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sábado, 24 de enero de 2015

Perdido en mi propia calle



El ansia de fumar me fuerza a esperar ciento veinte minutos sentado en el sillón orejero de mi gabinete. Alumbrada la mitad de mi cuerpo por la bombilla de la lámpara de pie, en silencio dada las horas que son, y nervioso por la dependencia, contemplo los lomos de los libros acumulados durante décadas en las estanterías que tengo frente a mí, cavilo sobre un hecho fundamental: mi estado de ánimo con el mundo y con todos los yo que me pueblan. Qué soy, qué hago aquí, a dónde voy, y ¡cuánto polvo, joder!

Tengo hambre, pero no me apetece nada en concreto, y eso que ahora tengo la nevera llena. Ya no me gustan las cosas con entusiasmo; mucho tiempo guardando mis emociones en los cajones de la mesita de noche, demasiada austeridad.

Las seis, ya es la hora. Mientras bajo en el ascensor y camino por el portal hacia la calle me entran dudas feroces que corroen por un instante mi aniquilado espíritu, mas sigo adelante con lo mío, comprar tabaco y fumarlo en soledad. No tengo que sentirme mal, no hay nadie a quien deba explicaciones más que a mí mismo, y yo,  suelo perdonarme con rapidez. Así están las cosas.

Todavía está oscuro y enfilo la calle hacia el centro de la ciudad, cruzo el paso de peatones sin encontrarme con nadie, y al llegar a la esquina dudo, pierdo un poco la estabilidad. Tras unos segundos de extrañeza  y mareo comienzo a darme cuenta que algo no está bien, me faltan cosas y no soy yo, sino la calle. No me parece la de siempre. Es verdad que los comercios abren y cierran con premura desde el comienzo de la crisis, pero permanecen unos cuantos, los de toda la vida, que ahora mismo se han evaporado. Vértigo.

¿Me he perdido algo? Me escucho decir en voz alta y con un eco que perturba.

Me paro en mitad del vial aprovechando que no pasan vehículos y observo un lado primero y luego el otro. ¿Dónde está el quiosco? ¿y mi colegio? Es más, ¿dónde se ha metido la librería de siempre que no la veo? No entiendo nada.

Miro hacia atrás y una bruma compacta impide ver mi edificio. Ando unos pasos y decido entrar en el bar que solía  estar por aquí, encuentro la pared, —lo compraré en la máquina expendedora,—pienso. Al palpar el vidrio frío de la puerta, un sonido como de succión brutal me deja estupefacto. Con desconfianza la abro al máximo, y observo que donde debía estar el suelo del local aparece un gran boquete oscuro y sin fondo, no se ve nada. Vértigo otra vez. Me doy la vuelta, la oscuridad me rodea y siento temor a hallarme en una dimensión en la que no pueda apoyarme en nada sólido. El mundo, ese que olvido cuando a las tres y media de la madrugada me meto en la cama, se confabula contra mí para que no cumpla mi objetivo, y encima, tampoco puedo hacer lo contrario. Sigo sin ver nada. ¿Qué hago, qué demonios hago…?

Ya está, cerraré los ojos e intentaré visualizar la acera, he de volver a casa como sea.

¡Ahí está…la veo! Voy bien. Ahora la carretera con su trazado en blanco, la floristería de la esquina, la marquesina del bus, el contenedor de basura. Esto ya es otra cosa,… el muro del colegio, la librería Hamburgo, menos mal. Y sigo andando hacia mi casa mientras mi calle va reapareciendo de nuevo ante mi mirada perpleja. 



Cuando cierro la puerta tras de mí, mi respiración va muy acelerada. La gata no ha venido a saludarme como hace normalmente. ¡Calma, hombre!, siéntate un rato y respira con lentitud. Ya estás a salvo. ¿A salvo de qué? ¡Calla, sshhhh!

La luz de la bombilla de la lámpara de pie ilumina la mitad de mi cuerpo, observo los lomos de los libros que he acumulado durante años, son pocos los que no he leído. Esperaré a que se haga de día, he de bajar a comprar tabaco aunque me dije a mí mismo que esta semana lo dejaba sin falta. Un par de horas más y si no me he dormido iré al estanco.

Estanco: qué palabra más extraña para una tienda que vende tabaco. Aislado, incomunicado, hermético, cerrado, independiente. Cuántos significados para una misma palabra.

Las seis, ya es la hora.

El mundo se hunde cada vez que desapareces y yo intentando dejar de fumar sin conseguirlo.

Quizá esta vez, flaco.

A Raúl




miércoles, 20 de agosto de 2014

Bajo la higuera


Llevo tres años enteros intentando que la desazón y el pesimismo no me arrastren. Un año manteniendo la sonrisa y las ilusiones por una vida nueva que el enamorarme de manera inexorable hizo posible. En tan solo una semana todo eso se viene abajo por un hiriente ‘olvídate de mí’ de alguien que amo, y  que ya ha sido doblegado por las circunstancias y la distancia. 

Y mis fuerzas ya no dan para dos.

Mis ojos no pueden estar más tristes, escribo en una hoja de papel  como preludio a un libro que deseo escribir. Las frases hechas flotan en el aire a cada paso que doy por las calles conocidas; sólo escucho quejas o ánimos carentes de realidad, canciones manidas que me suenan a nada.

No puedo estar más triste.

Lo que imaginé, lo que deseé,  pasó de largo  como pasaron los besos y las caricias. Un cúmulo de despropósitos y la energía fluye en nuestra contra. Me vi abrazada a él,  besándole  siempre, en una tierra nuestra y sin banderas, un planeta único de dos. Quise dar  vida a alguien nuestro  para que todo ese  amor, esa complicidad  se hiciera persona, a través de besos y de tacto, perpetuarnos  en el tiempo;  ese tiempo que parábamos en nuestras lunas de miel, cuando no había agua y leíamos juntos. Silencios y remoloneo entre las sábanas de rayas azules. Palabras y caricias infinitas, pero sobre todo: sonrisas auténticas y reales  bañadas en aroma de higuera en un invierno deseoso de verano, nuestro verano, ese que nunca llegó.

Ahora mis músculos se agarrotan por el hielo que los atraviesa. Heridas dolorosas en oscura espiral.
Noto húmedos mis ojos, y en mi piel, la brisa suave de la tarde descifra una sensación pegajosa, y el peso del dolor se hace liviano.

Despierta, y atontada por la bruma de la siesta, veo a mi hijo Jöel, que con movimientos algo torpes y en susurro imperceptible, anima al caracol, que ha colocado sobre mi pierna desnuda, en su lento transitar. Se acerca tanto para hablarle, que su pelo rubio y alborotado me hace cosquillas, y sonrío.


Sonrío al corroborar que, otra vez, desvarío en sueños transportada por el efluvio dulce y seco de mi árbol mágico; aquel que plantamos cuando nació nuestro niño. Que aquellas palabras hirientes y ese pasar página fue solo para comenzar otra, y que el verano me llegó al fin, calentando mi alma con todos los matices posibles de la felicidad con minúscula. 

Foto ©Ana Meca


●●●

Escribí esto en el otoño de 2012 y no lo hice público para no hacer daño, curioso, a la persona que más daño me ha hecho con diferencia. Siempre recuerdo una frase en una película de Eastwood: "Nunca olvido un whisky malo, un polvo malo y un hombre malo". Pues bien, ya puedo pronunciar la frase al completo cuando quiera, porque desde el verano del 2012 sé lo que es no olvidar a un hombre malo; y lo digo sin rencor, ira, odio o cualquier otro sentimiento negativo hacia esa persona, ya que dejó de importarme para siempre un 20 de febrero de 2013.

Ayer, 19 de agosto, dí de casualidad con un poema que me recordó este pequeño relato, y me lo recordó, porque como yo, el poeta manchego Dionisio Cañas adora la higuera de la misma manera que me fascina a mí. No conocía al poeta, he llegado a él de forma casual, ya sabéis, un amigo se lo recomienda a otro y yo lo leo, así. Las casualidades, las señales, esas cosas que han de tener algún sentido porque si no, no entiendo nada.

Dionisio Cañas, un poeta desconocidísimo para mí, no sé si para el resto. 
Hasta la coincidencia del título me asombra, era una señal de que tenía que colgar esta entrada sí o sí. He aquí el poema:
         Bajo la higuera
Aquí han muerto mis abuelos,
en soledad he leído algunos libros
y en una noche de verano
también hice el amor.
Es cierto que bajo estas hojas
ásperas como los días
en que el mundo parece no tener sentido
he visto las primeras estrellas
y que a pesar del tierno terciopelo
y del oro que adornan las gargantas
prefiero el seco perfume de la higuera.
Los gatos se pasean por sus ramas
y los pájaros devoran cada año
el fruto negro que el árbol nos entrega
como un dulce y enlutado regalo
alegrándonos el paso de los días.
Alguna vez he llorado bajo esta higuera
porque he visto en su soledad la nuestra
y en las arrugas de su retorcido tronco
los tatuajes del tiempo.
En el delirio eléctrico de la borrachera
he vuelto a enamorarme en este patio
y he charlado con las hojas oscuras
mientras me vigilaba la luna de diciembre.
Aquí me ha visitado algún amigo muerto
y hemos hablado de Nueva York
y de este pueblo trapecista
que se sostiene entre un cielo cegador
y el vacio de las cuevas.
Como una fecha irreal he visto escrito
el día en que nací en esta casa
donde mis padres se amaron sin saber
que yo sería tan sólo su torpe resultado.
Cuando en Manhattan pienso en ti,
vieja hermana de manos verdes,
siento que la vida siempre ha tenido razón,
que es el hombre quien hace su destino
y acepto esta temprana derrota del amor.
                                    Dionisio Cañas 

Para seguir leyéndolo, ¿verdad?
(Gracias, Jimbo)

domingo, 17 de agosto de 2014

¡Tócame!


Fantaseo con la idea de que tus manos me rocen, me acaricien,  me estudien en profundidad con la lentitud de un experto pianista. Quiero que mi cuerpo sea las teclas de tu piano, o las partituras, esas que retiras a un lado con la suavidad del que toca una obra de arte.

Escucho el sonido mágico del deseo en mi interior, porque no puedo hacer otra cosa que desear estar en los lugares que quiero estar, en momentos en los que quiero quedarme un buen rato, como en tus brazos cálidos de  hombre que me observa, que sabe mirarme  aunque dude. Un hombre que no miente con sus gestos ni con la palabra. E imagino tu boca, que según la posición desde la que te fotografíen recuerda a la boca de Marcello (¡aahhh, Marcello! Ese Giovanni en "La Notte" de Antonioni,  tan reservado, tan elegante, tan opaco). Tu boca, muy cerca de la mía la quiero.

Un suave parpadeo, una leve sonrisa, en silencio, y el beso.

Aspiro el aire, lleno mis pulmones, y me sumerjo en el agua estancada y fría del lago. Buceo, me contorsiono, hago giros y piruetas.  No quiero salir a la superficie, ese lugar en calma me canta para que me quede. No existe el dolor ahí abajo, pero tú estiras tu brazo y me agarras fuerte.
Empapado, y teniéndome así, sujeta por la cintura contra tu pecho, me hablas en susurro rozando mi cuello.

—Quédate aquí, no te destruyas.

Y al oír su voz  mi cuerpo experimenta una reacción extraña, se convulsiona, cambia de aspecto, de forma: una larga cola en lo que antes eran mis piernas aparece bajo mi vestido, mis brazos se van tornando fina capa transparente, plana y alargada, se agrandan y se extienden como alas. Otro par más brota de mi espalda provocando la fractura de mi epidermis, duele. La blancura de mi piel se torna azul turquesa y mis alas resplandecen con todo el espectro luminoso.

Ya no puedo hablarle  aunque lo intento, escapo de su abrazo, impulsada por un grito de rabia que no puede salir de mi garganta o lo que quiera que sea que tengo ahora. Él se queda estupefacto mientras sigue con la mirada mi vuelo imperfecto y novel; y sin saber muy bien qué hacer, regresa a Berlín, desconsolado.

Durante días no se levanta de la cama, apenas come, ni ganas de fumar tiene. A ratos se mira en el espejo y observa sus ojos claros entristecidos por mi ausencia. Él no sabe que estoy muy cerca curioseando, no me resultó difícil seguirle hasta ahí, pero sí cansado. Cuando descorre la cortina lo puedo ver con mayor claridad, mi percepción visual no es humana, mis ojos compuestos perciben lo que me rodea con una resolución de 30.000 pixeles, incluso en zonas de baja luminosidad, así que no me pierdo detalle aunque me rasgue el alma la impotencia de no poder hablarle y tocarle.

Vago por la ciudad sin rumbo, sabiendo que he de dejarlo marchar, aunque de vez en cuando regreso a su ventana, el recuerdo de un beso me tiene unida a él con hilo de plata, resistente y brillante.

Y así pasan las semanas, o eso creo, no controlo el paso del tiempo como antes, vigilando su sueño, me gusta ver sus pestañas en movimiento ondulado en la quietud de su rostro, hasta puedo sentir su cosquilleo si me concentro un poco. Quisiera tocarlo, decirle que estoy aquí, pero no puedo, existe un muro invisible entre los dos.

He de asumir que lo he perdido.

Hoy ha decidido salir de casa, está preparando sus bártulos, en su maletín guarda unas partituras, lo noto mucho mejor, más animado, ¿irá a interpretar para alguien? Lo sigo por las calles de la ciudad con mi zumbido característico pero no muy cerca de él para no delatarme. La ventana de esa casa en la que ha entrado está abierta de par en par,  y lo veo ahí, sentado al piano de nuevo; me alegra pero con una tristeza inmensa: ¿me habrá olvidado?

Una taza de té humea en una mesita pequeña, una anciana dama se lo ha preparado con todo el protocolo que la vida le ha enseñado. Bebe un largo sorbo y la deja sobre el platillo. Con sus ojos cerrados ejercita, masajea, estira sus dedos, y es cuando posa las manos sobre el teclado, cuando está a punto de acariciarlo, que sé con certeza que el tiempo ha pasado, sí, pero sigue manteniendo, como solía, los mismos preliminares antes de ejecutar la partitura.
Aprovecho para colarme por los vidrios abiertos y posarme con suavidad en el mismo filo de la taza, por el lado por donde él ha bebido. Al probar ese néctar me emociono, casi me siento llorar, es el mismo té que yo solía prepararle antes de comenzar sus ensayos. Todavía me lleva con él.

Y es la alegría lo que me anima a acercarme a su mano; la belleza y suavidad de sus manos. No pretendo asustarlo— ¡tócame!—le digo con todo el deseo, y al hablarle, sorprendido me mira, ¿será verdad que me ha escuchado? Alarga su mano y me acaricia como a la tecla del piano momento antes de comenzar su interpretación. Una oleada de electricidad  recorre mi minúsculo cuerpo, cierro las miles de lentes y me dejo llevar por el sonido que surge de la coreografía de sus manos sobre el teclado

Al abrir de nuevo los ojos, me encuentro allí con él, junto al lago, desnuda entre sus fuertes brazos que no dejan de tocarme; sus lágrimas saben a té y me las bebo una a una,  le sonrío con timidez:

— ¿Qué me ha pasado?
— No me importa dónde has estado, me alegra que regreses a mí.

Exterior. Día. Plano Corto de ella mientras escuchamos su voz en off.

“Si alguna vez te has sentido sola en la ciudad, completamente sola y fragmentada por el dolor de amor que se te ha agarrado fuerte y no te suelta, entenderás que lo único que realmente me importe de esta puta realidad es no dejar de notar unas manos y unos labios en mí.

Deseo que no dejes de tocarme en mis sueños, deseo morir de placer cada vez que lo haces, vivir en tus brazos y en tus labios aunque sea en esa fantasía. Sólo eso quiero.”



martes, 12 de agosto de 2014

El niño que mutiló Marina City (II)


He cerrado la ventana al notar el poniente, mi cuerpo está ardiendo y, aun así, me siento congelado aquí, al sur del muro. ¿En qué clase de hombre me estoy convirtiendo?

Acabo de cortarme el pelo otra vez, en cuanto me crece más allá del uno resulta ingobernable. Quizás es la única muestra externa de irreverencia, de las pocas cosas que se me van de las manos si las dejo. Por eso lo corto de inmediato, para hacer ver al pelo que lo puedo manejar, que se serene un poco.

Siempre ha sido así, mi intimidad y yo contra todo lo demás: Yo en la última fila en clase, yo frente a las teclas  de un piano, yo frente a los retos, yo contra al monitor en blanco, y ahora, yo contra ella.

Pese a mi hermetismo de quita y pon, (porque me muestro sólo a quien quiero y cuando quiero) nunca he estado solo. Hay muchas vidas en mí; algunas luchan por salir a respirar aire puro, pero la salida resulta efímera, pues no les doy cancha. No sé si considerarme emotivo, creo que ese sentimiento lo tengo secuestrado desde hace largo tiempo. En mis arrebatos, las palabras surgen duras y frías como el acero y para cuando quiero controlar eso, ya han escapado crudas por mi boca, sobre todo por el teclado, y una vez cometido el error es jodido perdonarme. Pero no me importa, tengo el control.

No me permito miles de cosas, no las merezco, o, al menos, eso creo. Sin embargo, ella opina todo lo contrario. Lo supe cuando me miré en sus ojos aquél día luminoso. Todo el Pantone concentrado en su mirada. Estaba guapa y se lo dije. También me atreví a decirle que aunque no lo creyera la había echado de menos. Y ella no me creyó, pero lo dijo sonriendo. Nos besamos mucho esa tarde, y yo hablé más de la cuenta. Todo un memorando de intenciones, cuánta osadía aquel día, no sé que me pasó, ese no era yo, creo.

Pese a mis silencios y a mis cambios de actitud, ella sigue intentándome, le gusto de verdad, y me busca, me prueba, testea. ¿Por qué cree en mí? ¿Por qué se ha fijado en mí?

Todos sus intentos de acercarse los corto de raíz.  Me mantengo intocable, férreo  cual edificio poderoso. No me inmuto y le saco la lengua. Es difícil llegar a mí, lo sé, y sé que daño con mis formas, y aun así, me divierte. De esa forma pago su fe… y así me voy a quedar una vez más, sin ver sus piernas en verano ni sus hombros desnudos invitándome a tocarla…

Sé que es una mujer Serie A, sólo pide que la conozca. Pero hay algo en mí que impide esa posibilidad, me aterra. Me gusta dormir solo, notar las partes frías de la cama al estirarme.
Cuando nos besamos todas las dudas se esconden, pero en el momento que me pongo a pensar, salta el chip de alarma, y la realidad de ese miedo, de esa inseguridad que siento desde la adolescencia que no me deja vivir con normalidad, lo sé, pero no estoy preparado, todavía no puedo enfrentarme a alguien como ella.

Ella se mantiene ahí, en silencio, esperando cualquier movimiento mío. La intimido, lo noto. Sufre, y lo peor es que me doy cuenta. Pero, ¿sabes qué?, odio las sorpresas, y eso que se las trabaja, he de admitirlo. Otros babearían con cualquiera de las muestras que me ha regalado a mí,  les haría claudicar de inmediato su puro neo-romanticismo, caerían rendidos ante esa sonrisa que no ha perdido jamás frente a mí, y aquella carta, ¡ay!, aquella carta de amor puro, brutal, fue lo más maravilloso que me han escrito nunca, lo puedo asegurar. Pero a mí me resbalan sus intentos, las cosas han de ser como me gustan a mí, de esa manera, y no de otra, lo quiero todo atado y preguntado, ni un mínimo margen a la espontaneidad. La naturalidad para los otros, ese no es mi campo.

Seguro que le encantaría verme perdiendo el control, seguro que sueña con ello mientras me piensa, o cuando intenta descifrarme. 
Me abruma su tenacidad, pero sólo por un rato, pues enseguida se me pasa y me mantengo callado y ausente varios días, semanas, meses y ella, paralizada, sin saber qué hacer o decir para no despertar mí enfado.

Y va dibujando corazones de tiza por ahí; jamás sabrá que encontré su letra en una pared. Su nombre junto al mío.

Cree no conocerme, y por eso duda que pueda encontrarme. Pero lo intenta, la muy jodida lo intenta, no le falta valor, las cosas como son. Me conoce más de lo que imagina por eso la aparto de mí. Nunca le daré lo que me pide con sus actos.
Esa niña sigue su instinto, demuestra valentía. ¡Ojalá yo pudiera hacer lo…!
Cualquier día le muerdo para ver cómo reacciona. Como aquélla madrugada que me lo pidió y me reí abiertamente. Me gustaba.  
¡Quién sabe! Quizá llegue el día que hasta yo me sorprenda.

¿Pero qué tonterías digo? Nunca llegará, no me apetece en absoluto que ella sepa de mí.
Así que después de su última ocurrencia, bonita por otro lado, aprovecho y la echo para siempre de mi contexto. Sin las respuestas que ansía, ella no es nadie para pedirme que reaccione, nunca la quise involucrar con mi gente, después de esta insubordinación, menos aún. Siempre actúa por libre y así no se hacen las cosas. Si lo que busca es cavar profundo yo no soy su pala, que le quede claro.

Un par de clicks, unas palabras y un punto.
Adiós para siempre, pequeña.

Desaparecido me siento muy cómodo. Por estas cosas nunca sufro, ya lo hacen ellas por mí. Otra chica que alejo del camino. Pero estoy acostumbrado a gustar, siempre habrá otras.

Sí, soy un cobarde, podría haber sido como estar en el cielo, porque si me doy permiso para pensar en ella, me doy cuenta que me gusta,… pero bueno, un par de horas y se me olvida,…

O no.


martes, 31 de diciembre de 2013

Sólo por diversión...

...este año me he animado a participar en concursos de microrrelatos, unos en cadena y otros no.
He aquí una muestra del desvarío de mañanas de sábado, o tardes rayando el fin del plazo de entrega.
Nunca me han llamado, pero me he divertido mucho y de ello han sido partícipes Jean Boucicaut y Andrea Fernández Maneiro. Esos momentos no se pagan con nada, con nada.

Habían atravesado la capa de nubes y un sol radiante bañaba todo el interior del avión.    Ahora sí – se dijo - Abrió el bolso y retocó su maquillaje; por si se encontraba al rubio de "Perdidos".        
            
Su conciencia no podría soportarlo, así que le mentí, le dije que todo había salido según sus cálculos.
¡Valiente imbécil! Llamarme amiguito del alma y luego negarme en público.
Cuando se dé cuenta que el teléfono está inoperativo y no puede contactar con el resto del equipo sufrirá lo que no está escrito.
En un par de horas mi cadáver será encontrado y todo apuntará a él como único responsable. Será portada en todos los diarios, como siempre quiso. Su ego lo merece.

Quizás mañana no sea demasiado  tarde para darte todos los besos que me he guardado. Quizás no sea  tarde para calmar tu deseo irrefrenable  bajo la higuera mágica que te protege, esa a la que he negado admirar mil veces. Quizás mañana te llame con todos tus nombres  y me respondas con la sonrisa que siempre tienes preparada para mí. Deseo tu océano arrebatado, pues  la tranquilidad del riachuelo no la quiero ya.  Hoy he sabido que andaba perdido. Hoy, te quiero alcanzar.

Y nunca le recordaba lo que no se debía contar, así que en cuanto dio media vuelta, a él se le fue todo por la boca, incluso aquello que desconocía.
Siempre había sido así  hasta que el humo azul oscuro  cubría la estancia por completo  y lo adormecía. Entonces comenzaban sus recuerdos, justo al notar el frío metálico de las esposas en sus muñecas, en el mismo instante en que surgía de la bruma una silueta femenina agitando en círculos un tanga de caramelos.
Esta vez no los iba a dejar caducar.
                                                                                             
Mientras su padre cerraba la tapa del contenedor supe que lo engañaba.
Ese andar pausado, su gesto preciso, y  esa sonrisa burlona que dirigió desde la esquina…
-¡Menudo hijo de puta! ¡Lo ha matado!

La mujer que iba en el coche a mi lado, la mujer que amo, dormía profundamente tras horas de viaje. Me fue fácil convencerla para que se tomara la medicación, le dije que la llevaba a observar las auroras boreales y ella me creyó. Confío en que, al menos desde su cuarto, pueda verse el cielo reflejado en el lago, porque si no…

A mí manera
La mesa de la cocina ofrecía un panorama caótico de botes, bolsas, latas y demás.  Había apagado ya la calefacción central así que empezaba a notar el frío en su cuerpo. El piso estaba orientado al norte, y ella lo compró en verano, qué podía hacer.
Revisó uno a uno cada elemento de la lista mientras lo introducía perfectamente ordenado en la maleta de ruedas, la grande.
Eran las nueve de la mañana del 21 de diciembre cuando salía por la puerta de su edificio, y el taxi la recogía para llevarla a la Estación Central.
Era noche cerrada cuando llegaba a la aldea y aspiraba profundo el límpido aire helado. No se escuchaba más que el rumor del viento, las pocas luces titilaban diseminadas por el paisaje. Como hacía poco que había comenzado a nevar le fue fácil encontrar el camino que, serpenteante y angosto, llevaba a la cabaña.
La llave en la puerta, como indicó al guarda. El fuego del hogar  encendido, su pila de libros esperando ser devorados con el crujir de la leña como hilo musical de fondo.
Este año no dijo nada a nadie: hibernaría hasta enero, sola. 
Lo tenía merecido­— sonrió satisfecha.


sábado, 21 de diciembre de 2013

Tu foto


El fondo totalmente desenfocado aunque puedo distinguir gente, tu rostro nítido en un primer plano muy cerrado hace que me sienta tan cerca que casi puedo acariciarlo con mis manos.
En esa foto tienes un perfil magnífico. Tu oreja derecha se dibuja perfecta, como tu nariz. Tu boca entre abierta como si estuvieras a punto de decir algo, muestra ese labio inferior suave que me fascina, pequeñas arruguitas de expresión se han formado alrededor de tus ojos, esos que se advierten claros bajo tus cejas; unos ojos que tienes fijos en alguien. No sé qué haces pero se te nota relajado y atento. Es probable que te encuentres sentado en cualquier terraza tomando algo con tu gente.

Pero lo que más me gusta de la imagen en sí es imaginar que la hice yo en esa vida en la que no sabíamos nada el uno del otro.

Imagino que un día me siento en la mesa de una cafetería del centro. Es otoño, estoy sola tomando un rooibos con especias mientras leo un libro, pero hay algo que me impide avanzar en la página en la que me hallo atascada; leo la misma frase una y otra vez sin encontrarle sentido. Tardo poco en averiguar que es el sonido de una risa lo que, entre tantos sonidos a esa hora de la tarde, me distrae, y miro hacia el lugar desde donde proviene, y entonces, te veo. Me gustas al instante. Te observo a escondidas parapetada tras la taza que sorbo despacio, miro cómo gesticulas al hablar, al reír, tu aspecto impecable me atrae: el pelo muy corto enmarca tus facciones, tus manos me encantan cuando asoman entre los cuerpos que nos separan al agarrar la Alhambra y dar un trago. La boca de la botella se posa en tus labios,— dichosa ella— pienso. 

Con movimientos muy lentos para no hacer ruido como si fuese a fotografiar un animal salvaje en mitad de la selva, saco mi cámara compacta y espero el mejor momento, ese en el que la gente que hay entre nosotros se aparta un poco, y disparo. Aparentemente, la toma es buena. Guardo la cámara en el bolso y termino mi infusión con el libro que ya no leo abierto de par en par. Me he quedado tan fascinada con tu imagen que ya no disimulo mirarte, y se abre un paréntesis de ensoñación donde no se escucha nada ni a nadie, sólo soy yo mirando tu cara y tú sin saber que existo. La ilusión desaparece en cuanto os movéis para marcharos, y tú,  todavía sentado, me miras. Es un instante, y hago como que estaba en otra cosa, pero me has pillado lo sé, lo sabes. Recojo todo con premura y me marcho de allí con una sensación de pérdida que se apodera de mí mientras me adentro por las callejuelas del barrio. Pero la vida ofrece todo eso: encuentros fugaces, otros más duraderos, miradas, palabras, besos. ¡Ay, esos labios…!

—¿No es interesante el libro?—escucho de una voz a mi espalda.
Me giro y te veo ahí.
—Te lo has dejado olvidado.
—Sí que lo es,... interesante digo, es solo que…

Al acercarte, percibo un aroma de agua fresca y ardiente, de esas que aseguran una permanencia irreprochable, y enmudezco. Hago todo lo posible por rozar mi mano con la tuya al recuperar el libro, me miras directo a los ojos, con el mentón ligeramente pegado al pecho, una de esas miradas Kubrick tan intensa. Creo que me va a dar algo, ya no hay espacio entre los dos. Para cuando me doy cuenta que te toco nos estamos besando…lo noto, yo ya he cerrado mis ojos y me dejo llevar. Otra vez se crea un vacío de silencio y tiempo, roto sólo por el ímpetu de nuestros labios al juntarse. No existe nadie más que tú y yo, no importa nada fuera de esa burbuja, no sé cuál es tu nombre ni tú conoces el mío…

●●●

Pero no, por mucho que mi imaginación vuele, la foto no te la hice yo a escondidas, tan solo la observo durante mucho tiempo ahí, como fondo de escritorio, y sigues pareciéndome tan cercano que la sensación de tocarte perdura incluso horas después de haber apagado el portátil.


jueves, 5 de septiembre de 2013

La niña flaca


Siempre fue una niña flaca con pelo rubio y ojos azules (con matices verdes si el día salía nublado).
Siempre fue una niña flaca que viendo cine en blanco y negro soñaba ser seducida por una mente, enamorarse de unas manos, de un corazón apasionado.  Encontrar todo eso en una misma persona, en un niño que deseara tocar y amar a una niña flaca como ella.

Pasaban los años, y en su camino de vida se cruzó con niños que tenían una cosa u otra, pero  jamás unas manos que la enamoraron. Fue feliz a ratos, algunos mucho, incluso unos muchísimo, como todo ser humano.

La niña flaca de pelo rubio sufría de empatía con el dolor ajeno. Cuando era feliz siempre recordaba el sufrimiento de otros pero sin dejar de disfrutar al máximo aquellos momentos plenos de alegría que se le presentaban. Y mientras tanto, jamás perdió la esperanza de encontrar a un niño dispuesto a tocarla con sus manos, y que esas manos fueran las manos de las que la niña flaca y rubia se pudiera enamorar.

La niña flaca dejó de ser rubia para convertirse en niña flaca con pelo rojo y aroma de higuera. La niña flaca creyó, amó. A la niña flaca con olor a higuera y un piercing en la nariz, un camuflado fantasma le hizo la zancadilla un invierno de los tres que vivió sin descanso; y la niña de pelo rojo e inocencia intacta cayó al suelo. La niña flaca con un piercing en la nariz y aroma de higuera se levantó y sacudió el polvo de su falda dispuesta a mirar al frente una vez más.

Un domingo inesperado de una bruma aburrida, la niña flaca que antes fue rubia y ahora ya no, se encontró un flechazo de un oro radiante lanzado por un niño guapo desde un país lejano de musgo y lava.

Otro día, la niña flaca, atraída por unas palabras escritas en un monitor por ese niño de ojos azules, miró con curiosidad sus fotos, observó el rostro del niño, su perfil perfecto, su labio inferior, y observó sus manos,… ¡Por fin las encontró!, y fue muy curioso porque en ese momento la niña flaca con el pelo rojo y algunos miedos no buscaba nada, pero ahí estaban esas manos. Repasó una por una todas aquellas imágenes del niño con manos creativas, manos perfectas por las que dejarse tocar. Quiso cerciorarse a toda costa que no era una ilusión presa del deseo que albergaba en su corazón desde hacía mil años, porque fue verlas, que junto a las palabras del niño de ojos azules,  surgió el amor entre las manos y la niña flaca de pelo rojo con olor a higuera y algún miedo.

El niño de ojos azules y manos hechas para acariciar mandaba canciones,  hablaba a la niña flaca  mostrando ser un gran contador de historias; y a la niña flaca de pelo rojo le fascinó su entrega y la pasión que aquel niño ponía en las cosas que le contaba (“estas cosas solo me gustan, para lo demás lo doy todo”—decía él).
…Y, he aquí, que la segunda parte del sueño de la niña flaca de ojos azules con matices verdes se cumplió: la mente del niño de ojos azules y manos hechas para acariciar sedujo totalmente a la niña flaca que olía a higuera. Todo esto ocurrió sin que ninguno de los dos se hubiera mirado a los ojos una sola vez (y eso que ella lo deseaba profundamente desde que vio sus manos y él dirigió un flexo a su rostro para responder un cuestionario tipo).
Así  ocurrió que un día se miraron, se hablaron, se escucharon,… Y otra noche se miraron más, rieron juntos y se besaron bajo el destello de unas luces verde boreal que brillaban en la oscuridad. Todo eso estremeció a la niña de pelo rojo con olor a higuera que besaba con los ojos cerrados, porque esa noche la niña flaca con miedos y aroma de higuera voló.