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jueves, 9 de enero de 2020

Debería estar estudiando (qué gerundio más aburrido)


Sólo los sueños consiguen devolverme el pasado de una forma clara y sentida. Ese pasado que me gusta y sé bien que nunca volverá.


Me hallo en una casa que se parece muchísimo a un centro comercial del mueble, estoy con primos del pueblo con los que he jugado mucho durante los veranos. El centro comercial aparece ante mí mientras lo ando como esas veredas y caminos rurales de mi infancia, cuyas casas son ahora habitaciones perfectamente decoradas.

Abro la puerta principal en una angosta y oscura entrada y la luz entra a borbotones. Tras el deslumbre veo al hombre con la sonrisa que me enamoró que desde el quicio y estirando su mano izquierda acaricia mi cara y me atrae hacia él para besarme mucho. Noto el calor de su piel, su aroma. ¡Cuánto tiempo!

Apoyados contra la pared perdemos la noción del tiempo entre los buenos besos y las caricias que regresan con la misma intensidad de los tiempos antiguos, los reales, cuando vibramos al mismo son. Así fue hace mucho.

Alguien me llama desde la lejanía. Pasa y acomódate que en un momento estoy contigo. Pero nuestras manos juntas se resisten a separarse y alargamos el contacto lo máximo posible mientras dirijo mis pasos hacia el otro lado de la casa.

Las estancias son muy grandes, inmensas; se parecen más a las salas comunes de los albergues juveniles con altos techos. Mucho trasiego de gente que no conozco.
Veo mi muñeca Nancy, que curiosamente se encuentra en perfecto estado, cuando lleva años con el muelle interno roto y un ojo a la virulé, en manos de mis hermanos Fran y Bernar. El resto de gente y yo tenemos la edad actual, ellos tienen seis o siete años, no más.

Como tan bien sabían hacer de críos con todos los juguetes que pasaban por sus manos, comienzan a destrozarla, deslizando un rotulador permanente y grueso por la suave y plástica piel de la muñeca. Círculos azules alrededor de sus ojos, líneas sin sentido por las mejillas

Enfurecida les ordeno limpiarla inmediatamente con alcohol antes de que sea demasiado tarde. El ojo de la Nancy vuelve a estar cerrado, inmóvil, pero el amigo que me apaña las cosas informáticas, y que no sé bien qué hace allí, posa su mano sobre la carita inerte y, como si fuese un chamán, lo coloca en su sitio. Respiro algo más tranquila.

Mientras sigo pidiendo que limpien la muñeca me percato que voy en bragas y con una minúscula camiseta de tirantes que deja ver mi vientre plano (¿?). Siento un poco de pudor y me imagino que eso no le hará gracia al hombre que todavía amo, pese a conocerme bien y saber que en verano ando así por mi casa. Pero bueno, hay mucha gente alrededor que ni conozco y tampoco es plan. Rebusco en uno de los cuartos entre montones de  ropa masculina una camiseta amplia. Elijo una de camuflaje. Ésta me tapará bien.

Él entra en el salón y se me acerca sonriendo. Nos vamos a besar otra vez, lo sé, pero me despierto con el zumbido de ascensor que hace temblar casi todo mi piso antes de que suceda.

•••

Ha sido bonito ver a mis hermanos otra vez pequeños y rubios, sobre todo, ver vivo a mi pequeño Buru, mi Bernardinico, vistiendo esas camisetas blancas sin mangas que solían llevar durante todo el verano cuando yo no les hacía demasiado caso, la verdad. Ha sido chulo aunque me volvieran a destrozar la muñeca, la única que deseé tener. Ahora no pasaría los filtros por los estrictos cánones de belleza con esos muslos y brazos rollizos. A mí me sigue pareciendo la mejor muñeca del mundo.
Lo mismo algún día llega alguien que me la acaba arreglando. Ese gerundio sí me gusta.




lunes, 20 de agosto de 2018

Verano II


He vuelto al pueblo. La quietud rural que se respira entre los muros de piedra de las casas no es comparable a nada, excepto a la tranquilidad que imagino en una villa romana cuando elijo época para vivir temporalmente. Una casa que en verano disfruta del aroma de las higueras que se alzan junto al muro en el peristilo y del brillo precioso del agua en el impluvium del atrio que regula la temperatura de la vivienda. 

Las habitaciones frescas combinan a la perfección con el calor sofocante de fuera y el sonido intenso y sin descanso de las cigarras. Es verano y he vuelto al pueblo. El sueño me ha permitido viajar en el tiempo una vez más, y agradezco regresar siendo adolescente, la única etapa de mi vida en la que he creído con absoluto egoísmo que tenía el mundo a mis pies. El único capítulo del libro en el que, a pesar de las preocupaciones propias de la edad y otras cosas ajenas, he sido más libre y, en cierta manera, más feliz.

Mi cuerpo y mis sensaciones son de adolescente, sí, pero mi cabeza tiene mi edad actual.

Ese mediodía, en la casa, hay cierto revuelo de zafarrancho de limpieza. Mucha gente yendo de una habitación a otra preparando la casa para el veraneo. Mi padre viene por la calle con una abogada con la intención de dejar sus asuntos legales bien atados. Por sus comentarios no parece fiarse demasiado de ella. No reconozco a mis padres reales en ellos, son otros que interpretan ese papel, sólo sé que esa muchacha soy yo y no otra que finge serlo.

Me apetece salir de la casa donde nadie parece darse cuenta de mi existencia, pero prefiero esperar a la hora de la siesta que todos acatan como si de un acto religioso se tratara. Me apetece mucho verte y pienso en enviarte un whatsapp antes de que todos despierten para merendar y seguir con el plan establecido, esas normas no escritas de los veranos en el pueblo.
Salgo a la puerta de la calle donde todavía da la sombra y comienzo a buscarte entre mis contactos en el móvil que no es tal sino un bloc de notas de papel atestado de documentos donde no encuentro nada. El sol me deslumbra, ¡maldita sea!, sólo me sé un número de teléfono: 1501875.

Los amigos de la pandilla comienzan a salir de sus casas y se van acercando a la plaza, lugar de encuentro cada tarde. Me escondo tras la puerta para no ser vista, no quiero que el tiempo avance, quiero que la siesta dure una eternidad para estar contigo; si te encuentro, claro.
Se hace tarde, el tiempo pasa y no logro dar con tu número de teléfono. Mi idea era preguntarte qué estás haciendo y proponer que nos veamos a solas. Hablar y hablar como recuerdo hacer en esos tiempos, y reírme de tus ocurrencias y las mías hasta que duelen los abdominales.

Deslizo mi dedo sobre ese inexistente teléfono móvil, notando el tacto del papel, y ocurre que tú me envías un montón de mensajes que por la pérdida de conexión, que en el pueblo no es del todo fluida, me llegan tarde. Me haces un spam de fotografías tuyas por diferentes lugares del pueblo, me invitas a jugar, a que te busque y te encuentre. Llevas una bata fina abierta sobre el bañador y unas chanclas en los pies morenos. Te reconozco en todas ellas: tu silueta espigada, tu pelo cayendo sobre el rostro, y cuando te veo junto a la fuente de la calle Alta, decido correr allí con la esperanza de que todavía no te hayas marchado.

Te deseo en ese instante como adulta, igual que el día que te descubrí por azar tocando la guitarra eléctrica sobre un escenario junto al mar, pero actúo como una adolescente cuando te veo y me miras directamente a los ojos: me ruborizo. Siempre me pasa lo mismo, cuando me gusta alguien una barbaridad, me intimida. Eso no ha cambiado.

Ha pasado mucho tiempo y estás igual, solo que tu mirada ya no es triste como en esta realidad nuestra. En el sueño tus ojos tienen una viveza por estrenar y me encanta.
Tengo tanto que contarte, y lo quiero hacer ahí, junto a la fuente del caño y aquí, a este otro lado, donde hace mucho tiempo dejamos aquellos días de verano que se eternizan bajo el calor y las calles vacías; cuando lo único que hacíamos era jugar, pasar el tiempo fuera de casa a la que regresábamos obligados para comer  sin rechistar lo que había en la mesa y para fingir que dormíamos la siesta. La siesta, ese momento de parálisis generalizada donde no existían los miedos, sólo los descubrimientos y los principios.

Foto ©AnaMeca2011


martes, 7 de marzo de 2017

Los sentidos. Tacto


Me rozas y toda la maquinaria eléctrica de mi cuerpo transforma la suave caricia en un incendio masivo por sobrecarga. Me tocas, y mi deseo no tiene vuelta atrás.

Fines de semana completos donde tocarnos y mirarnos, donde reír y conocernos, y luego pretendes que para mí no signifique nada. Pero llegado ese punto de complicidad a mí no me digas que no sienta nada, porque me resulta imposible.

Me rozas con tu pelo corto, tocas con tus labios mi cuello, y ese tacto suave me deja anclada a merced de tus idas y venidas, te asumo como tiburón de arrecife que de vez en cuando se deja caer por la costa.



Y esta mañana, en la que tu hijo y yo estamos con los últimos coletazos de la gripe que nos has pasado, te despides con un largo beso teniéndome cogida la cara con tus manos, esas manos que me electrizan y cuyo tacto me estremece. Con la misma dulzura que me regalas en la intimidad, apartas un mechón de mi pelo para que nada se interponga entre tu boca y la mía.

Hoy vengo a comer a casa.

Pensaba hacer pasta, te digo. Y la versión pequeña de ti, lo celebra levantando los brazos y con un ataque de tos cuando intenta gritar ¡¡¡bieeennnn!!!

Amo a tu pequeño, ¿lo sabes? Anoche le prometí que hoy decoraríamos con sus propios dibujos la caja que compré en el mercadillo. Estaba tan emocionado cuando le propuse guardar ahí todas sus miniaturas de monstruos y superhéroes,…así seguro que no se me pierden. Cómo no derretirme cuando lo veo contento.

He retirado las cosas del desayuno de la mesa y he esparcido todo lo necesario. Desorden en campaña.

Desde la puerta nos miras sonriendo, sé que si fuera por ti no te ibas, y nos dejas entre cola, paracetamol y lápices de colores.

Miro sus dedos, semblanza de los tuyos pero de talla menor, cómo agarran las tijeras de punta redondeada, recortando entre la delicadeza y la brusquedad infantil. Me roza su mano al darme el extraterrestre recortado y me pregunta si ha mejorado. Me lo como a besos.

Mientras lo miro acaricio la madera de la caja, resulta cálida al tacto. Esta mañana, todo me parece fácil, sencillo. Disfruto los instantes cotidianos con él, aunque estemos hechos polvo tras varios días enfermos. Noto que le gusta estar conmigo, que le divierten las manualidades que le preparo y se lo toma muy en serio, y además, le encantan mis cuentos inventados. Me lo ha dicho.

Verlo crecer es el regalo más grande que podías hacerme, porque te amo y  tú estás en él, te veo en muchos de sus gestos, en la forma de sus ojos. Hay hombres que merecen perpetuarse en el tiempo, tú eres uno de ellos.

Miro mis manos para volver a recordar la textura de tu piel que he acariciado esta mañana antes de que sonara tu despertador. Tus huellas dactilares son tatuajes latentes en mi cuerpo, por eso no me he frotado bajo la ducha, para que mi piel recuerde quién la acaricia, la muerde, la besa, hasta que vuelvas.


El tacto tiene memoria, mis otros sentidos también.



sábado, 22 de octubre de 2016

Huidas, espionaje, barro y besos en Cicely, Alaska


Tras una odisea por ciudades, embarcaderos donde tata Pina sigue comprando labiales, y tiendas de jabones naturales con aromas increíbles, soy consciente que el Estado me persigue para detenerme.

Huyo, me mezclo entre la gente, recibo llamadas de ex-ministros que no atiendo por consejo de mi fiel amiga Cristina Rodríguez. Le escribo en un papel el número de teléfono de mi madre por si me quedo sin batería y/o me ocurre algo. Mas me doy cuenta que no tengo dónde ir, que he de hacer frente a la que se ha montado, y decidida me presento ante un acuartelamiento de campo cercano. Cristina no puede acceder conmigo y entro armada sólo con la palabra.

Tras los muros todo es barro y en el centro un invernadero ocupado por soldados. Pido ver a Rubalcaba, que al parecer dirige el cotarro en Seguridad Nacional y Espionaje. Me dicen que espere que lo van avisar, que no me mueva de allí. Observo el lugar para encontrar un punto de escape por si la cosa se pone muy fea, veo a los soldados apuntarme con su armamento pesado.

Me acerco a una soldado y le pregunto sin más si tiene reglas dolorosas y qué hace si en esos días tiene combate.

¡Joderme!—contesta con frialdad.

Rubalcaba no viene, y yo, que poseo demasiada información, me veo rodeada y en peligro. Tengo que salir de allí, ha sido un error entrar en ese agujero.

No sé cómo, pero me hago con una grapadora industrial. Me voy acercando a los muros del emplazamiento por cuyos huecos va entrado tropa que en silencio va posicionándose para un posible ataque. Disparo grapas que en un principio sólo los hace retroceder tras los huecos minúsculos por los que intentan pasar, con lo que consigo algo de tiempo para alcanzar el portón de entrada y salir al barrizal. Disimulo y me hacen pasillo.

Todo está muy oscuro salvo donde han ubicado pequeñas antorchas, pero puedo distinguir a lo lejos a Chris Stevens y voy en su busca. Hablamos de cosas que hemos visto y que nos han chocado, de mensajes cifrados y fotografías aéreas donde camiones de un modelo concreto y color aparecen en todas las grandes ciudades del mundo.

Están preparando un ataque masivo, le confirmo. Hemos de avisar.

Me cambio de ropa, me coloco una camisa de cuadros para no llamar la atención entre los parroquianos, y al volver a cruzar la puerta ya no quedan soldados, sólo colonos y lo que parece una hilera de construcciones de madera que va tomando forma de pueblo.

El cine lo regenta Holling Vincouer, que está siendo multado injustamente por los actos vandálicos cometidos en el negocio por gentes venidas de tierras del Norte.

Intento mediar, discuto con el ejecutor de la orden sorprendida de que sea un actor de reparto conocido; éste me da la razón y le evito a Holling una multa cuantiosa. El actor me abraza, tengo su cabeza a la altura de mi pecho. No, decididamente no me gustan los hombres más bajos que yo, pienso.

Busco a Stevens y el tono de la conversación se hace más íntimo. Nos besamos mucho pero no quiero pasar a la segunda base, el tipo es un ligón y no quiero ser una más en su lista de conquistas, que luego me dicen que me pillo por los canallas disfrazados de hombres normales.

Dice que me entiende y nos seguimos besando.

Entramos en una sala inmensa y vacía donde un par de Infantas y un Infante bebé hacen las pruebas de resistencia a manchas en una alfombra preciosa traída de no sé dónde. Nos llevamos al bebé, hemos de encontrar la forma de contar lo que está pasando.

Todo es cálido a la luz de las llamas. Nos besamos más.

Damos con Maurice Minnifield y le entrego al bebé. Con la excusa de que hay que cambiarle el pañal, lo envío a los bajos del granero.

Cuando entre y vea todo el despliege de información de nuestra red de espionaje, y como ex-piloto y ex-astronauta que es, sabrá qué hacer—pienso.

Solución sin mediar palabra.

Más relajados ya, miro a los ojos de Stevens, que me gusta una barbaridad, y le digo:

–¿Sabes?, la primera vez que vine aquí erais unos pocos en barracones sucios, pero ya erais un pueblo. Chris me sonríe.

La convivencia ahora era pacífica, Cicely surgía luminosa de la profundidad de la nada, y yo me despierto con el sabor de los besos del filósofo radiofónico ex-convicto más guapo de todo Alaska.
De Rubalcaba nada, ni está ni se le espera.

ᴥ

En mis sueños se mezclan imágenes de la última película visonada, de la última conversación o de algún hecho lejano que no recuerdo haber escuchado, junto a rarezas propias o pensamientos y deseos ocultos.
Nunca he ocultado mi deseo más profundo, el que siempre está ahí desde que vi el primer capítulo de la serie Doctor en Alaska (Northern Exposure, para los que la vemos en Versión Original) allá por 1990: quedarme a vivir en Cicely, Alaska. Por eso, cada vez que vuelvo a ver la serie, al terminar un capítulo y apagar el monitor, siento como que me extraditan, una sensación de vacío inmensa.


Así me los he encontrado esta noche en mi sueño


jueves, 31 de diciembre de 2015

Lugares comunes



Dicen que en cada ciudad hay un bar o cafetería que se llama Nebraska...

Y al ver todas las imágenes que existen en la red, así es, pero nada será nunca comparado a nuestro Nebraska, todo un fetiche de la tapa con género de mercado.

El Nebraska de nuestra ciudad ha desaparecido por completo, ya sólo es un recuerdo curvo lo que queda en ese chaflán de la Avenida Barón de Cárcer con calle Pie de la Cruz. 
La otra mañana, al pasar por allí, vi que han quitado su enorme marquesina plateada, ese saliente en curva, con aquellas grandes letras, he creído que siempre fueron negras sobre el fondo blanco del rectángulo luminoso, pero no es así. Y me resulta tan curioso recordar algo con tanta nitidez cuando no es cierto, que pienso que mi mente me juega malas pasadas a propósito. Sería otro lugar lo que yo recuerdo, porque primero fueron naranja y después el cartel corrido negro, por eso me entristece mucho haber prestado toda mi atención de los últimos años al lado opuesto a la cafetería, mirando el edificio del Mercado Central, que me fascina. 
Olvidamos las cosas que nos son habituales con tremenda rapidez, y un buen día, desaparecen. Los tiempos modernos que no dejan pausa y qué poco miramos hacia arriba, caminamos mirando fijos el suelo con miedo a tropezar.







Esta noche, mientras terminaba de leer un libro de Mankell, me vino a la memoria un hecho ocurrido hace más de dos años bajo la marquesina curva de la cafetería ya en obras; me vi resguardada a medias de la lluvia persistente en aquél mayo prometedor, ilusionada y feliz por volver a encontrarme con él. Se retrasaba y recuerdo callejear por el barrio, merodear por una sala de arte durante un rato, reencontrarme con el chico de los besos del instituto después de muchísimos años. Me alegró mucho verlo. Luego me planté bajo el techado del bar, cerca de la farola para poder tener luz y leer. Se mojaron las páginas del libro que ese día eran de papel, me mojé yo y el frío entró en mi cuerpo como presagio del frío que me alcanzaría de madrugada. 

Y llegó él.

Estaba nerviosa, excitada, ansiosa por tocarle y oler su aroma una vez más. Ese lugar se convirtió esa noche en punto de referencia en el timeline de nuestra historia. Y como he estado recordando eso, durante el intervalo de tiempo que he dormido, he estado dentro del Nebraska trabajando de camarera a turnos, de colegueo con el camarero más antiguo del bar. He visto colgadas en las paredes del interior fotos del estado de Nebraska junto a imágenes antiguas de Valencia, imágenes en blanco y negro cedidas por Rafael Solaz. En el sueño me repetía una y otra vez el comienzo de esta entrada para recordarla al despertar. Y mientras tanto, la hija de otra de las camareras se me revelaba con un gran don para las Bellas Artes; sus dibujos, pese a su corta edad, eran magníficos y así se lo comento a su madre que no sabía nada de la vena artística de su niña ni de su obra.


El sueño acabó pronto y sólo he recordado la primera frase, una lástima porque lo que memorizaba sonaba magnífico, o eso creía mientras lo hacía. Es lo que tienen los sueños, que imaginas cosas realmente fantásticas, como aquella noche que pasé con Clint Eastwood hablando de nuestras cosas en perfecto inglés de USA y en Cinemascope.


domingo, 23 de noviembre de 2014

Memoria selectiva


Es curioso, te pasas la vida mirando algo en lo que apenas reparas y, cuando te dan el cambiazo, ya no recuerdas cómo era lo que tus ojos llevaban observando años, décadas. Sin embargo, lo que ha sido fugaz y efímero lo recuerdas muy bien, es más, lo retienes como único frame estático, perdurable entre millones, sólo visible y tocable en tus sueños.

Si todo tiene un porqué, me pregunto por qué y para qué mil veces. Alguien que me lo explique con calma y con palabras que pueda entender, ya que lo que hoy me ha dicho un amigo: “no lo vas a olvidar nunca, no eres un robot”, no me convence ni tranquiliza en absoluto.

Días atrás, desde el bus, me di cuenta en el cambio drástico del cartel luminoso del bingo del pueblo de al lado. Lo han rejuvenecido como si quisieran atraer en masa a las hordas juveniles, smartphone en mano, dedos ágiles bailando sobre el teclado y campo de visión muy corto, con menú económico y consumición para una noche irrepetible,...hasta la próxima. 

En el rótulo han usado colores vibrantes en un fondo blanco sin mácula, y la mezcla de varios tipos de letra o fuentes lo que le da un aspecto contrario a ese sabor rancio de antaño de cubatas y tabaco, moqueta oscura donde cualquier mancha sobre mancha pasaba  desapercibida, del olor acre del humo de todo lo que se fumaba allí dentro y el soniquete cutre de las bolas en el bombo como fondo a cualquier miseria dejada en la calle, de los que entraban allí con ánimo de lucro y otras cosas.

Todo eran suposiciones mías, ya que sólo entré una vez una mañana con una de las chicas mayores del cole que trabajaba los fines de semana en ese antro que las niñas mirábamos con curiosidad por su halo misterioso y prohibitivo en aquellos lejanos años 70. Ese lugar se nos mostraba como un gran reservado  oscuro  y vicioso donde corría el alcohol, el juego, y hasta la perversión y el sexo que desconocíamos por completo.

De mayor nunca he entrado en un bingo, ¿lo podéis creer? No me seducen, sé que no me pierdo gran cosa…o lo mismo estoy perdiendo ganar mucha pasta, ¿quién sabe?

Ya lo he dicho antes, me he pasado años viendo esa gran caja de luz que cubre la esquina  y las fachadas que dan a ambas calles, y ahora no puedo asegurar que fuese de fondo negro con las letras BINGO muy gruesas y en blanco. Lo he olvidado por completo, y eso que fue ayer cuando lo cambiaron. 

Mas olvidar este tipo de cosas no me afecta, me preocupa más recordar otras, me obsesiono, pienso demasiado, y no dejo de preguntarme por qué, por qué, y sobre todo, para qué.







jueves, 7 de agosto de 2014

Abstracción


Mi piel es blanca y suave. Es como un lienzo en silencio esperando poder hablar, contar según qué cosas.

El verano le gusta a mi cuerpo ya que propicia su desnudez completa, elimina los yugos de los tejidos que lo atan el resto del año. Cuando hace este calor tan intenso me dan ganas de pasar más calor todavía, del que arde, de ese. (Entiendo perfectamente a ese jugador de fútbol que prefiere ciertas cosas a la sandía fresca, lo entiendo porque me ocurre lo mismo con diferencia de género).

Imagino que pinto mi cuerpo con jugos coloreados,  tatuajes efímeros que recorren cada centímetro de mi piel. Y te imagino a ti junto a mí, los ojos mirando los míos que te desean, tus manos extendidas  que me acarician, ya estás dispuesto a jugar  llevado por el aroma y el sabor de las gotas que vierto sobre mí: unas gotas de naranja exprimida por una de mis rodillas y otras de fresa madura por la otra, resbalando ambas cada una con su tempo, cayendo sobre una vaguada, marcando el recorrido con sus colores, no queriendo desaparecer evaporadas del todo; y es tu lengua la que sigue el trazo, la que busca  el líquido que me impregna.

Tus dedos son los pinceles que hundes en helado de chocolate medio derretido, los que dibujan líneas que unen mis lunares en un fine design exquisito que acabas comiendo sin dejar restos. Soy folio en blanco a tu placer y al mío.

Mis pequeñas colinas rebosando de leche de avellana bien fría, y tú abrazándome de frente susurrándome mientras te lo bebes todo. Me tienes, te tengo.

La quietud de la siesta, que nadie interrumpa mis siestas de verano.


Anoche me acosté tarde, así que la llamada del mensajero me ha despertado en pleno sueño. Era agradable, eso lo he sentido, pero no lo recuerdo en absoluto. Así que mirando el jugo que desprende  la remolacha al cortarla, me he quedado como traspuesta, pensando en cómo me gusta esa sangre magenta, soñando que soy como esa raíz que sabe tanto a campo y  que mancha las manos como si las hubieran herido a hierro.

Me fascina todo lo que deja ese color y sus matices: las moras negras, o cualquier otra baya oscura y salvaje,  las brevas, la uva negra,…

Y es, mientras me chupo los dedos, que pienso que soy como ella, quiero dejar impronta de mí, mancharte el alma, que no me olvides sin más, que me recuerdes con ese color alegre, vibrante y optimista, o por el color de mis ojos, o el de mi pelo incluso. Aunque lo maravilloso sería que me recordaras por mi sabor o mi aroma. Las palabras que más feliz me han hecho últimamente, me las dijo alguien no hace mucho: 

     —  Sabe a canela.

Nunca quiero ser otra más en largas listas, es un defecto que tengo.



lunes, 14 de octubre de 2013

Los sueños, ¿sueños son?

Cuando abro los ojos estoy  pegada a ti bajo las sábanas.

Me abrazas por la espalda con la palma de tu mano izquierda ahuecada sobre mi pecho suavemente. Tu pierna  rodea  las mías en un juego de cruces curioso. Pese a la postura, me siento cómoda.

¡Me encanta notar tu respiración sobre mi cuello! Pequeño placer que va directo a las zonas más sensibles de mi cuerpo, esas zonas que me ponen tan disponible para el juego que más disfruto.

Medio dormida  pienso  en ello y, enseguida, noto la humedad que precede al deseo de rozarme contigo. Te tengo  junto a mí, así que nada me impide hacerlo. Me doy la vuelta lentamente para no despertarte del sueño en el que estás inmerso. Una leve sonrisa se dibuja en tu rostro por lo que  intuyo que está  siendo un sueño agradable y tranquilo.

Empiezo a acariciar tu brazo, tu cintura, tu pierna tan poderosa y fuerte. Apoyo una de tus manos en mi cara y me acaricio con ella  el cuello, el hombro, mi pecho, mi cintura. El peso dormido crea  una sensación de lo más estimulante. El calor y la humedad se hacen evidentes en mí. Me llevo un dedo a mi boca que mojo  con mis labios y mi saliva. Me entretengo en eso y te mueves. Me encanta el tacto de tus manos cálidas sobre mí, y  dejo una  apoyada en mi cintura desnuda. Es verano y duermo así, libre de obstáculos, por si me quieres tomar en mitad de la noche.

Te acaricio suavemente por encima de la ropa interior, la única prenda que llevas puesta, y noto que aquello toma un cariz de juego interesante. Te mueves ligeramente y me quedo quieta: no quiero que despiertes aún.

Me rozo contra tu pierna con movimientos tan lentos que me acelero.  Mi cuerpo se estremece, y con precisos gestos voy quitando la prenda que estorba a mi propósito. Vuelves a sentir  algo y de tu garganta sale una exclamación entrecortada.  Sonríes, pero el sueño te puede, y sigues a lo tuyo.

Te tengo desnudo por completo ante mí.

Me gusta mirarte en la penumbra de la habitación. Pequeños puntos de luz tatúan tu cuerpo y, supongo que mi espalda. Acerco mi mano tan suave como puedo a tu sexo  de forma que los movimientos sean imperceptibles, mínimos. Miro tu cara dormida y relajada (pasaría horas mirando tu sueño), pero ahora mismo tengo algo importante que hacer, el deseo me puede. Mi boca empieza a besar tu polla, la acaricio con mis mejillas, sumerjo mi rostro entre tus piernas. Te huelo intensamente  cerrando los ojos, y dejo salir mi lengua que, furtiva y cadenciosa, lame esos centímetros de piel que cada vez se acrecenta y tensa más. La sensación que tengo es de tanto placer y excitación  que he de luchar contra las ganas de ir más deprisa.

Todavía no eres consciente del todo, y eso me excita mucho más. Un par de minutos dedicada a ponértela dura y ya no hay vuelta atrás: resulta  inevitable que despiertes. Y lo haces con tu bonita sonrisa, alargando tu mano para acariciarme. Yo no paro de besar e introducir tu pene erecto en mi boca. Acaricias mi coño con un par de dedos; sabes que en esa postura me pone mucho que me acaricien así: notar tus dedos jugando entre mis labios, despacio. Sé cuánto te gusta verme mojada, y gimo abiertamente.
Un rato más, sólo un poco más… No, no aguanto, soy débil. Me coloco a horcajadas sobre ti y mirándote a los ojos, que ya tienes totalmente abiertos, te pido que me mires; ese es mi ‘te dejo entrar’. Me agarras por la cintura elevándome al compás, nuestros cuerpos ensamblados. Comienza la acción.

¡Joder, qué gusto da follarte!, me dices.

Nuestro ritmo lento del principio se va acelerando cada vez más. Acaricias mis pechos con leves pellizcos  que me vuelven loca. Me lames el cuello en uno  de tus embates. Me besas en el siguiente. Nuestras lenguas juegan húmedas; y entre las embestidas, mis caricias circulares, tus ‘nena’ y mis ‘joder’ alcanzo  un orgasmo explosivo sin dejar de moverme; uno largo al que, segundos más tarde, te unes tú. Gritamos en mitad de la noche y reímos. 
Todo resulta novedoso, porque tener sexo contigo siempre es como el primer buen polvo.

Nos besamos largo tumbados uno junto al otro, hablamos con susurros sin dejar de sonreír. Me acaricias suavemente la espalda mientras dices cuán jodidamente buenos son estos despertares. Opino lo mismo, y me alegra que no seas uno de esos que salen pitando a la ducha como si nuestros fluidos fueran algo sucio.

Fuera de estas paredes todavía es de noche; por la ventana asoma la luna resplandeciente, inmensa y redonda.  Volvemos a quedarnos dormidos.


***
18 de diciembre  en algún lugar del Hemisferio Sur, 5:30  a.m. 
ÉL
Suena el despertador. Tanteo para apagarlo y estiro mis piernas en la cama. 
Mi cuerpo está relajado completamente  y… ¿desnudo?
No acierto a comprender cómo me he quitado la ropa interior que llevaba puesta al acostarme.
Pero, ¡qué hostias! 
No quiero pensar en ello. Me siento de puta madre. 

***

18 de diciembre en algún lugar del Mediterráneo,  9:30 h   
ELLA
Me despierto sola en mi cama, bañada en sudor, desnuda, (lo cual es raro porque estamos a finales de otoño y hace frío) y húmeda, mis sábanas huelen a sexo reciente. No entiendo. La sensación es tan maravillosa y real (como de post orgasmo bestial), que aparto de mi cabeza cualquier pregunta, y disfruto un rato más de ese momento placentero.

***

Ha vuelto a ocurrir. Me parece que le voy pillando el punto a esto del sexo soñado  a la carta. 
Donde quiero y con quien quiero.