miércoles, 3 de febrero de 2016

La cuarta estación


El primer equipo recogió su aparato, la mira telescópica con nivel, los chalecos reflectantes y el trípode, y bajó a la zona delantera del instituto.

Esa fue su primera vez, así que lo hicieron con alborozo típico e incertidumbre positiva. Tenían casi nivelado el teodolito sobre el trípode cuando una mano docente comenzó a tocar y a tocar las ruedas desestabilizando todo. La burbuja del nivel, dio bandazos de un extremo a otro mientras las dos estudiantes, Ro y Me, se miraban la una a la otra con los rostros desencajados, no entendiendo qué demonios estaba pasando si ellas mismas habían logrado estacionar el teodolito en un tiempo récord. Se escuchó afirmar a Uno “esto no hay forma humana de nivelarlo” que fue interceptado por Dos que rondaba el aparcamiento ocioso. Gracias a éste se recompuso el desaguisado, a su manera y en un plis; eso sí, mientras echaba la bronca a las dos mudas. Las jerarquías, se supone que el que enseña sabe mucho más que el que está allí para aprender. Así que aguantaron estoicas sin decir mu.

A partir de ahí todo fue un despropósito tras otro: al parecer ninguno de los cuatro fijó el ángulo cero para orientar a un norte relativo, ya que, desde ese instante, todas las mediciones angulares salieron como el culo. De eso se dio cuenta la que llevaba el estadillo en la carpeta, pero ya en casa. Debían volver a estacionar porque los datos tomados no servían para nada.

¡El horror, el horror!

Al día siguiente, apesadumbradas, comunicaron a los demás grupos la gran cagada, y sólo escucharon voces compasivas y el no pasa nada de rigor, ya se arreglará más tarde, dijo Jaco. Pero Ro y Me nunca entendieron de qué otra forma se iba a arreglar aquello, sino bajando a campo otra vez.
Sus compañeros por contra, no opinaban lo mismo, así que ellas siguieron trabajando en sus cosas.

La segunda vez fue casi perfecta, pese a hacerlo todo con mucha calma: estacionaron sin problema, tomaron muchos datos, y esta vez orientadas al norte magnético.Volvieron a comunicar a los demás grupos en qué punto estaban, mas el resto del personal seguía insistiendo en que ya lo arreglarían más tarde.

Hubo una tercera vez, sí que la hubo, pero en esa ocasión, toda la cuadrilla, excepto ausentes, bajó al terreno ante las miradas atentas del resto del alumnado del centro que incrédulos preguntaban para qué era eso.
Lo estamos grabando todo y va sin cortes a Dirección, dijo con seriedad Me. Los chavales, atónitos, suplicaron que se eliminaran sus caras de la grabación, pero Me pronunció un no tan rotundo, que la miraron asustados y huyeron por el campo de deportes sin mirar atrás.

Como decía, ese tercer estacionamiento era el que iba a arreglar las cosas, era una tarea necesaria desde hacía semanas que el resto del grupo no quiso ver, hasta que el profesor insistió en que debían hacerlo sí o sí.

¿Creéis que ya estaba todo bien encauzado, que ya no habría más errores? Qué lejos estaba aquello de considerarse correcto. Me observaba incrédula y cabreada a partes iguales cómo sus compañeras Azu y Lore no lograban ni enfocar la lente del aparato, y de las lecturas ni hablamos, equivocaban decímetros con milímetros y así iba la cosa. También vio cómo tras hacer radiación en cinco de los puntos, Soto olvidaba medir la altura del aparato y los ángulos horizontales, y la verdad, sin ángulos no somos nada. El enfado de Jaco (que sujetaba la mira a la pata coja por un esguince en su pie) y de Meca (que había asistido a todas las mediciones y estaba hasta la peineta) era tal a esas alturas de la historia, que desestabilizó sus neuronas y, comentando entre ellos, se estaban cagando en todo lo demás, y en la hostia. A las 12 horas, se oyó a Azu decir me tengo que ir, y desaparecer. A Lore que tenía que hacer la comida y largarse también. Y Soto, pues Soto se evaporó como siempre cual espectro transparente.

Al día siguiente, Meca les dijo a Soto y a Lore, de aquí no se va ni dios hasta que esto se termine, ¿está claro?
No se escuchó ni respirar.

Era la cuarta vez que estacionaban el aparato en aquel puto punto, y mientras esperaba que Soto nivelara el instrumento, Meca fantaseó con la idea de blandir la mira telescópica y usarla como espada medieval, cortando las cabezas de los que se congregaban en el patio interior del instituto para el recreo, bocadillos y chuches en ristre, y que no dejaban ver la mira en lontananza. Visualizó el reguero de sangre que dejaba por donde pasaba, y hasta fue capaz de oír los gritos desgarrados y de pavor, audibles a kilómetros de distancia, mientras ella reía como fuera de sí, enloquecida, marcando puntos en el hormigón impreso con la sangre de los alumnos que habían tenido la osadía de cruzarse con ella y mirarla directamente a los ojos.

—¡Meca, Meca!
—¿¡Eh,… qué pasa!?
—Lectura superior
—¡Ah, sí, perdona! Lectura superior 1,524, lectura inferior...



Dedicado a mi compañera de equipo Rocío, y las risas que, a pesar de todo, nos hemos echado juntas.



martes, 5 de enero de 2016

Los adultos también juegan


Algunos lo hacemos sin premeditación, cuando surge. Es en su espontaneidad donde radica todo el encanto.
Los que disfrutamos del juego, de ese que nos une aunque estemos lejos, del que nos divierte y nos obliga sin amenazas a pensar, a imaginar, sabemos que muchas veces es difícil encontrar el momento adecuado, por ello no lo marcamos en el calendario por obligación, tan solo llega un día y fluye, y nos tiene un rato atrapados en el tiempo.

Ayer por la tarde, mi amigo virtual Jacinto Gutiérrez escribió un microcuento de año nuevo en su blog personal ( Disculpa si te molesto ) que luego compartió en Facebook con el resto de sus luciérnagas y difuntos. Lo que hago normalmente es leerlo, "megustear", compartir, algunas veces comento algo; pero ayer le seguí el juego, porque enseguida comprendí que me estaba retando desde lejos. Así que, encadené unas palabras mías a las suyas por las buenas. Me dio por ahí.

Por un momento pensé, ¿qué haces metiendo tu teclado donde no te llaman?, mas la voz de jugar, la que se divierte poco, imaginó por un instante que, entre todos sus amiguetes, aquello podría llegar a elevar el microcuento a un relato largo y fantástico, imaginé que íbamos a crear algo muy chulo.

Sin embargo, la virtualidad existente, que me consta que le siguen y leen, no se animó en absoluto. Un mazazo que nos apenó mucho a ambos, y nos dejó solos en aquel muro, jugando en un mano a mano.

Este es el resultado que obtuvimos de ese rato de juego a dos: Jac entre cuidados, virus y toses, y Mu (yo) en un parón del curso de Infoarquitectura, mientras me comía unas galletas.

Minicuento:
Sentóse ante su editor de textos con la intención de escribir. Meditó y la pantalla en blanco le sumergió en una historia tan apasionante que decidió no volver a escribir nunca más. Apagó su ordenador y caminó. Transcurrieron los años y sintió que había vivido. Se fue sin despedirse. Solo él estaba allí. 
Solo él estaba allí, o eso creía. Hacía unas cuatro horas que aquella nave, convertida en efímera sala de fiestas, había quedado en silencio. Hasta diez mil personas se habían congregado y ocupado  todos los huecos de ese antro infecto. Ahora, los monitores permanecían silenciosos  mientras las imágenes de las guerras mundiales venideras pasaban en modo bucle. Huele a quemado y es difícil respirar. Un momento, ¿es esto real? Abro los ojos con dificultad y se agudiza el dolor intenso que siento en mi muñeca. Miro los circuitos de mi antebrazo donde antes lucía un tatuaje tribal, y algo no funciona, la luz roja de mi visor izquierdo indica que no estoy sola. Ese cabrón me mintió. 
Ese cabrón me mintió. Me hizo creer que era mi igual. Que yo tenía un pasado. Hemos viajado millones de años luz antes de verme como lo que realmente soy. Lo que somos. Tengo batería para unos cientos de años más, pero estoy seca de flujos. Qué aburrimiento. 
Qué aburrimiento y qué estafa. Atada por millones de cables estoy a esa máquina del tiempo infernal de la que hace trienios que no me despego. Nunca debí creer las palabras de un humano, nunca. ¡Calma M-708, con lo que te queda de energía líquida, piensa en cómo salir de ésta!
Piensa con lo que te queda de energía líquida en cómo salir de ésta. Él intentaba ocultar su profundo miedo, mientras la pequeña ojo de pez, de vidrio azul pulido con las finas arenas del Rin, lo escrutaba por la espalda, allí sentado en su asiento de piloto. Saltó la alarma de contaminación del aire de la nave y las instrucciones de M-708 para que el humano se colocase el casco mientras se filtraba y depuraba la atmósfera de la estancia. Lo hizo sin perder un segundo, y una vez colocado se inundó con el azul líquido de la máquina. En pocos segundos quedó inconsciente con aquel fluido encharcando sus pulmones. 
Aquel fluido azul encharcando sus pulmones y M-708 esperando once micromomentos para asegurarse que el humano merecía una restitución. Al final creyó que sí; tanto tiempo junto a él la había inutilizado como máquina completa. Convertida en híbrido flexible, introdujo su dedo índice en el tórax y barrenó hasta llegar a descongestionar el pulmón derecho, luego hizo lo mismo con el izquierdo; y así lo dejó, con dos bonitos y llamativos tubos fluorescentes colgando a ambos costados, pero con vida. 
Con dos bonitos y llamativos tubos fluorescentes colgando a ambos costados, pero con vida. Toda la vida que aquel cuerpo necesitaba para ser considerado un ser vivo. Bueno, no del todo. El cuerpo se mantendría vivo a través del tiempo, las galaxias, los confines del espacio…, pero su mente ya no estaba: aquel cerebro se licuó para generar los fluidos que necesitaba M-708 para cargar sus baterías y funcionar mil años más y alegrar algunos de aquellos silenciosos momentos de aburrimiento en tránsito.

FIN 

Gracias por hidratarme, compañerico Jac