jueves, 30 de agosto de 2018

No hay manera


He soñado que me hacía llamar Georgecomo George Sand, puntualizo a todo aquel que pone un gesto de duda en su rostro. He adoptado ese alias sin reconocerme en él.

Estoy embarazada y me dirijo a lo que parece el final del pueblo, muy cerca de la plaza donde está la Casa Consistorial. Han construido un campo de rugby entre las huertas, en este momento preñadas de frutas y verduras que el miércoles, día de mercado, pondrán a la venta en la población. Entro en el recinto y me recibe un inmenso grupo de personas que no conozco con un ritual Haka, una coreografía de voces y movimientos que me deja en el centro de todas las miradas que celebran mi estado.

Me siento ligera pese a lo abultada de mi tripa, y muy feliz. Felicidad que cesa cuando aparece en escena un amigo de la infancia, sobón, sin carnes y de mirada batracia que me empalaga con su actitud y sus palabras que no creo. Cuando logro zafarme de él, ando sobre mis pasos hasta una calle reconocida del pueblo por la que he pasado antes y llego al lugar en el que estaba haciendo manualidades, esas cosas que me reconfortan y me mantienen en calma.

En aquel rincón, que se parece bastante a un paseo de playa, están todos mis bártulos. Los recojo con parsimonia y orden. Siento la brisa marina y doy una bocanada larga de ese aire salado. A un lado veo un montón de piedras color grafito, planas y  muy delgadas que también me echo al bolso, siendo consciente de que no me pertenecen. Hay un telar donde otra persona está realizando una especie de cinturón con esas mismas piedras. Son muchas, pienso, no echará en falta un buen puñado.

Tengo sed. Agarro una botella de agua sin empezar que tampoco es mía y doy un gran trago. La etiqueta tiene un diseño en negro que me resulta maravilloso, algo fuera de lo común para tratarse de agua mineral. Escucho la voz de mi madre, que ronda por el paseo, diciéndome sin acritud: no es tuya. Lo sé, estoy robando y no me preocupa. He robado mucho en sueños, me digo dentro del sueño, sobre todo libros, y en una ocasión, en la que me quedé encerrada en una perfumería modernista, hice acopio de polvos para el rostro con aroma amaderado, y de alguna cosa más que elegí con pulcritud y sentido común, pero me dieron las tantas, llegó la hora de apertura y no pude quedarme con nada. ¿No se puede ser tan selectiva, es eso lo que el sueño intentó decirme?

Los sucesos van y vienen, pero el sueño no llega. Me pregunto si lo recuperaré algún día. Quiero volver a tener todos estos sueños tan reales y un poco locos, que, como dijo un amigo, harían cambiar de oficio al mismísimo Freud. Alguna vez recurro a la química y el rato que quedo en pos de Morfeo no recuerdo lo soñado, se desvirtúa, se desvanece mientras éste avanza. Y me despierto bañada en sudor, con mis axilas desprendiendo un aroma curioso a marihuana. Me pongo a leer, a pensar en mis cosas, a escuchar podcast de cine, de historia. Al final, opto por hacer tandas de respiración contando los segundos o me masturbo. Me duermo a las dos de la madrugada y a las tres menos cuarto abro los ojos otra vez, luego a las cuatro y cuarto, me dan las cinco y las seis. El calor es inaguantable, intento no mover un músculo para no entrar en más calda de la existente en el ambiente. A veces me meto en la ducha, lo siento por los vecinos si escuchan el correr del agua fría a esas horas que rompen el silencio de sus noches, la necesito.

Pienso en el calvo que hice una noche desde la habitación compartida de un Hostel en Dublín. Esa noche la recuerdo como una en las que más he reído en mi vida. Enseñé la parte de mi cuerpo donde la espalda pierde su bello nombre a un montón de gente que viajaba en el tren de las 22.45 h. Las vías se encuentran a la altura del segundo piso, creo recordar, y a unos pocos metros de distancia del edificio. Hay prueba gráfica de ello, sin mi rostro y tomada de perfil, pero no la voy a mostrar, podéis creerme o no.

Hace 25 años, una noche de risas, pijamas y golosinas en Dublin 
Foto©Pablo_año1994

Todavía quedan lugares salvajes en el pueblo escondidos tras la maleza y la dejadez. Lugares en los que antes brillaba el verdor de los campos, donde cometí mi primer robo real (un puñado de habas que pensaba dar a mi madre, y que tuve que dejar sobre la tierra húmeda al escuchar la voz gritona del agricultor que me pilló infraganti). Son las cinco y cuarto y casi puedo oler las matas al pasar corriendo entre los caballones, y las de los tomates al rozarlas con las piernas o las manos. Un aroma algo picante que me encanta. Malas hierbas y cañas junto a las antiguas acequias que dejan sin visibilidad y caos, mucho caos y sequedad, eso es lo que queda.

También pienso que si el amor romántico se asemeja al aroma del perfume de Cacharel que repite la palabra Amor, entiendo que uno de mis mejores amigos insista en que debemos desterrar lo antes posible esa idea que del mismo se nos ha inculcado desde los principios, porque ese aroma tan cargante me turba hasta la náusea.

En las “madrugás” de estos últimos meses, las llamo así por la pasión con la que las vivo, a veces se me ocurren unas ideas formidables sobre las que escribir, dibujo en el aire frases perfectas, las palabras vienen con una facilidad que me sorprende hasta a mí que estoy a medio gas. Mas como no las anoto se esfuman, las pierdo para siempre. Es absurdo contar lo buenas que eran porque no están reflejadas en ningún sitio. Es mi verdad contra vuestra fe. 

Quiero dormir, descansar, soñar, pero no hay manera.




lunes, 20 de agosto de 2018

Verano II


He vuelto al pueblo. La quietud rural que se respira entre los muros de piedra de las casas no es comparable a nada, excepto a la tranquilidad que imagino en una villa romana cuando elijo época para vivir temporalmente. Una casa que en verano disfruta del aroma de las higueras que se alzan junto al muro en el peristilo y del brillo precioso del agua en el impluvium del atrio que regula la temperatura de la vivienda. 

Las habitaciones frescas combinan a la perfección con el calor sofocante de fuera y el sonido intenso y sin descanso de las cigarras. Es verano y he vuelto al pueblo. El sueño me ha permitido viajar en el tiempo una vez más, y agradezco regresar siendo adolescente, la única etapa de mi vida en la que he creído con absoluto egoísmo que tenía el mundo a mis pies. El único capítulo del libro en el que, a pesar de las preocupaciones propias de la edad y otras cosas ajenas, he sido más libre y, en cierta manera, más feliz.

Mi cuerpo y mis sensaciones son de adolescente, sí, pero mi cabeza tiene mi edad actual.

Ese mediodía, en la casa, hay cierto revuelo de zafarrancho de limpieza. Mucha gente yendo de una habitación a otra preparando la casa para el veraneo. Mi padre viene por la calle con una abogada con la intención de dejar sus asuntos legales bien atados. Por sus comentarios no parece fiarse demasiado de ella. No reconozco a mis padres reales en ellos, son otros que interpretan ese papel, sólo sé que esa muchacha soy yo y no otra que finge serlo.

Me apetece salir de la casa donde nadie parece darse cuenta de mi existencia, pero prefiero esperar a la hora de la siesta que todos acatan como si de un acto religioso se tratara. Me apetece mucho verte y pienso en enviarte un whatsapp antes de que todos despierten para merendar y seguir con el plan establecido, esas normas no escritas de los veranos en el pueblo.
Salgo a la puerta de la calle donde todavía da la sombra y comienzo a buscarte entre mis contactos en el móvil que no es tal sino un bloc de notas de papel atestado de documentos donde no encuentro nada. El sol me deslumbra, ¡maldita sea!, sólo me sé un número de teléfono: 1501875.

Los amigos de la pandilla comienzan a salir de sus casas y se van acercando a la plaza, lugar de encuentro cada tarde. Me escondo tras la puerta para no ser vista, no quiero que el tiempo avance, quiero que la siesta dure una eternidad para estar contigo; si te encuentro, claro.
Se hace tarde, el tiempo pasa y no logro dar con tu número de teléfono. Mi idea era preguntarte qué estás haciendo y proponer que nos veamos a solas. Hablar y hablar como recuerdo hacer en esos tiempos, y reírme de tus ocurrencias y las mías hasta que duelen los abdominales.

Deslizo mi dedo sobre ese inexistente teléfono móvil, notando el tacto del papel, y ocurre que tú me envías un montón de mensajes que por la pérdida de conexión, que en el pueblo no es del todo fluida, me llegan tarde. Me haces un spam de fotografías tuyas por diferentes lugares del pueblo, me invitas a jugar, a que te busque y te encuentre. Llevas una bata fina abierta sobre el bañador y unas chanclas en los pies morenos. Te reconozco en todas ellas: tu silueta espigada, tu pelo cayendo sobre el rostro, y cuando te veo junto a la fuente de la calle Alta, decido correr allí con la esperanza de que todavía no te hayas marchado.

Te deseo en ese instante como adulta, igual que el día que te descubrí por azar tocando la guitarra eléctrica sobre un escenario junto al mar, pero actúo como una adolescente cuando te veo y me miras directamente a los ojos: me ruborizo. Siempre me pasa lo mismo, cuando me gusta alguien una barbaridad, me intimida. Eso no ha cambiado.

Ha pasado mucho tiempo y estás igual, solo que tu mirada ya no es triste como en esta realidad nuestra. En el sueño tus ojos tienen una viveza por estrenar y me encanta.
Tengo tanto que contarte, y lo quiero hacer ahí, junto a la fuente del caño y aquí, a este otro lado, donde hace mucho tiempo dejamos aquellos días de verano que se eternizan bajo el calor y las calles vacías; cuando lo único que hacíamos era jugar, pasar el tiempo fuera de casa a la que regresábamos obligados para comer  sin rechistar lo que había en la mesa y para fingir que dormíamos la siesta. La siesta, ese momento de parálisis generalizada donde no existían los miedos, sólo los descubrimientos y los principios.

Foto ©AnaMeca2011