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martes, 5 de enero de 2016

Los adultos también juegan


Algunos lo hacemos sin premeditación, cuando surge. Es en su espontaneidad donde radica todo el encanto.
Los que disfrutamos del juego, de ese que nos une aunque estemos lejos, del que nos divierte y nos obliga sin amenazas a pensar, a imaginar, sabemos que muchas veces es difícil encontrar el momento adecuado, por ello no lo marcamos en el calendario por obligación, tan solo llega un día y fluye, y nos tiene un rato atrapados en el tiempo.

Ayer por la tarde, mi amigo virtual Jacinto Gutiérrez escribió un microcuento de año nuevo en su blog personal ( Disculpa si te molesto ) que luego compartió en Facebook con el resto de sus luciérnagas y difuntos. Lo que hago normalmente es leerlo, "megustear", compartir, algunas veces comento algo; pero ayer le seguí el juego, porque enseguida comprendí que me estaba retando desde lejos. Así que, encadené unas palabras mías a las suyas por las buenas. Me dio por ahí.

Por un momento pensé, ¿qué haces metiendo tu teclado donde no te llaman?, mas la voz de jugar, la que se divierte poco, imaginó por un instante que, entre todos sus amiguetes, aquello podría llegar a elevar el microcuento a un relato largo y fantástico, imaginé que íbamos a crear algo muy chulo.

Sin embargo, la virtualidad existente, que me consta que le siguen y leen, no se animó en absoluto. Un mazazo que nos apenó mucho a ambos, y nos dejó solos en aquel muro, jugando en un mano a mano.

Este es el resultado que obtuvimos de ese rato de juego a dos: Jac entre cuidados, virus y toses, y Mu (yo) en un parón del curso de Infoarquitectura, mientras me comía unas galletas.

Minicuento:
Sentóse ante su editor de textos con la intención de escribir. Meditó y la pantalla en blanco le sumergió en una historia tan apasionante que decidió no volver a escribir nunca más. Apagó su ordenador y caminó. Transcurrieron los años y sintió que había vivido. Se fue sin despedirse. Solo él estaba allí. 
Solo él estaba allí, o eso creía. Hacía unas cuatro horas que aquella nave, convertida en efímera sala de fiestas, había quedado en silencio. Hasta diez mil personas se habían congregado y ocupado  todos los huecos de ese antro infecto. Ahora, los monitores permanecían silenciosos  mientras las imágenes de las guerras mundiales venideras pasaban en modo bucle. Huele a quemado y es difícil respirar. Un momento, ¿es esto real? Abro los ojos con dificultad y se agudiza el dolor intenso que siento en mi muñeca. Miro los circuitos de mi antebrazo donde antes lucía un tatuaje tribal, y algo no funciona, la luz roja de mi visor izquierdo indica que no estoy sola. Ese cabrón me mintió. 
Ese cabrón me mintió. Me hizo creer que era mi igual. Que yo tenía un pasado. Hemos viajado millones de años luz antes de verme como lo que realmente soy. Lo que somos. Tengo batería para unos cientos de años más, pero estoy seca de flujos. Qué aburrimiento. 
Qué aburrimiento y qué estafa. Atada por millones de cables estoy a esa máquina del tiempo infernal de la que hace trienios que no me despego. Nunca debí creer las palabras de un humano, nunca. ¡Calma M-708, con lo que te queda de energía líquida, piensa en cómo salir de ésta!
Piensa con lo que te queda de energía líquida en cómo salir de ésta. Él intentaba ocultar su profundo miedo, mientras la pequeña ojo de pez, de vidrio azul pulido con las finas arenas del Rin, lo escrutaba por la espalda, allí sentado en su asiento de piloto. Saltó la alarma de contaminación del aire de la nave y las instrucciones de M-708 para que el humano se colocase el casco mientras se filtraba y depuraba la atmósfera de la estancia. Lo hizo sin perder un segundo, y una vez colocado se inundó con el azul líquido de la máquina. En pocos segundos quedó inconsciente con aquel fluido encharcando sus pulmones. 
Aquel fluido azul encharcando sus pulmones y M-708 esperando once micromomentos para asegurarse que el humano merecía una restitución. Al final creyó que sí; tanto tiempo junto a él la había inutilizado como máquina completa. Convertida en híbrido flexible, introdujo su dedo índice en el tórax y barrenó hasta llegar a descongestionar el pulmón derecho, luego hizo lo mismo con el izquierdo; y así lo dejó, con dos bonitos y llamativos tubos fluorescentes colgando a ambos costados, pero con vida. 
Con dos bonitos y llamativos tubos fluorescentes colgando a ambos costados, pero con vida. Toda la vida que aquel cuerpo necesitaba para ser considerado un ser vivo. Bueno, no del todo. El cuerpo se mantendría vivo a través del tiempo, las galaxias, los confines del espacio…, pero su mente ya no estaba: aquel cerebro se licuó para generar los fluidos que necesitaba M-708 para cargar sus baterías y funcionar mil años más y alegrar algunos de aquellos silenciosos momentos de aburrimiento en tránsito.

FIN 

Gracias por hidratarme, compañerico Jac





sábado, 19 de diciembre de 2015

Reflexionando


La primera vez que escribí un cuento fue por estas fechas en mis días de colegio. Se organizó una especie de concurso como animación a la escritura para el alumnado (todas niñas) en los días previos a las vacaciones navideñas, las mismas que ya entonces no disfrutaba en absoluto (me viene de largo mi aversión a la alegría por decreto ley).

Recuerdo que me esmeré mucho en su presentación, dibujando en las páginas finales de cada capítulo, y colocando estrellas brillantes en su portada. Me fascinaban esos pequeños tubos de vidrio con tapón de corcho en el que se veían claramente los colores de la purpurina.

Prometí a mi profesora que me presentaría y ahí andaba yo, escribiendo páginas y páginas tamaño cuartilla junto a esa estufa de gas que me daba dolor de cabeza si olvidábamos colocar un cacharro con agua en las cercanías.


No recuerdo el título que le di, supongo que algo rimbombante, muy victoriano, porque por entonces yo coleccionaba cromos de una ilustradora que dibujaba niñas como Anne of Green Gables, mi querida Anne Shirley de Tejas Verdes en Avonlea. Esa ilustradora mostraba un mundo tranquilo de vidas sencillas y apacibles, rodeados de paisajes bucólicos que me invitaban a soñar, de botas a la entrada de la casa, de suelos de madera sin pulir. Se podía saborear el color de las moras en el campo, y oler el aroma de las manzanas en el árbol, escuchar el crepitar del fuego en el hogar siempre encendido. Me relajaba mirar sus paralizados tiempos de lecturas bajo el calor de las mantas hechas a ganchillo con grannys de mil colores. La tenue llama de los faroles de aceite que podía iluminar todo el cuadro, y esos gatos familiares jugando con los ovillos de la abuela, porque siempre había una abuela que tejía, en mi vida real también. En el universo de aquél álbum se obviaba a los hombres casi por completo, no así a los niños. 

Imaginé mi primera historia mirando uno de esos cromos que utilicé como comienzo, ¡era tan pequeña! 

Anne y Diana. El faro en la isla del Príncipe Eduardo en Canadá

Me encerré durante varios días para sacar aquel cuento navideño adelante, una historia en el que no había dispendios, lujos, nacimientos ni ritual cristiano alguno, tan solo una loa al invierno, al frío, a los copos de nieve que siempre me han fascinado, a los ríos congelados donde patinar, los vinos calientes con aroma de canela y jengibre, el calor del fuego que calentaba el alma y el espíritu; sí que había árboles de los que pendían adornos artesanos de madera, guirnaldas de hojas recogidas en los bosques cercanos, y esa quietud de la naturaleza que se predispone a dormir, un silencio que yo me empeñé en recargar con conversaciones pueriles, echándolo todo a perder.

Todos los personajes hablaban sin parar, recuerdo el trazo de los guiones que antecedían a la frase dicha por unos y otros. Era como estar en una película francesa pero sin diálogos profundos e inteligentes, vamos, que me lié tanto que aquel montón de hojas escritas no sirvió más que para confirmar que cuando me comprometo con algo lo cumplo, otra cosa es que lo haga bien o al gusto de los que siempre esperan lo mejor y aquella monja no dejaba de preguntar si ya lo tenía acabado, ¡qué presión!. Supongo que se me daba mucho mejor subirme al escenario que escribir la historia que se pudiera representar en él. Pero lo acabé, y como colofón lo llené de estrellas mínimas y pegamento Imedio.

Ya os podéis imaginar que no gané, pero la empresa era escribirlo a tiempo y lo cumplí. El único recuerdo que dejé no fue el de una historia magnífica e imborrable, sino el de aquel reguero de purpurina que quedó un tiempo en la cartera, en el pupitre al sacarlo de ésta, en el cajón de la profesora,… hasta en el hábito de la monja dejé mi rastro brillante, cosa que no gustó nada a su férreo código de humildad y pobreza.

El último día de cole nos fueron devueltos los relatos a las participantes y pude leer el ganador de camino a casa, acompañada de varias de mis amigas que vivían por las calles adyacentes a la mía. La flamante ganadora con sus bastos gadgets de ortodoncia que siempre me pareció preciosa, había dado la palabra a cacharros de cocina y a animales, y me sentí tan falta de imaginación que estuve varios días soñando con la tetera parlanchina y el tazón de leche descascarillado y maltrecho.

Ahora, en mis historias, los personajes apenas hablan. Creo que no se me da bien, no me resulta natural, y por eso los sumo en largos silencios, como los de aquella niña que fui: observadora del mundo desde mi pequeña estatura, con mis grandes ojos azules abiertos de par en par, viviendo la realidad demasiado pronto, queriendo aprender y tomar mis propias conclusiones de la vida y del comportamiento humano. Ojalá mañana, éste sea ejemplar y honesto con las personas.