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jueves, 9 de enero de 2020

Debería estar estudiando (qué gerundio más aburrido)


Sólo los sueños consiguen devolverme el pasado de una forma clara y sentida. Ese pasado que me gusta y sé bien que nunca volverá.


Me hallo en una casa que se parece muchísimo a un centro comercial del mueble, estoy con primos del pueblo con los que he jugado mucho durante los veranos. El centro comercial aparece ante mí mientras lo ando como esas veredas y caminos rurales de mi infancia, cuyas casas son ahora habitaciones perfectamente decoradas.

Abro la puerta principal en una angosta y oscura entrada y la luz entra a borbotones. Tras el deslumbre veo al hombre con la sonrisa que me enamoró que desde el quicio y estirando su mano izquierda acaricia mi cara y me atrae hacia él para besarme mucho. Noto el calor de su piel, su aroma. ¡Cuánto tiempo!

Apoyados contra la pared perdemos la noción del tiempo entre los buenos besos y las caricias que regresan con la misma intensidad de los tiempos antiguos, los reales, cuando vibramos al mismo son. Así fue hace mucho.

Alguien me llama desde la lejanía. Pasa y acomódate que en un momento estoy contigo. Pero nuestras manos juntas se resisten a separarse y alargamos el contacto lo máximo posible mientras dirijo mis pasos hacia el otro lado de la casa.

Las estancias son muy grandes, inmensas; se parecen más a las salas comunes de los albergues juveniles con altos techos. Mucho trasiego de gente que no conozco.
Veo mi muñeca Nancy, que curiosamente se encuentra en perfecto estado, cuando lleva años con el muelle interno roto y un ojo a la virulé, en manos de mis hermanos Fran y Bernar. El resto de gente y yo tenemos la edad actual, ellos tienen seis o siete años, no más.

Como tan bien sabían hacer de críos con todos los juguetes que pasaban por sus manos, comienzan a destrozarla, deslizando un rotulador permanente y grueso por la suave y plástica piel de la muñeca. Círculos azules alrededor de sus ojos, líneas sin sentido por las mejillas

Enfurecida les ordeno limpiarla inmediatamente con alcohol antes de que sea demasiado tarde. El ojo de la Nancy vuelve a estar cerrado, inmóvil, pero el amigo que me apaña las cosas informáticas, y que no sé bien qué hace allí, posa su mano sobre la carita inerte y, como si fuese un chamán, lo coloca en su sitio. Respiro algo más tranquila.

Mientras sigo pidiendo que limpien la muñeca me percato que voy en bragas y con una minúscula camiseta de tirantes que deja ver mi vientre plano (¿?). Siento un poco de pudor y me imagino que eso no le hará gracia al hombre que todavía amo, pese a conocerme bien y saber que en verano ando así por mi casa. Pero bueno, hay mucha gente alrededor que ni conozco y tampoco es plan. Rebusco en uno de los cuartos entre montones de  ropa masculina una camiseta amplia. Elijo una de camuflaje. Ésta me tapará bien.

Él entra en el salón y se me acerca sonriendo. Nos vamos a besar otra vez, lo sé, pero me despierto con el zumbido de ascensor que hace temblar casi todo mi piso antes de que suceda.

•••

Ha sido bonito ver a mis hermanos otra vez pequeños y rubios, sobre todo, ver vivo a mi pequeño Buru, mi Bernardinico, vistiendo esas camisetas blancas sin mangas que solían llevar durante todo el verano cuando yo no les hacía demasiado caso, la verdad. Ha sido chulo aunque me volvieran a destrozar la muñeca, la única que deseé tener. Ahora no pasaría los filtros por los estrictos cánones de belleza con esos muslos y brazos rollizos. A mí me sigue pareciendo la mejor muñeca del mundo.
Lo mismo algún día llega alguien que me la acaba arreglando. Ese gerundio sí me gusta.




sábado, 8 de abril de 2017

Los sentidos. Gusto


Asocio sabores a momentos concretos de mi existencia.

Mi gusto, al igual que el olfato, está muy desarrollado. Hay matices que no puedo separar de ti y de nuestros días en aquella nada que fuimos. Dicen los especialistas que cuando has de dejar marchar de tu lado a alguien que amas, durante un tiempo prudencial debes evitar recorrer los lugares por los que paseasteis juntos, dejar de comer los platos favoritos comunes, no escuchar canciones que te hablen de él…y así con todo, para no aferrarte al hilo que te une a él, un hilo que, por otra parte, puede ir en un solo sentido, el mío casi siempre.

Pero qué quieres, soy masoca y me reto, y aunque el sabor del sushi  con vino blanco es algo muy de aquellos días, no dejo de comerlo cuando tengo ocasión. Esté con quien esté, me recuerda al sabor del roce de tu rodilla con la mía aquella noche infinita que comenzó con un vino de Jerez y unos trozos de queso sabroso; a tus manos mientras te echaba crema, a tus labios dispuestos aunque te durmieras sobre mi pecho. Resultaba gracioso, en el momento en el que decidía besarte en tu sueño plácido, tu boca se ponía en movimiento llevando a cabo lo que estaba ejecutando hasta que el cansancio y el sueño leve te rendían. Qué sabor magnífico tu boca, tu lengua, tu saliva.

El sabor excitante de nuestro primer beso y de los siguientes lo paladeo de vez en cuando. Son recuerdos tan nítidos que me siguen emocionando, a la vez que me ordeno que he de dejarte ir. ¿Dejarte ir adónde, si ya te fuiste hace mucho?

El primer trago de cerveza siempre me excita, tal cual, y los siguientes me mantienen con la incertidumbre por lo que pueda pasar. Mi cuerpo se prepara y es inevitable, entro en otra dimensión y pienso en el placer de la carne. Si te tengo enfrente no dudo en abalanzarme sobre ti, mas me contengo, soy fuerte. Te comería entero, pero me freno, ¡qué tonta! Los momentos que no aprovechas se pierden, hablo por experiencia propia.

Recuerdo el sabor de la tiza que, cuando limpiábamos la pizarra en el cole, solía chupar. La barrita blanca era un poco áspera para mi gusto. Lo cierto es que en esos días lo probaba todo, no sé en qué estaba pensando pero en una de esas tardes ociosas en las que enjugascadas nos íbamos a los límites del pueblo,  no lejos de casa y del centro del mismo, andábamos sobre la montaña de escombro que la fábrica de cerámica lanzaba en su parte trasera sin vallar. Buscábamos tesoros, figuras enteras, no sé, un pez, la cara de una niña. Pues bien, una de esas tardes encontré unas piedras azul turquesa intenso con la veta vista; no sé qué era aquello pero sabían a sal y a hierro, seguro que era veneno puro y quién sabe si afectó en algo a mi organismo, pero yo lo tenía que probar, sí o sí, como más tarde algunos insectos en un campamento.

El sabor del Tulicrem, que no sé si llevaba aceite de palma en aquellos tiempos, va unido a las meriendas de verano en el pueblo, en ese trocito de campo donde nací. Las rebanadas de pan de hogaza, de molla bien prieta, untada con aquella crema marrón chocolate me fascinaba. Hace unos años, en un paquete de golosinas preparado para regalar en un evento familiar, volví a encontrar esa textura en un caramelo envuelto en papel plateado, qué delicia.

Siempre me acuerdo del bar de los Caracoles, que ya no sé si lo conocíamos con ese nombre porque se llamaba así o porque hacían cantidades ingentes de esos babosos en salsa rica. El caso es que en ese bar donde se lanzaba todo el desperdicio al suelo, guardábamos cola frente a la puerta de la cocina y pedíamos medias patatas. Las recuerdo grandes, pero no sé si mi mente miente en lo que añora.

Te servían la media patata con su piel en corte longitudinal y con una salsa brava auténtica y exquisita sobre unas hojas de papel de periódico que quemaba a modo de servilleta. Calientes y jugosas, así eran nuestras chuches.

Hoy me he quedado en el bar de abajo con los amigos de mi hermano y entre birras han traído una patata de esas, hecha por uno de ellos, cocinero en el bar. Casi lloro. Nos hemos puesto a rememorar las colas en aquel bar y las bebidas espumosas El siglo.

El primer beso, beso, fue inesperado. Estábamos en una fiesta de cumpleaños donde se pinchaban vinilos en el garaje cuando me cruzo con uno de los chicos de la pandilla, un guaperas por el que nunca me había interesado. Antes de contestar a su hola, ya lo tenía comiéndome la boca. Era la primera vez que me metían la lengua hasta el fondo. Fue un besazo intenso con sabor a vodka con naranja, ejecutado de una forma minuciosa, eficiente y sin babas por aquel muchacho que luego se pasó la noche pidiéndome que fuera su novia. 
Mi amiga de entonces, que vio lo ocurrido, se acercó a mí y me dijo: tía, (creo recordar que ya decíamos eso) te ha morreado con lengua, qué asco. Y yo, en estado de levitación suprema, le contestaba con lentitud y sarcasmo: sí, sí, mucho asco. Estuve dos o tres días tan cachonda que cuando fuimos al cine a ver Oficial y Caballero, cada vez que se besaban, un latigazo eléctrico me recorría el cuerpo desde la entrepierna hasta la boca para acabar estallando en mi cerebro. Orgasmos por el gusto.

Seguro que parezco obsesionada con esto de los besos, pero es que me viene de muy lejos. Cuando otra persona y yo nos besamos con complicidad y deleite, me quedo pillada. Despacio, mi mente crea un enlace y ríete tú del déjalo ir. ¡Ja!

Alguien me pregunta en conversación clandestina qué me gustaría saborear ahora mismo, y como ya he comido y bebido le contesto: una buena siesta sin dormir. Dice que le encanta.


Echo de menos tu sabor, y el tuyo también.

Pollo romántico con mi muso



domingo, 30 de noviembre de 2014

La importancia del tacto


Concentrada en la espiral que dibuja la cuchara en las gachas de avena mientras remuevo con lentitud el engrudo, y aspirando el aroma de la corteza del limón y la canela, embelesada. Mañana de domingo lluvioso en esta ciudad que a veces odio, y otras tantas amo.

Me he levantado de la cama con ganas de saborear la vida, y sí, aunque digan que no hay que supeditar nuestra felicidad a otra persona, tú me provocas ese efecto duradero. Despertar con tus caricias y tus besos, esa es la única medicina, mi transporte.
Ratos de juegos y de remoloneo bajo las sábanas, así me gustan los fines de semana. Impregnarme de ti cuanto pueda por si un día me faltas o tienes tanto trabajo que no pudieras ni rozar mi mano por el pasillo al cruzarnos por la casa.

La leche de soja vuelve a subir por tercera vez, deben estar listas. Mientras apago la vitro escucho el sonido de una puerta al abrirse…y apareces en la cocina todavía chorreando de la ducha. Me sonríes porque sabes que me vas a empapar con tu abrazo cálido y húmedo, con tu tacto de albornoz ligeramente áspero.

Abordas mi cuello con tu respiración a sabiendas que es algo que no puedo esquivar, me paraliza por completo el roce de tus labios, lo sabes bien; un gemido imperceptible sale de mi garganta.
Me giro para enfrentarme a ti y, sin dejar de besarte, deshago el nudo del cinturón que tienes atado a la cintura. Te acaricio la piel mojada.
Tocarte es lo único con lo que he soñado millones de veces. Las yemas de mis dedos, que nunca te olvidaron, recorriendo la piel de tu cintura, tu espalda. Sí, millones de veces.

Dejo caer mi albornoz al suelo y me sonríes; te atraigo hacia mí mientras me apoyas sobre la lavadora. No sabes el placer que me da notar que te excitas. Tus fuertes brazos me levantan al aire, no lo has olvidado, me encanta. Así te quiero, así te tengo. 

Credenciales de posesión, lo sé, no debería decirlo, pero así me posees, te poseo.
Unidos por el calor que desprenden nuestros cuerpos, con el aroma a gel  hidratante, nuestros sudores otra vez se mezclan en esta mañana infinita de besos con lengua y labio inferior.
Esa es la finalidad de todo esto, que me comas y comerte, a eso aspiro, ese es el objetivo al que me enfrento cada día a tu lado.

¡Muérdeme, muchacho! —grito mientras me embistes. Mis piernas te atraen hacia mí en ese patrón de idas y venidas diseñado sólo para amarnos.

¡Me gustas mucho!—dejas escapar mientras me llenas con tu orgasmo.

Es la primera vez que me lo dices y me sorprendo,…pero tú sigues a lo tuyo, y con tus dedos húmedos por la saliva de tu boca me acaricias suavemente, sin dejar de mover tu cintura. No necesito mucho para ofrecerte lo que me provocas.

Hay que volver a la ducha, sí, y las gachas no sé si resultarán comestibles…No importa. Nada importa ya, lo supe cuando me tocaste la primera vez, a ti te ha costado más darte cuenta.


Las palabras e incluso los hechos pueden mentir, el tacto jamás.


miércoles, 20 de agosto de 2014

Bajo la higuera


Llevo tres años enteros intentando que la desazón y el pesimismo no me arrastren. Un año manteniendo la sonrisa y las ilusiones por una vida nueva que el enamorarme de manera inexorable hizo posible. En tan solo una semana todo eso se viene abajo por un hiriente ‘olvídate de mí’ de alguien que amo, y  que ya ha sido doblegado por las circunstancias y la distancia. 

Y mis fuerzas ya no dan para dos.

Mis ojos no pueden estar más tristes, escribo en una hoja de papel  como preludio a un libro que deseo escribir. Las frases hechas flotan en el aire a cada paso que doy por las calles conocidas; sólo escucho quejas o ánimos carentes de realidad, canciones manidas que me suenan a nada.

No puedo estar más triste.

Lo que imaginé, lo que deseé,  pasó de largo  como pasaron los besos y las caricias. Un cúmulo de despropósitos y la energía fluye en nuestra contra. Me vi abrazada a él,  besándole  siempre, en una tierra nuestra y sin banderas, un planeta único de dos. Quise dar  vida a alguien nuestro  para que todo ese  amor, esa complicidad  se hiciera persona, a través de besos y de tacto, perpetuarnos  en el tiempo;  ese tiempo que parábamos en nuestras lunas de miel, cuando no había agua y leíamos juntos. Silencios y remoloneo entre las sábanas de rayas azules. Palabras y caricias infinitas, pero sobre todo: sonrisas auténticas y reales  bañadas en aroma de higuera en un invierno deseoso de verano, nuestro verano, ese que nunca llegó.

Ahora mis músculos se agarrotan por el hielo que los atraviesa. Heridas dolorosas en oscura espiral.
Noto húmedos mis ojos, y en mi piel, la brisa suave de la tarde descifra una sensación pegajosa, y el peso del dolor se hace liviano.

Despierta, y atontada por la bruma de la siesta, veo a mi hijo Jöel, que con movimientos algo torpes y en susurro imperceptible, anima al caracol, que ha colocado sobre mi pierna desnuda, en su lento transitar. Se acerca tanto para hablarle, que su pelo rubio y alborotado me hace cosquillas, y sonrío.


Sonrío al corroborar que, otra vez, desvarío en sueños transportada por el efluvio dulce y seco de mi árbol mágico; aquel que plantamos cuando nació nuestro niño. Que aquellas palabras hirientes y ese pasar página fue solo para comenzar otra, y que el verano me llegó al fin, calentando mi alma con todos los matices posibles de la felicidad con minúscula. 

Foto ©Ana Meca


●●●

Escribí esto en el otoño de 2012 y no lo hice público para no hacer daño, curioso, a la persona que más daño me ha hecho con diferencia. Siempre recuerdo una frase en una película de Eastwood: "Nunca olvido un whisky malo, un polvo malo y un hombre malo". Pues bien, ya puedo pronunciar la frase al completo cuando quiera, porque desde el verano del 2012 sé lo que es no olvidar a un hombre malo; y lo digo sin rencor, ira, odio o cualquier otro sentimiento negativo hacia esa persona, ya que dejó de importarme para siempre un 20 de febrero de 2013.

Ayer, 19 de agosto, dí de casualidad con un poema que me recordó este pequeño relato, y me lo recordó, porque como yo, el poeta manchego Dionisio Cañas adora la higuera de la misma manera que me fascina a mí. No conocía al poeta, he llegado a él de forma casual, ya sabéis, un amigo se lo recomienda a otro y yo lo leo, así. Las casualidades, las señales, esas cosas que han de tener algún sentido porque si no, no entiendo nada.

Dionisio Cañas, un poeta desconocidísimo para mí, no sé si para el resto. 
Hasta la coincidencia del título me asombra, era una señal de que tenía que colgar esta entrada sí o sí. He aquí el poema:
         Bajo la higuera
Aquí han muerto mis abuelos,
en soledad he leído algunos libros
y en una noche de verano
también hice el amor.
Es cierto que bajo estas hojas
ásperas como los días
en que el mundo parece no tener sentido
he visto las primeras estrellas
y que a pesar del tierno terciopelo
y del oro que adornan las gargantas
prefiero el seco perfume de la higuera.
Los gatos se pasean por sus ramas
y los pájaros devoran cada año
el fruto negro que el árbol nos entrega
como un dulce y enlutado regalo
alegrándonos el paso de los días.
Alguna vez he llorado bajo esta higuera
porque he visto en su soledad la nuestra
y en las arrugas de su retorcido tronco
los tatuajes del tiempo.
En el delirio eléctrico de la borrachera
he vuelto a enamorarme en este patio
y he charlado con las hojas oscuras
mientras me vigilaba la luna de diciembre.
Aquí me ha visitado algún amigo muerto
y hemos hablado de Nueva York
y de este pueblo trapecista
que se sostiene entre un cielo cegador
y el vacio de las cuevas.
Como una fecha irreal he visto escrito
el día en que nací en esta casa
donde mis padres se amaron sin saber
que yo sería tan sólo su torpe resultado.
Cuando en Manhattan pienso en ti,
vieja hermana de manos verdes,
siento que la vida siempre ha tenido razón,
que es el hombre quien hace su destino
y acepto esta temprana derrota del amor.
                                    Dionisio Cañas 

Para seguir leyéndolo, ¿verdad?
(Gracias, Jimbo)

domingo, 20 de julio de 2014

Neskatxo


Los mejores nombres con los que te pueden llamar son aquellos que surgen desde el cariño o desde el más profundo amor. En la intimidad me han llamado de muchas formas, con nombres que me gustan más o me gustan menos. Me encanta escuchar de los labios de los hombres que deseo  mi alias operístico, eso es sin duda lo que más me gusta porque hace veinte años que ese es mi nombre más real.

Neskatxo, así fue como me llamaba él (y todavía lo hace cuando cruzamos algún mensaje escueto), mi eterno novio. Y ese apodo evoca muchos instantes de juventud. Me recuerda que por entonces pensaba que esos sentimientos iban a durar toda la vida. ¡Qué ingenua! 





También eran tiempos de decepción por estudiar tantísimo y quedar siempre a las puertas del aprobado en la asignatura de ciencias matemáticas y de física, con el enorme esfuerzo que hacía mi madre para que yo estuviera allí, en Madrid, persiguiendo mi sueño de hacer mapas. Siempre viviendo en constante presión que yo misma me imponía. 

Aquellos momentos de realidad estudiantil, los que me mantenían pegada al suelo y me hacían sufrir, los paliaba con otros más gozosos; esos en los que el sol me quemaba la piel tras horas intensas de besos y caricias en el césped de la facultad de Periodismo. Ratos en los que, al dar las diez, me colaba en el colegio mayor para pasar la noche aprovechando la incertidumbre y el revuelo de la salida de las visitas. De pantalones blancos teñidos del verde de la hierba. De ponerme su ropa y sus botas de punk, y hacer sesiones de fotos en las ventanas de la habitación donde se supone no debía estar pasada cierta hora. De patear las calles de la ciudad junto a él sin rumbo fijo, de Lecumberri con mi gente,  unas bravas en Vallecas, escuchar un concierto de La Polla Record desde el exterior de la sala por no conseguir entrada (eso de no conseguir entradas para los conciertos se había convertido en habitual), robar una revista en un kiosko, curar la herida de su frente con la que quedaba inaugurada la nueva Escuela de Topografía...


Ese nombre, Neskatxo, es el nombre más chulo que me han regalado; me sugiere caricias a escondidas en la casita de la huerta en un pueblo de la Rioja-Alavesa, abrazos en la fría noche Segoviana, risas y amistad en garitos jugando al Trivial con amigos, Tours de Francia televisados, Malcolm McDowell interpretando a Calígula, bolas de nieve chocando contra mi pecho en los inviernos de la capital, cervezas en el Carmen, frases escritas en los baños de la Universidad, miles de cartas manuscritas numeradas, las patatas con chorizo acompañadas por un buen vino tinto, canciones de Golpes Bajos, y notitas escritas pasadas de mano en mano en clase.

Me asomo a la ventana en este domingo soleado para ver pasar a los de la concentración motera que cada año se reúnen en Aldaia Hills dando comienzo a los eventos festeros,  y el intenso viento  me despeina por completo.




Me encanta mi pelo recién cortado movido por este viento algo fresco que deja mi casa revolucionada por cortinas que se mueven, móviles que suenan alegremente y que tengo repartidos por las habitaciones, y de puertas que se cierran estrepitosamente. He puesto a secar la labor de ganchillo que terminé anoche, esa en la que he depositado todo mi cariño. En cada punto va lo que siento, que es demasiado intenso como para olvidarlo pronto.


Es una pena que ya nadie quiera conocer a nadie, que se imponga la inmediatez y lo efímero por encima de toda sensibilidad, que la empatía haya desaparecido por completo…que nadie escriba cartas manuscritas de respuesta...Porque yo todavía soy Neskatxo, niñita, pequeña…Musetta, y hoy, con mi pelo al viento me siento bellísima, por dentro y por fuera.



A Charlie, siempre
Guionista, gracias por tus palabras de ayer 
A tita Carmen, mi amiga querida: luchadora y optimista siempre



miércoles, 9 de julio de 2014

Los caminos que andamos


Creo recordar que fue un arquitecto el que me contó  hace unos meses cómo durante el diseño de los edificios, en los campus universitarios, hospitales, etc., por lo general lugares con gran afluencia de público,  se marcaban también los caminos por los que trasladarse de un sitio a otro. Y cómo los que finalmente transitamos por ellos, una vez construidos, nos pasábamos por el forro lo que los arquitectos imaginaron que haríamos, y acabábamos esculpiendo vías nuevas por las que caminar. Supongo que por nuestro espíritu inconformista (sí, ese espíritu que algunos todavía conservamos).


Yo anduve cinco años recorriendo caminos en una ciudad educativa de hormigón en la que el arquitecto Fernando Moreno Barberá había establecido sendas, caminos y viales de antemano. Cinco buenísimos años en los que transgredí: mis pies, junto a los de tantos y tantos estudiantes que pasaron por allí, dejando huella impresa de nuestra juventud incorregible e indisciplinada. Porque lo habitual era saltarse la norma dibujada, caminar por atajos no establecidos, que con el tiempo se convertían en otra legalizada ruta más. Llegar a cualquier lugar de otro modo, a nuestro aire, salvajeando un poco. Y así, visto desde arriba, imagino una telaraña de líneas que se cruzan, las más viejas como heridas profundas y las otras de nueva ejecución muy sutiles en la tierra. Nada que ver con los planos delineados a plumilla y tinta china del proyecto para la Universidad Laboral de Cheste, cuyas moles de hormigón se erigieron en tan solo nueve meses, todo un récord. Como datos arquitectónicos diré que algunos edificios del complejo recuerdan mucho ciertos aspectos de la obra de Le Corbusier, y que me dolió profundamente que tapiaran el Paraninfo (el edificio que se ve en primer plano en la imagen) pues dejó de parecer una araña posada en el terreno sobre esa misma trama de sendas y caminos ampliada año tras año.

Ahora

Antes

En la UNI aprendí a besar, si es que sé. Y creo que es lo más chulo que me ocurrió, junto a las amistades que todavía conservo. Cinco años unen mucho, y todo lo vivido también. Fueron buenos tiempos con sus cosas, días enteros en convivencia, así que hubo de todo (no voy a contar el día que enloquecí blandiendo con las dos manos una regla metálica, de esas para marcar los puntos de fuga en las perspectivas, como si de una larga y pesada espada medieval se tratara).

Mi niño besador y yo lo hicimos por todas las esquinas de nuestro colegio (ahora no recuerdo en cuál, si Fresno, Anguila, Haya,… supongo que él tendrá más memoria que yo que concibo los años como uno solo),  por toooodoooo el colegio, por las aulas en los descansos, en talleres, no sé si por la zona de comedores en cuyo trazado desaparecía la recta para dar paso a la curva perfecta del círculo. Nos tomamos muy en serio el besar. La experiencia adolescente más tierna y excitante que pude tener fue besarme con él. 
Recuerdo que me encantaba su aroma, su pelo incorregible, sus ojos profundos y oscuros, el sabor de su saliva y la suavidad de sus labios y su lengua. Nos comimos de la forma más maravillosa, nos regíamos por un reglamento no escrito del Carpe Diem de los poetas muertos. Nos besamos entre clases aburridas y monótonas,  DeLarquianos ripios escritos, lecturas teatrales en voz alta  y entre pinturas a lo Miró hechas con rotuladores. Él ya era un artista entonces, y amante de la cultura inglesa. Él me regaló mi primer vinilo: Please, please me, The Beatles, of course. Y yo, no veía el momento del parón entre clases, y no digo ya de las horas libres. ¿Veis cómo lo de besar me viene de lejos, no es sólo de ahora?




La otra noche soñé con un ambiente que olía a Universidad Laboral y a verano, mucha gente en unas habitaciones que parecían de estudiantes, una fiesta particular a la que había sido invitada. Y ahí, veo por primera vez a un chico que no conozco, con su barba, sin gafas. Me gustó mucho, tanto que vi feo al hombre que me gusta de verdad cuando apareció y se puso a acariciar a otras que no eran yo, mientras me miraba de soslayo. Celos seguía teniendo pero me enzarcé en conversación mano a mano con el otro y me dije, es majo. Y seguimos hablando y acercándonos más al mismo tiempo que su barba desaparecía por completo,...convirtiéndose en el otro. Y cuando estaba a punto de encontrarme con sus labios le pregunté: pero, ¿yo te gusto?  Desperté sin respuesta, así son mis sueños de interruptus últimamente. Debí besarle y ya está, sin la puta pregunta, ¡qué rabia da!

¡En los sueños suceden tantas cosas! Son las películas que yo escribo, dirijo, interpreto y monto, pero que algunas noches no puedo controlar, quedando a merced de un productor mercenario cualquiera.
Como decía un amigo una de estas noches: parece que lleve una mierda impresionante, saltando de un tema a otro. Será el paracetamol 1 gramo, o el caos habitual que me invade, no lo sé, todo es tan confuso.



domingo, 6 de abril de 2014

Sobre la delgada línea roja


Durante el verano, en uno de mis paseos por la ciudad que me vio nacer, y antes de que se despertaran en mí las diversas alergias que me pueblan, descubrí a un chaval (al que ahora llamaríamos hipster) con un puesto de libros de segunda mano frente a la entrada principal de la Alameda, lugar emblemático de mi origen.

Siempre me ha encantado meter la nariz entre las páginas de los libros, aspirar su olor, y no me importaba si olían a humedad, o si era a tinta recién impresa, manosearlos, ver el diseño de su cubierta, leer sus primeras líneas, y nunca la contra. Disfrutar de ese magnífico silencio frente a las estanterías y los montones de libros en tiendas de ocasión, donde las palabras bullían con fuerza queriendo salir de su enclaustramiento de papel, era algo sagrado.

Así fue que, rebuscando en ese puesto improvisado, vi una novela, en bastante buen estado, de un tal James Jones en la Colección Naranja de Bruguera (el color naranja siempre me persigue).

Andaba yo por entonces muy obsesionada con el carácter épico y de alguna forma romántico de la Segunda Guerra Mundial y con la lejana y brutal guerra moderna en Vietnam (tema aparte). 
Mi primo tenía sus estanterías repletas de novelas del oeste y de guerra, pero en aquéllas tardes de siesta, de sonidos de chicharra y tórtolas, rayos de sol abrasadores en la Ciudad del Sol, cuando todo estaba en calma,  nunca me dio por leer nada de aquello. No sería el momento.


Y del montón me llevé, por cien pesetas, “La delgada línea roja” (antes editada con el título  “Morir o reventar”) y “Silbido”. Novelas segunda y tercera pertenecientes a la trilogía épica y autobiográfica del autor norteamericano.

Finalizó el verano y con él la vuelta a la normalidad: casa, compañeros de estudios, clases.

Ávida de lectura, inmersa en las páginas de ese par de novelas que somaticé enseguida, no tardé nada en ir a la ciudad y encaminar mis pasos a las  tiendas de viejo en la calle San Fernando (una de mis calles favoritas de ayer y hoy), a la búsqueda de la primera novela de la trilogía: “De aquí a la eternidad”, cuya versión cinematográfica ya había causado en mí gran revuelo interior tras observar cómo ese cuerpo perfecto de Burt Lancaster (con sus pecas en la espalda y ese bañador ajustado) se fundía en maravilloso beso con una Deborah Kerr atrapada entre el bien y el mal pero tan decepcionada con su vida que se deja arrastrar por la pasión que siente por ese hombre en Halona Cove, una playa al este de Oahu.


Cuando dos se besan con deseo y pasión todo lo demás es secundario, no importan ni los dramas que se avecinan ni problemas de trabajo ni guerras ni maridos aburridos. Eso vi en la peli siendo niña.
En la novela, siendo adolescente, vi mucho más lo crudo, edulcorado en el film.

Más de una década pasó hasta que alguien decidiera tomar esa primera novela de guerra que compré aquel día de verano, y pasarla a la gran pantalla. Diez años hasta que Terrence Malick pusiera su poesía visual a disposición para embellecer un insignificante episodio de una gran guerra. 

Y fue tal y como yo leí la novela, así la viví, esa fue mi experiencia, mi primera toma de contacto con el horror y el sinsentido de las guerras. Aun recuerdo cómo sentí los síntomas propios de la malaria mientras pasaba las páginas momentos antes de dormir, echada sobre mi cama; sentir la fiebre y los temblores, el dolor de articulaciones y de cabeza.

Creo que nunca he sido ni he actuado como una persona convencional (ojo, no lo digo porque me sienta la hostia); todos poseemos formas, detalles que nos diferencian del resto, a mí me ha tocado sentirlo todo, a veces con demasiada intensidad.

Me pregunto si vivo sobre la delgada línea roja que separa la cordura de la locura, la realidad de la ficción. Me lo pregunto porque algunas veces necesito respuestas, una señal, no me vale con suponer o imaginar, no lo sé todo; necesito una(s) palabra(s), sólo eso, para poder continuar.


Escribo estas líneas a un año de un beso bajo unas luces verde boreal que me levantaron del suelo y me hicieron volar.

sábado, 9 de noviembre de 2013

Eterna adolescente

Libélulas en el estómago, mis manos heladas que abrazan la carpeta contra el pecho, monedas para el billete de bus que caen al frío pavimento de la acera. Me agacho a recogerlas, y de paso subo mis calcetines hasta la rodilla. 

Escojo la primera canción en mi teléfono móvil: kaleidoscope  de The Dirt Tracks, el resto de la reproducción es ya aleatoria pero pronto compruebo que sólo surgen canciones que me hablan de ti.

Estoy muy nerviosa, y sin embargo feliz; al fin podré mirar tu rostro de nuevo. Ese que he visualizado tantas semanas para que no se pierda entre las otras caras que me cruzo a diario. Eres mi actor fetiche en la película neoromántica que imagino; eres alma Serie A que he soñado durante todo mi verano melancólico.

Y hoy, cuando no voy vestida como planeé hacerlo para tal ocasión, me voy a encontrar contigo.

De repente, ya no me pesan los días de ausencia, ya tengo ganas de verte otra vez, muy pronto. El hilo de plata que me une a ti brilla con todo su esplendor. Te veo pasar dos veces desde la ventana y mi corazón va a mil. 

Salgo a buscarte, y  te llamo por tu nombre. Ahí estamos, uno frente a la otra en la puerta del instituto, y nos reímos como antes, como si no hubiera existido un hueco entre los dos. Me siento como si hubiese arrancado las hojas de esa estación del calendario, y aunque tengo un pellizco volcánico que me aprieta el alma y mis manos están heladas, mi corazón sólo ansía tocar el tuyo, gustarte.

Los compañeros de la otra clase me miran desde tu espalda, algunos con descaro, y con la excusa banal de no sé qué se acercan a nosotros para seguir mirándome de cerca, pero no te das cuenta porque no dejo de sonreírte; no puedo controlarme, mis labios se arquean sin que mi cerebro de la orden, todo en mí va por libre cuando se trata de ti.

No has cambiado nada, te veo muy bien; tú no me preguntas cómo estoy, pero no me importa: te estoy mirando a los ojos, estoy escuchando tu voz, tu risa; es bonito cómo me nombras. Con qué poco mi estado de ánimo resucita, ¡qué digo poco! ya es mucho verte y que charlemos…

Hablamos de cristales azules, de viajes, de cuadros y asignaturas. Y rememoro el sabor del sushi junto a ti, mientras rozaba tu rodilla con la mía en otra vida. Aquella noche también tenía frío por otros motivos, pero entré en calor al abrazar tu sueño entre besos.

Por eso busco tus labios ahora, para calentar mi cuerpo congelado de invierno repentino, tomo un trago de tu saliva dulce, me mezclo contigo como en una fórmula se mezclan los elementos químicos para crear un compuesto de pureza Heisenberg.

Y así pasamos un rato.

Con mi carpeta forrada de fotos de Ryan Gosling y Matt Damon subo a ese bus que me separa de ti, esta vez deseo que por poco tiempo, y vuelvo a poner Kaleidoscope a mi banda sonora de vuelta, ahora en modo repetición.

Ya en mi habitación tengo muchos deberes, y no me puedo concentrar. La historia de mi vida los últimos tiempos, con el añadido que, en ocasiones, no puedo hacer Ctrl+z para deshacer.

P.D. Si me haces mejor persona de lo que soy por todo lo que sale de mí al pensarte, imagina si me tocas.



domingo, 29 de septiembre de 2013

En el tren

El tren es mi transporte favorito de toda la vida. Siempre con su traqueteo melancólico, las paradas en todas las estaciones,  sus olores, sus sonidos característicos, perennes en la memoria de la niña que pasaba los veranos en casa de sus abuelos. 365 km de eternidad novelesca.
Y antes de emprender el viaje, ese alboroto en las tripas, ese nerviosismo total,…Con todo lo que una ha ido de aquí para allá, y viceversa, y todavía me pasa.

La pasión puede llegarle a uno inesperadamente (dice Manuel Vicent en su columna de hoy 29/09/2013 Tren correo).
Yo sucumbí a ella en un tren con trayecto Málaga-Valencia, muy joven y con las hormonas totalmente revolucionadas (las sigo teniendo ahora, lo digo como dato). 


Así era yo. Aquí con el chuli, el cabra y el pá, etc., la pandilla malagueña que hicimos. Parecemos sacados de la película de Carlos SauraDeprisa, deprisa” ¿verdad?
  Ellos me enseñaron los primeros pasos de sevillanas que acabé bailando con mucho arte. Si es que soy de traca, valgo pa' tó.


Sucedió en un tren repleto de gente,  sobre todo de soldados que regresaban no sé de dónde ni adónde se dirigían. Un tren que parecía tomado por fuerzas invasoras, pero que en la realidad iba atestado de alegría y de juerga, una juerga sin control aparente.

Dejadme acariciar la botella.
Un soldado es un hombre.
La vida tan solo un instante.
No impidáis pues, que un soldado beba.
                 Creo que lo dijo Shakespeare en boca de Cayo Marcio Coriolano.
Recuerdo estar sentada entre una multitud de muchachos en el pasillo de uno de los vagones, fuera de nuestro compartimento desde el que las cervezas corrían a mansalva, y nos llegaban a las manos bien frías.

¡Cómo me gustaba que el tren tardara tanto en llegar a su destino!

Siempre había alguien en quien fijarse, siempre había otro que se percataba de tu existencia. A esa edad, y hasta bastantes años más tarde, no conocía aquello de no ser correspondida. También es cierto que en aquella época todos los chicos más o menos majos me gustaban, no era tan selectiva entonces como lo soy ahora. Y me iba muchísimo mejor, todo hay que decirlo. Ahora va de puta pena.

Pero volviendo al caso,... entre charlas de pasillo, risas y tragos, se desató una pasión bestial entre aquél chico que hacía la mili y yo,  y fue como en una película: ese no saber quién es el otro (y ni falta que hace) y de repente, todo fue manos que se meten bajo la ropa, manos que acarician, lenguas que recorren la piel, que lamen, labios que lo besan todo, besos sin miedo, fuertes y delicados a la vez. En unos instantes, la frenética excitación nos llevó a apartarnos del conjunto para, en definitiva, quedarnos totalmente solos entre vagones. No existía nadie más, por eso siempre me ha dado morbo enrollarme en los garitos (y lo he hecho poco, la verdad), porque todos desaparecen…sólo está el contacto con la otra persona, el sonido lejano de la música aunque te encuentres pegado al bafle,  y ese no saber dónde acaba una y empieza el otro. A eso llamo yo parar el tiempo. Nadie nos ve.

¡Mentira! Una llamada brusca a la puerta de separación, y la voz del revisor:

–¡Venga!, vuelvan a su compartimento, y enséñenme los billetes.

Y nos corta el rollo, nunca mejor dicho.

Más tarde, con muchos de los viajeros totalmente sobados por los rincones, charlamos un reducido grupo, nos contamos historias, reímos muy bajito. Uno de ellos hizo estas caricaturas. Y yo, que leía mucho El Jueves entonces, pensé: a ver si un día este tal Toni, acaba publicando viñetas ahí…




No sé dónde ni cómo estarán todos aquellos que compartieron horas conmigo en ese tren aquel verano, aunque me encanta imaginar que los buenos momentos se quedan atrapados en esos lugares donde suceden para los restos.