 'La soga' de Hitchcock, pero no lo tienes en cuenta ya que comprendes los problemas técnicos a los que se enfrentaba (rollos de película de tan sólo 10 minutos de duración).

Cuando veo un plano largo, sin cortes, la aparición de personajes a los que acompañas, travelling suave que te involucra: experimento la maravillosa sensación del orgasmo cinematográfico. Y claro, si te lo hacen muy bien repites, y luego pasa lo que pasa...acabas enamorada y perdida. Perdida porque una vez has conocido la belleza del momento, esa única verdad que nos regala la ficción, te vuelves tan exigente que ni tu cabeza ni tu alma descansa hasta encontrar algo que mínimo te haga sentir parecido.
Es una locura, lo sé,...pero para algo está el rebobinado, algo que en la vida real nos gustaría hacer más de una vez y que el cine nos permite infinitas. Me reconforta y calma el espíritu.

No voy a describir los más famosos porque ya lo han hecho otros, pero si recordar el magnífico comienzo de 'Touch of Evil' (Sed de mal) de Orson Welles:

La genial aportación de Brian De Palma en 'Los intocables de Elliot Ness' en el acecho de un sicario de Capone a mi querido James Malone o en la película prescindible 'Snake eye' cuyo comienzo es trepidante.
Seguir a un Ray Liotta fascinado hasta el interior del garito nocturno en 'Uno de los nuestros' de Scorsese, y no dudar un segundo que de verdad entramos en el Copacabana. ¡Quiero un trago!

Y mi recuerdo final al maestro Berlanga, que hizo del plano sin corte su insignia y su arte: 'Bienvenido, Mister Marshall', 'El verdugo', 'Plácido'...¡Qué bellas coreografías!
Lo dicho: estoy enamorada perdidamente de esta forma de rodar.



miércoles, 1 de agosto de 2012

The Dark Knight Rises


Christopher Nolan nos ofrece la que es su última entrega de Batman. Me queda claro, mi superhéroe favorito es el caballero negro.
Sólo la secuencia de la toma de la Bolsa por el malvado Bane (un animal de la interpretación nuestro Tom Hardy) merece todos los laureles. Es realmente espectacular, un ritmo trepidante, un montaje magnífico y una puesta en escena impresionante. ¿De dónde sacan las motos? No lo sé, ni me importa.

Anoche, vi Batman en esta ciudad que no me ha acogido nada bien, y ha sido de lo poco agradable que me ha pasado. Salvo un par de cosas que se podían mejorar, del casco de Batman que no acaba de convencerme, y el último suspiro de Miranda Tate (¿Marion Cotillard no creíble? ), tanto el elenco como la producción artística me parecieron geniales. Michael Caine, espléndido, se come la pantalla, como Hardy, sólo que este da mucho más miedo, lo veo un actor capaz de todo.
Nolan ha cerrado bien los frentes abiertos, y a los que nos gusta el cine nos ha dado una muestra de como entretener. Tiene una capacidad resolutoria acojonante este tipo.
A ver qué película nos haces ahora, seguro que no defraudas.
¡¡¡Anoche me alegraste el día!!!

viernes, 11 de junio de 2010

El concierto

Después de ver la película Le Concert, de Radu Muhailenau, una se siente totalmente viva.

Ha reído con ganas y también ha llorado de igual manera; ¿sabes esas lágrimas que caen pesadas y resbalan lento por el rostro y llegan al cuello metiéndose por la camiseta, y que si alcanzas alguna con la lengua saben tan saladas? Pues esas son las que brotaron de mis ojos y fueron muchas, porque la música no sólo amansa a las fieras, como dicen, ese formidable trabajo de equipo deja a un lado a esta sociedad totalmente envarada en un individualismo tremendo y lo que se oye suena genial, todos a una, como sujetándose unos a otros. Es tal la fuerza, que me doy cuenta que estoy apretando mis puños, como ayudando yo también a la orquesta.



El humor que destilan los personajes es tal, que pese a encontrarse apartados a una vida distinta de la que tenían, y con un futuro nada esperanzador, eso mismo los sostiene y les hace fuertes.
Buscavidas tristes en su desgracia personal que, al fin y al cabo, es una desgracia conjunta y por lo tanto compartida.

No existe mejor equipo que una orquesta. La melodía no se olvida una vez la aprendes. Todo cambia por la valentía y la cabezonería de una persona que antes dirigía al grupo: el director de orquesta. El hombre, que quiere salir de ahí, desea volver a respirar y se arriesga junto a todos los demás que desean acompañarlo en este volver a reencontrarse con su pasado.

Al final, los locos no son ellos, los que mantienen sus vidas "impolutas" son los que no están en este mundo.
La realidad es la música.
La realidad es el cine.

¡Viva la Música y viva el Cine!