viernes, 5 de octubre de 2018

Distancias


Hubo un tiempo, generalizado creo para todos, en el que las distancias cortas resultaban casi infinitas. Escuchar a alguien decir que había ido a tal calle, pasada la plaza, o cruzado las vías del tren hacia el pueblo de al lado, nos dejaba  asombradas por la proeza; admirábamos al interfecto como si fuese un explorador británico del siglo XIX que regresaba a casa desde la punta más sureña de África. Territorios lejanos, conocidos a través de los libros que leíamos.

Una de las razones por las que concluíamos  que la gente viajaba y se movía de un lado a otro, era al ver las matrículas de los automóviles. En esos tiempos en los que a los coches los bautizaban por la provincia, mucho antes de oír hablar de comunidades autónomas o la Unión Europea, se hacía raro ver a los forasteros. Cuando al pueblo llegaba alguna chapa con las letras CA nos imaginábamos a los que iban dentro haciendo un viaje desde el centro mismo de la tierra. 
En ocasiones, esos forasteros éramos nosotros. El taxi que nos llevaba al pueblo, si no lo hacía mi chache Antón que bajaba desde Mataró, tenía matrícula de MU. Verlo esperando en la puerta era todo un acontecimiento que me ponía nerviosa, por el viaje en sí, por volver a ver a una parte de la familia, regresar al lugar donde empezó mi vida, a ese micromundo donde me sentía dichosa y salvaje, donde los días discurrían con la lentitud propia de las cosechas y los huertos. No tener responsabilidades es una de las mejores sensaciones de mi vida.

Cuando se es una cría, el mundo se reduce a unas pocas calles: las que transitas para ir al colegio o por las que juegas. El mundo se amplía en verano, a un montón de kilómetros del hogar, cuando tras unas horas de viaje apareces en otras calles, en otros campos que reconoces enseguida por el aroma: el pueblo de los abuelos maternos esperando para estrujarlo al máximo.

Viajar al pueblo, a mi pueblo, era como abrir una puerta estelar. Imaginaba que las carreteras, las casas, las personas, los sembrados, las fábricas, todo, iba apareciendo a medida que nosotros avanzábamos. Como si sólo existiera la nada hasta que mis ojos entraban en la escena. Era un pensamiento de niña, lo sé, por otro lado no carente de lógica: no existen las chicharras si no hay alguien que escuche su chirrido. Supongo que esas conclusiones resultan muy pueriles ahora, en este mundo tecnológico donde ya no es posible ni ir al váter sin que alguien más quede enterado, pero yo todavía tengo sensaciones de esas que me devuelven mi niñez y me transportan al siglo pasado.

Existen unas calles en el pueblo vecino por las que respiro aquel mismo aire de entonces. Se han mejorado fachadas, aceras, colocado contenedores de residuos soterrados,… y aun así, mantiene la esencia de otros tiempos. Hay silencio a pesar de estar a dos calles de una avenida de tráfico continuo, y los sonidos que surgen del quehacer diario resultan discretos. El tiempo parece otro, el ritmo es más cadencioso y me detengo para observar la calle, esa casa, la otra. Disfruto, mastico ese momento. Una vecina saluda a otra que limpia con un paño húmedo la reja de su ventana. Escucho la luz del sol que me da en la espalda, y a las flores de las macetas mecidas por la suave brisa ocasional. Acaricio las hojas de una planta verde con la mano, me la llevo a la nariz, y, efectivamente, huele a limón como imaginaba. ¡Qué poco necesito para sentirme tan bien!

Ahora que algo he viajado me doy cuenta que esa sensación de bienestar no se tiene en todos lados. No sé si tendrá algo que ver con la pertenencia o no a los lugares que consideramos nuestros; la tuve en Athlone, Irlanda, mientras caminaba hacia el encuentro con mi amiga que se hospedaba en casa de otra familia: el frío, la nieve, las  pequeñas y delicadas campanillas de invierno, el rayo de sol que os aseguro pude ver cada día, el olor que desprendía la turba en las chimeneas encendidas. Sentí la libertad y la felicidad, con pureza, pero sin  la nostalgia de haber estado antes.

Todavía no me he atrevido a andar por los caminos de mi pueblo familiar que me llevaban al lugar más maravilloso del mundo cuando era pequeña. No piso esa vereda desde el año 1999, cuando lloré amargamente y en silencio al ver echada abajo la casa donde nací, derruida a conciencia por los dueños para que nadie ajeno a la propiedad pudiera instalarse bajo su techo y okuparla sin más. No encontré el número de policía de la casa bajo los escombros, nada característico que me pudiera traer a mi casa, cogí una piedra y una teja, sólo eso, y también me traje las lágrimas que caían por las mejillas de mi madrina. Las dos a la par como dos bobas recordando momentos vividos. Ahora desaparecidas ambas para siempre, la casa y ella. Ella era nuestra memoria viva para mi madre y para mí, la que nos unía al pueblo; ahora ya no tenemos a quién preguntar.

©AnaMeca1989
En estos últimos años, sólo un par de veces me ha dado por ver la casa en Google Earth. Se ve perfectamente el camino, la distribución de la vivienda y los anexos, la vereda por la que caminábamos para ir a comprar el pan a la única tienda de la zona. Todo ha cambiado, pero en mi cabeza sigue intacta la estrechez de la senda, el tened cuidado y que os den bien las vueltas de mi yaya, el sonido de las aguas por las acequias o del ring ring de una bicicleta que va de paso, las mariposas de todos los colores y tamaños, el frescor bajo el parral, mi madrina, el primo y yo comiendo higos con sorbos de anís, el geranio inmenso frente al gallinero. El señor de los pepinos, del que nunca supe el nombre, que cuando se marchaba de haber dado una vuelta al campo nos dejaba subir a todos los zagales a la parte trasera de su furgoneta y nos llevaba hasta el final del camino, forzando baches, zarandeándonos como semillas dentro de unas maracas sin poder agarrarnos a nada y riendo sin parar. Ese camino se nos hacía largo. Todavía puedo sentir cómo ardía la chapa metálica y el granulado de la tierra seca que nos manchaba la ropa a todos. Era un momento de extrema alegría, ya ves con qué poco…

Sí, las distancias cuando eres niña son extrañamente infinitas, como lo es el tiempo alargado de esos veranos.



martes, 2 de octubre de 2018

El porvenir

La secuencia fue así:
Tras maravillarme con la película “Visages, villages” de Agnès Varda y JR, busco en la red películas completas de ella que todavía no he visto. Encuentro “Loin du Vietnam”(1967) una película documental donde participan varios realizadores franceses, entre ellos Chris Marker del que adoro “La Jetée” (1962), y que deja fuera la trama de la realizadora francesa, aunque su nombre permanece en los créditos. Una vez hecha esta búsqueda (aquí entran en juego esos algoritmos curiosos) me salen películas y cortometrajes de temática documental sobre la guerra de Vietnam (obvio), y ahí, a un lado y sin saber qué lo conectaba a todo lo anterior, se me ofrece la opción de visionar un documental titulado “La cuarta puerta, un retrato de Elena Garro”, escritora mexicana que, pese a haber estado durante años a la sombra de Octavio Paz, de sobra conocido, no tenía la menor idea de quién era.

Elena Garro nació, como yo, un 11 de diciembre. Veo ese documental y otro más, y le doy la forma que le corresponde, le pongo cara. Algunos la consideran una de las mejores escritoras del siglo XX, otros tantos no olvidan el turbio asunto del 68, y después anda ella, que rechaza la etiqueta del realismo mágico por mercantilista. Me formaré una opinión cuando la lea, que es la mejor forma que se me ocurre de hacerlo.

Mujer flacucha, empequeñecida en el sofá, que aún con manchas en la piel conserva intacta la belleza y un cierto halo de seducción. El aspecto frágil por su mala salud no quita para que sea contundente en sus afirmaciones y algunas de sus frases me sobrecojan. «Todo en la vida me ha salido del revés». Me siento afín a ese sentimiento y se me clavan las palabras como si fueran mías. En solo esa frase hay metidos miles de libros. No la conozco de nada, pero me gusta cómo habla. Encuentro y descargo su primera novela por el título evocador: “Los recuerdos del porvenir”.

Porvenir es una palabra que siempre me ha gustado muchísimo, porque, aunque encierra futuro, lo hace con una mezcla de nostalgia y melancolía que me hace pensar en que más que lo que está por llegar, está lo que ya ocurrió; y ya sabéis lo que disfruto de un buen drama.

«El futuro es ilusorio, una trampa que se inventa el sistema para que agachemos la cabeza, nos acobardemos y produzcamos…», ya lo decía el personaje interpretado por Federico Luppi en la magnífica película “Lugares comunes”(2002), de Adolfo Aristarain. El futuro no es para mí más que las historias que me muestra el cine que ocurren en años venideros, y también, lo que pasa en una realidad paralela en mi imaginación o en mis sueños. A veces fantaseo, claro, pero queda en nada.

Casualmente, y he aquí la conexión que yo misma otorgo, Chris Marker y Yannick Bellon tienen un documental titulado “Recuerdos del porvenir”, en cuyo soberbio montaje del estupendo legado fotográfico de la pionera Denise Bellon, está contenido el devenir del siglo XX, ese siglo que vio nacer y morir dos grandes guerras, el surrealismo en un reportaje único, la destrucción, el advenimiento de la crueldad contra otro ser humano que nunca más se fue, reportajes ligeros para ir tirando, todo ello trae consigo los recuerdos de lo que está por llegar.
Denise Bellon pudo estar y corroborar mucho de lo que se contaba en la calle. Demostró que era cierto aquello de que en la bañera de Henri Langlois, éste apilaba latas de películas para que no desparecieran. Su bañera, cuna de todas las cinematecas.
«Denise estuvo ahí» podría ser la frase que mejor la define.

Recorte de la fotografía de ©DeniseBellon

Allá por nuestros 80, escuché una y otra vez en el radiocasete “Lluvia del porvenir” de Radio Futura. El porvenir esperanzado en voz del primer maño que me fascinó: hay agua abundante en este páramo, cantaba Auserón, y han vuelto los colores a su rostro. ¡Cómo vivimos esos años creyendo que todo iría mejor!

     


En el enlace de la canción, una persona dice que le recuerda un bosque lluvioso cerca de Toluca, México. Otra vez México, Porvenir, Garro, Marker…Varda.

Mi estimada Agnès Varda, por la que siento profunda admiración, siempre vitalista y jovial, feminista, realista y social. Para ella, la inspiración surge de la experiencia inmediata y de la motivación. Realizadora de algunas obras maestras, admiro su entrega, su capacidad creadora y su sentido del humor. Su frase: «no conduzco, soy sensata», me la quedo para mí. Visionar “Visages, villages” ha sido como contemplar el mar sin reloj y respirar profundamente el salitre, o estar en el bosque buscando setas y encontrarlas: un buen rollo brutal.

Y con esta dicha, acabada la novela de V-M “Porque ella no lo pidió”, me dispongo a leer lo que Elena Garro contó en su primera novela. Quiero ver y sentir cuáles son esos recuerdos de su porvenir, a ver si le da algún sentido al mío.

Al final lo que cuenta, inventándome o no casualidades, es dar con cosas o personas que sumen y hagan a una el camino más placentero. Placer: sensación única y fascinante de felicidad cuando alguien que deseas te dice: «Voy a verte». Sí, hay infinitas frases mucho mejores (su hipoteca ha sido cancelada, gracias), pero, por su escasez y por lo que me provoca, ésta es una de las que más añoro.