jueves, 9 de enero de 2020

Debería estar estudiando (qué gerundio más aburrido)


Sólo los sueños consiguen devolverme el pasado de una forma clara y sentida. Ese pasado que me gusta y sé bien que nunca volverá.


Me hallo en una casa que se parece muchísimo a un centro comercial del mueble, estoy con primos del pueblo con los que he jugado mucho durante los veranos. El centro comercial aparece ante mí mientras lo ando como esas veredas y caminos rurales de mi infancia, cuyas casas son ahora habitaciones perfectamente decoradas.

Abro la puerta principal en una angosta y oscura entrada y la luz entra a borbotones. Tras el deslumbre veo al hombre con la sonrisa que me enamoró que desde el quicio y estirando su mano izquierda acaricia mi cara y me atrae hacia él para besarme mucho. Noto el calor de su piel, su aroma. ¡Cuánto tiempo!

Apoyados contra la pared perdemos la noción del tiempo entre los buenos besos y las caricias que regresan con la misma intensidad de los tiempos antiguos, los reales, cuando vibramos al mismo son. Así fue hace mucho.

Alguien me llama desde la lejanía. Pasa y acomódate que en un momento estoy contigo. Pero nuestras manos juntas se resisten a separarse y alargamos el contacto lo máximo posible mientras dirijo mis pasos hacia el otro lado de la casa.

Las estancias son muy grandes, inmensas; se parecen más a las salas comunes de los albergues juveniles con altos techos. Mucho trasiego de gente que no conozco.
Veo mi muñeca Nancy, que curiosamente se encuentra en perfecto estado, cuando lleva años con el muelle interno roto y un ojo a la virulé, en manos de mis hermanos Fran y Bernar. El resto de gente y yo tenemos la edad actual, ellos tienen seis o siete años, no más.

Como tan bien sabían hacer de críos con todos los juguetes que pasaban por sus manos, comienzan a destrozarla, deslizando un rotulador permanente y grueso por la suave y plástica piel de la muñeca. Círculos azules alrededor de sus ojos, líneas sin sentido por las mejillas

Enfurecida les ordeno limpiarla inmediatamente con alcohol antes de que sea demasiado tarde. El ojo de la Nancy vuelve a estar cerrado, inmóvil, pero el amigo que me apaña las cosas informáticas, y que no sé bien qué hace allí, posa su mano sobre la carita inerte y, como si fuese un chamán, lo coloca en su sitio. Respiro algo más tranquila.

Mientras sigo pidiendo que limpien la muñeca me percato que voy en bragas y con una minúscula camiseta de tirantes que deja ver mi vientre plano (¿?). Siento un poco de pudor y me imagino que eso no le hará gracia al hombre que todavía amo, pese a conocerme bien y saber que en verano ando así por mi casa. Pero bueno, hay mucha gente alrededor que ni conozco y tampoco es plan. Rebusco en uno de los cuartos entre montones de  ropa masculina una camiseta amplia. Elijo una de camuflaje. Ésta me tapará bien.

Él entra en el salón y se me acerca sonriendo. Nos vamos a besar otra vez, lo sé, pero me despierto con el zumbido de ascensor que hace temblar casi todo mi piso antes de que suceda.

•••

Ha sido bonito ver a mis hermanos otra vez pequeños y rubios, sobre todo, ver vivo a mi pequeño Buru, mi Bernardinico, vistiendo esas camisetas blancas sin mangas que solían llevar durante todo el verano cuando yo no les hacía demasiado caso, la verdad. Ha sido chulo aunque me volvieran a destrozar la muñeca, la única que deseé tener. Ahora no pasaría los filtros por los estrictos cánones de belleza con esos muslos y brazos rollizos. A mí me sigue pareciendo la mejor muñeca del mundo.
Lo mismo algún día llega alguien que me la acaba arreglando. Ese gerundio sí me gusta.




miércoles, 16 de octubre de 2019

En busca de la cordura

A estas alturas resulta absurdo, cuando no insultante, creer que inventamos algo nuevo con todo eso de los alimentos ecológicos, la cosmética natural, la no utilización masiva del plástico, etc. Nos pasamos la vida buscando soluciones a los desperfectos que nosotros mismos hemos provocado. Doble trabajo. Olvidar lo aprendido, aniquilarlo e intentar buscar las vías para volver a aprender.

¡Cuánta sandez! Definimos actuaciones con palabras en inglés y nos creemos los amos del cortijo. Señoras y señores, comprar legumbres a granel, utilizar bolsas de red (chivatas que decía mi abuela materna), de tela de algodón...eso ya lo hacíamos el siglo pasado. Me parece perfecto que se adopten las viejas formas, pero no me las vendáis como algo que se os acaba de ocurrir, porque no cuela.

Tengo recuerdos nítidos de comprar la leche llevando mi propio recipiente, de ver cómo la lechera (la señora que la vendía en una pequeña habitación de una casa baja en la calle Reyes Católicos) medía la cantidad pasándola de una jarra a otra. Un bonito ceremonial que disfrutaba cuando todavía no existía la premura, las prisas para todo, al menos siendo niña yo no la percibía.
Devolvíamos los cascos, las botellas de vidrio, con la normalidad más absoluta. Lógico, coherente, llamadlo como queráis. Reutilizar.


Te pesaban las frutas y verduras (que pedías a razón de peso y dureza: patatas, melón, sandía,...) en el cestillo de la báscula y lo volcaban en tu cesto de paja o en la chivata. Así de sencillo y sin utilizar bolsas intermedias que separaran la comanda. 
Poco plástico vi entonces. Recuerdo la primera caracola rellena de chocolate que comí en mi vida en la tienda de una compañera del cole. Sublime, exquisita. Me la dieron envuelta en un papel algo burdo, rústico. Ahora te pelan las mandarinas y colocan los gajos en bandeja cubierta con film transparente. ¡Toma ya! Nos estamos volviendo unos inútiles desconsiderados de cuidado, sin darnos cuenta de que todo lo malo que hagamos tiene consecuencias desastrosas para la vida.

Rememoro con cariño una de las primeras cosas que me permitieron hacer en la cocina las mujeres de mi familia, volcar lentejas en un plato y, con cuidado y mucha atención, separarlas entre sí con las yemas de los dedos en busca de cualquier piedra minúscula o cosucha que no fuese lenteja antes de ponerlas a remojo para el guiso del día siguiente. Me resultaban fascinantes esos quehaceres de cocina por la calma que transmitían y por las charlas que sucedían entre mujeres. Esas manos ágiles que con maestría eliminaban los extremos de las judías verdes para el hervido de la noche, cómo echo de menos aquellos momentos de complicidad donde la tranquilidad reinaba sin esforzarnos, esa calma se esfumó de repente, yo creo que con la llegada de las responsabilidades.

Has de estudiar mucho, te dicen. Se nos educó memorizando y siguiendo unas normas de cuya moral dudé a partir de los catorce años. Somos autómatas a los que se les exige el éxito desde el principio y a un ritmo acelerado: quieren un bebé que ande pronto, que hable antes que el hijo del vecino, que haga monerías para exhibirlo delante de los conocidos. Algo que siempre he repudiado es obligar a los pequeños a dar besos a diestro y siniestro a personas que no conocen de nada. La de babas, sudores y pinchazos de barbas de aquellos hombres y mujeres que me tuve que comer con patatas.
Los besos se dan cuando se desea, ni por encargo ni por lástima y menos para demostrar que sabes obedecer a tus mayores.
Pues eso, que memorizamos y se nos pone nota, pero no se nos enseña a valorar lo que tenemos, a empatizar, a saber gestionar las emociones, a ser una buena ciudadana, respetuosa con los demás y con la tierra. El éxito se traduce en cuánto dinero ganas con el oficio que tienes y no, me cago en todo eso.

No estamos inventando nada nuevo, dejémonos de tonterías, sigamos con lo lógico, lo aprendido en nuestra niñez. No malgastar el agua ni los alimentos, ser agradecido, respetar, reciclar, reutilizar, dar nueva vida a los objetos, a la ropa.
Qué costumbre la nuestra de tirar algo que ya no es de hoy, lo de antes de ayer no sirve, está obsoleto.

Toda mi vida he valorado las cosas, y lo que la tierra da, y eso que alguno de mis familiares me decía: nena, eso no vale nada, es viejo. Me daba igual aquellas palabras, nunca desprecié algo por ser de otra época, o por estar usado. Siempre he mirado las cosas con respeto y cariño.

Uso ropa que tengo desde hace 20 años, mi exprimidor de naranjas es de los primeros años 70, calidad Braun, doy prendas y me dan, siempre me ha gustado saber hacer cosas con las manos, cualquier forma de artesanía para mí es magia. Me encanta prestar libros y que me los presten. El cambalache, la permuta también es algo agradecido.

Que alguien piense en mí y me traiga olivicas, vermú, mosto del pueblo, especias o mermeladas caseras con la fruta de temporada, me conoce bien. Los gastrosouvenir son de las mejores cosas que existen. Soy feliz al recibirlos.

Echo de menos el vivir más pausado. Ahora que puedo me recreo cada día un rato en mirar por la ventana y observar mi horizonte. Parece nada, pero para mí es mucho. Ningún atardecer es igual a otro.¡Qué poco miramos más allá de nosotros!En esos momentos, y cuando camino a solas por el puente que cruza el Ebro, verdaderamente siento que soy. 

Acepto la inmediatez sólo cuando se trata de verdad, de honestidad; porque en ese instante no vale la pérdida de tiempo en vaguedades y otros cuentos a medias.

Me molestan las prisas que veo en la calle, ahí abajo, y el que todo tenga que ser para ya, los gritos del que ha intentado robar en el supermercado y los de los trabajadores que han salido en bandada a por él. A pesar de esa violencia momentánea que me pone un nudo en el estómago, respiro hondo y miro la luz que colorea ese cielo infinito, y me llega, ya sin gritos, la misma calma que cuando hago ganchillo.

Perdonad si no vibro al compás de mis semejantes. Quizá es porque, en palabras del Walden de Thoreau, oigo una música diferente. Aunque lo que llevo unos días escuchando es el cli-cli sutil de algo que no sé si viene de mi cabeza, de algún insecto que ha hecho hogar en mi salón o es el roce de algo en la ventana o en mi silla de enea. Con esa neura estoy.