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jueves, 8 de agosto de 2019

No sé

Siento un ahogo que me supera estando sentada a la mesa con esta panda de chanchulleros babosos. Sé que él me ha invitado porque me quiere desde hace mucho tiempo y porque le encanta estar conmigo, pero este sitio es clasista y la gente no tiene nada que ver con lo que soy; he aceptado por no darle más largas.

Este club es para ellos, éstos que se creen importantes cuyo único credo es el egoísmo. Sus ojos sólo ven éxito en lo que posees, y yo, a día de hoy, poseer, poseo poca cosa.

Hace media hora que me ha dicho que nos marchábamos enseguida y siguen pidiendo más copas mientras se ríen las gracias los unos a los otros con el colegueo típico del que ha bebido suficiente. En ese estado todos queremos mucho, curioso efecto que provoca la ingesta de alcohol. Deberíamos aprender a parar en ese punto exacto de bienestar, de pedo amable, y beber sólo con la gente que queremos estando sobrios.

Yo quiero bañarme en la piscina, flotar en sus aguas calmas para gente VIP, pero aquí nadie se mueve y me pregunto qué narices hago haciendo nada.Él me mira comprendiendo mi malestar, pero aparentar y pertenecer al grupo le importa más que mi persona, así que me sigue con la mirada mientras desaparezco de la terraza sin despedirme. Elije quedarse.

Todos los autobuses han salido ya, me dicen en el punto de información, pero le digo a la muchacha que me deje cruzar la pasarela, que haga la vista gorda, sé que puedo lograr pasar el río sin problema, y que después de eso, el camino ya me es conocido y andando, en media hora estaré en casa. Ella se niega de nuevo, son las normas, escucho su voz lejana. Mientras observo las aguas bravas y la pasarela endeble un vértigo me recorre la espalda hasta llegar a mi garganta como un latigazo dejándome muda y serena.

Sigo caminando con la esperanza de encontrar la salida. Mi sobrina pequeña está ahí, clavada en la acera, esperando al novio de su madre que viene a recogerla. Cuando aparece el vehículo él sale para coger su mochila y aprovecho para preguntar si podría llevarme con ellos. Somos muchos, me dice. La chica que lo acompaña va delante y los tres niños de atrás se podrían apretujar un poco, pienso. Pese a dudar unos instantes, acaba negándose. Frialdad y negación, la historia de mi vida, y con qué facilidad la gastan algunos. Quiero aprender pero no encuentro el tutorial para ello.
Mientras voy pensando en ésto, y sintiendo la impotencia de estar en un lugar en el que no quiero estar y del que no puedo salir de ninguna de las maneras pese a mis esfuerzos,reconozco esa calle larga en la calle larga de otros sueños (a veces se me solapan cuando intento recordar con claridad). En sueños visito lugares donde ya estuve, unos son similares a la realidad pero conservan ese onírico halo que me deja clara la ficción en la que ando, y eso me tranquiliza; otros, en cambio, varían sus formas según avanzo, provocando un vértigo, una inestabilidad que me hace vulnerable.

En los sueños también tengo miedos, pero muchas veces vivo del aire y lo tengo todo.

Me asusta no encontrar el camino de vuelta, perder piezas dentales, que en muchas ocasiones se deshacen en textura terrosa dentro de mi boca, que me pillen robando y no pueda disfrutar de lo sustraído, no escuchar lo que me dice alguien que amo...

El robo es habitual en mis historias, esta noche ha sido algo dulce, un pastel, y quería salir de allí lo más rápido posible para disfrutarlo en soledad y a salvo de miradas extrañas. Me ha resultado imposible abandonar esa estación en la que estaba con las tres esposas de un conocido a quienes despedía, entre halagada por las palabras de éstas hacia mí, y el asombro que me ha producido conocer que este hombre, que en la vida real nunca quiso casarse lo haya hecho tres veces. ¿Eres mormón? le he preguntado sin obtener más respuesta que una mirada fija con sonrisa a lo Gioconda.

Me despierto a las siete de la mañana con las mismas ganas de comer pasteles con las que me acuesto, diciendo “no sé” como respuesta a casi todo lo que me pasa o no me pasa y sin volar en ninguno de mis sueños de estas noches de verano ardiente. 


To Palos, my person


martes, 2 de octubre de 2018

El porvenir

La secuencia fue así:
Tras maravillarme con la película “Visages, villages” de Agnès Varda y JR, busco en la red películas completas de ella que todavía no he visto. Encuentro “Loin du Vietnam”(1967) una película documental donde participan varios realizadores franceses, entre ellos Chris Marker del que adoro “La Jetée” (1962), y que deja fuera la trama de la realizadora francesa, aunque su nombre permanece en los créditos. Una vez hecha esta búsqueda (aquí entran en juego esos algoritmos curiosos) me salen películas y cortometrajes de temática documental sobre la guerra de Vietnam (obvio), y ahí, a un lado y sin saber qué lo conectaba a todo lo anterior, se me ofrece la opción de visionar un documental titulado “La cuarta puerta, un retrato de Elena Garro”, escritora mexicana que, pese a haber estado durante años a la sombra de Octavio Paz, de sobra conocido, no tenía la menor idea de quién era.

Elena Garro nació, como yo, un 11 de diciembre. Veo ese documental y otro más, y le doy la forma que le corresponde, le pongo cara. Algunos la consideran una de las mejores escritoras del siglo XX, otros tantos no olvidan el turbio asunto del 68, y después anda ella, que rechaza la etiqueta del realismo mágico por mercantilista. Me formaré una opinión cuando la lea, que es la mejor forma que se me ocurre de hacerlo.

Mujer flacucha, empequeñecida en el sofá, que aún con manchas en la piel conserva intacta la belleza y un cierto halo de seducción. El aspecto frágil por su mala salud no quita para que sea contundente en sus afirmaciones y algunas de sus frases me sobrecojan. «Todo en la vida me ha salido del revés». Me siento afín a ese sentimiento y se me clavan las palabras como si fueran mías. En solo esa frase hay metidos miles de libros. No la conozco de nada, pero me gusta cómo habla. Encuentro y descargo su primera novela por el título evocador: “Los recuerdos del porvenir”.

Porvenir es una palabra que siempre me ha gustado muchísimo, porque, aunque encierra futuro, lo hace con una mezcla de nostalgia y melancolía que me hace pensar en que más que lo que está por llegar, está lo que ya ocurrió; y ya sabéis lo que disfruto de un buen drama.

«El futuro es ilusorio, una trampa que se inventa el sistema para que agachemos la cabeza, nos acobardemos y produzcamos…», ya lo decía el personaje interpretado por Federico Luppi en la magnífica película “Lugares comunes”(2002), de Adolfo Aristarain. El futuro no es para mí más que las historias que me muestra el cine que ocurren en años venideros, y también, lo que pasa en una realidad paralela en mi imaginación o en mis sueños. A veces fantaseo, claro, pero queda en nada.

Casualmente, y he aquí la conexión que yo misma otorgo, Chris Marker y Yannick Bellon tienen un documental titulado “Recuerdos del porvenir”, en cuyo soberbio montaje del estupendo legado fotográfico de la pionera Denise Bellon, está contenido el devenir del siglo XX, ese siglo que vio nacer y morir dos grandes guerras, el surrealismo en un reportaje único, la destrucción, el advenimiento de la crueldad contra otro ser humano que nunca más se fue, reportajes ligeros para ir tirando, todo ello trae consigo los recuerdos de lo que está por llegar.
Denise Bellon pudo estar y corroborar mucho de lo que se contaba en la calle. Demostró que era cierto aquello de que en la bañera de Henri Langlois, éste apilaba latas de películas para que no desparecieran. Su bañera, cuna de todas las cinematecas.
«Denise estuvo ahí» podría ser la frase que mejor la define.

Recorte de la fotografía de ©DeniseBellon

Allá por nuestros 80, escuché una y otra vez en el radiocasete “Lluvia del porvenir” de Radio Futura. El porvenir esperanzado en voz del primer maño que me fascinó: hay agua abundante en este páramo, cantaba Auserón, y han vuelto los colores a su rostro. ¡Cómo vivimos esos años creyendo que todo iría mejor!

     


En el enlace de la canción, una persona dice que le recuerda un bosque lluvioso cerca de Toluca, México. Otra vez México, Porvenir, Garro, Marker…Varda.

Mi estimada Agnès Varda, por la que siento profunda admiración, siempre vitalista y jovial, feminista, realista y social. Para ella, la inspiración surge de la experiencia inmediata y de la motivación. Realizadora de algunas obras maestras, admiro su entrega, su capacidad creadora y su sentido del humor. Su frase: «no conduzco, soy sensata», me la quedo para mí. Visionar “Visages, villages” ha sido como contemplar el mar sin reloj y respirar profundamente el salitre, o estar en el bosque buscando setas y encontrarlas: un buen rollo brutal.

Y con esta dicha, acabada la novela de V-M “Porque ella no lo pidió”, me dispongo a leer lo que Elena Garro contó en su primera novela. Quiero ver y sentir cuáles son esos recuerdos de su porvenir, a ver si le da algún sentido al mío.

Al final lo que cuenta, inventándome o no casualidades, es dar con cosas o personas que sumen y hagan a una el camino más placentero. Placer: sensación única y fascinante de felicidad cuando alguien que deseas te dice: «Voy a verte». Sí, hay infinitas frases mucho mejores (su hipoteca ha sido cancelada, gracias), pero, por su escasez y por lo que me provoca, ésta es una de las que más añoro.



lunes, 4 de abril de 2016

Canciones mínimas


Sólo tengo contacto visual con tu nombre en una aplicación donde se agolpan canciones y más canciones. Es el único lugar del que no me has podido eliminar ya que no depende de ti ese tema.

Tras muchos meses sin hacerlo, una tarde entré y te vi conectado escuchando alguna canción de tu descubrimiento semanal, me tembló todo el cuerpo, me emocioné; fue como si te viera de frente en mitad de la calle, algo que, por ahora, no ha pasado en la vida real. Temo que esto ocurra algún día porque no sé cuál será mi reacción, aunque para entonces, puede que verte ya no me importe en absoluto, lo cual también me asusta.

Me pregunto si hoy, que has vuelto a escuchar esa canción de Seabear de tu lista de favoritos, te acuerdas de mí, porque yo lo hago siempre desde aquella mañana de martes en la que la escuchamos en tu coche: tú ibas a trabajar y yo a la parada del bus. Unas horas más tarde, no muchas, me la enviaste por correo con las palabras: la canción que sonaba en nuestro primer día laboral juntos.

Entonces te veía ilusionado como lo estaba yo y tenías esos detalles, llámame tonta, pero me fascinaban esas pequeñas cosas pues es a lo que de verdad doy importancia.

Esa mañana, al despertar junto a ti, hablamos un buen rato holgazaneando como me gusta cuando estoy feliz. Me dijiste que me quedara, cosa que no pude hacer por compromisos varios, pero que me lo pidieras erizó mi piel, eso lo puedo asegurar,… Enseguida pensé que deseabas escaparte en algún momento para regresar a las sábanas de tu cama o al rincón de tu sofá, junto a mí.

Abro la aplicación para escuchar música mientras trabajo en la modificación de unos planos por sexta vez y veo que hace tres horas has escuchado esa canción y sonrío, y no dejo de preguntarme si me recuerdas, aunque sea imagen fugaz, aun cuando no construirás jamás fuego alguno para mí, y pese a que hayas olvidado ya el nombre por el que me llamabas.


Tú no lo sabes, pero eres un recuerdo cálido, y si me hablaras de nuevo, te escucharía sin dudar.



martes, 8 de diciembre de 2015

Ole sokea


A veces las notas no son como las imaginamos. Son sólo trozos de papel en el que se escribe algo que se desea a cambio de haber alcanzado una puntuación más elevada en la lista de alguien.



A veces las notas, las que quieres, no llegan y la culpa es toda tuya, por querer, por imaginar, por crearte expectativas, por creer que sí se puede. Añoras las notas sencillas y directas pasadas de mano en mano durante la clase, con ese miedo que te hace temblar por si es interceptada por el profe. Cuando eres estudiante, cuando eres niña, todo se ve claro, incluso a los mayores que fingen, sobre todo eso. Ves cristalinas sus mentiras.

Y esa claridad pueril, aparece convertida en imágenes de Super-8 mientras escuchas, ya en la madurez, tu lista de canciones favoritas que día a día se hace más y más larga. La música no tiene fin; dicen que no te gustarán nuevas cosas eternamente, que llega un momento en el que te estancas, yo creo que esa regla inventada es falsa, no tiene nada que ver con el año de tu nacimiento, sí con tus inquietudes artísticas. Me gusta la gente con curiosidad, incluso aquellos que parecen seguros y no lo son tanto pero lo intentan, los miedosos me aburren.

La música atrae los recuerdos sin filtrar, tan aleatorios como esas canciones que van apareciendo en el reproductor. En ocasiones la melancolía invade tu cerebro de una manera brutal por cosas que sólo has imaginado con alguien que ya no está o que fueron reales y no aciertas a responder para qué.
Otras, te imaginas a ese amigo tuyo del alma bailando, deslizándose por la pista tímido, y con su parte tierna tan escondida que nadie la ve, ni siquiera él.

¿Todo va a ser tan complicado desde ahora como lo está siendo desde hace unos años? Pues, vaya mierda.

Quiero escribir y no me atrevo. Es más, me aterra la sola idea de escribir aquí ese “quiero escribir”. He estado pensando varias semanas sobre algunos temas que me rondan, éste no es ninguno de ellos, y no me he atrevido a sentarme con la intención exclusiva de soltar sobre el teclado cualquier historia inventada o no.
Principios de diciembre y me confundo con el frío, ese que deja mi cuerpo envarado y robotizado; mas mi cerebro, mis órganos vitales, mis venas y arterias, todo sigue muy caliente ahí dentro, en este cuerpo blanco a medio arreglar.

Sí, todas las putas canciones hablan de mí, y si no es así, me lo invento sobre la marcha,…

Y de repente, me veo sentada a la orilla de un mar lejano, entre redes, grandes agujas y pequeñas barcas que nos protegen de la arena que se revuelve por ese pequeño temporal que azota la costa. El aroma del pescado fresco y la sal lo inunda todo: mi cabello corto, mis ropas sucias, mi piel ajada y morena.

El frío ha llegado a mis manos que cubro con mitones sin dedos. No las puedo calentar con nada. Me pongo a jugar con lanas y tampoco, el frío se traspasa de mi gancho del 9 mm a mis manos y viceversa, y lo dejo por imposible, pero me gusta tanto tejer que lo medito; si las situaciones me gustan, regreso feliz a ellas para vivirlas el máximo tiempo permitido.

De todas las cosas que no quisiera nunca hacer de manera consciente o inconsciente, dañar a otra persona es la primera de la lista. Sé que no estoy vacunada contra ello y que la convivencia en sí ya es terreno abonado para que en algún momento suceda, pero que sepáis que estoy en contra. Por otro lado, tampoco creo que deba pedir disculpas por sentirme feliz en momentos muy concretos, con alguien en particular, por decirlo o por querer más besos.

Mi mente no planea, los sentimientos van por libre. Al principio eriges un pequeño muro para resguardarte, pero éste se puede hacer trizas en un segundo.

Sí que hay límites, sí, parece que siempre los hay, a ver si lo aprendo algún día y dejo de saltármelos para no herir o enfadar a otros.

Y mientras, la música fiel cantándome mi vida desde mi lista de favoritos en modo aleatorio, para que cualquier canción sea inesperada.

Ilustración Ana Meca sobre unos pajarillos de Nurica

Caminando por la calle Ana María Matute de este pueblo donde vivo, salta la canción de Jens Lekman, y en ese mismo instante una bandada de aves aparece ante mi vista cruzando el cielo limpio de nubes. El arpa del comienzo juega con sus movimientos ondulados, ese planear perfecto en el aire, buscándose, alejándose para regresar al lugar asignado; todo mientras suena “Your arms around me”. Me parece un momento tan emocionante que soy feliz mientras dura, hasta que no queda ni un solo pajarillo en el rectángulo amplio de cielo que alcanzo a ver desde mi punto fijo en la tierra. Ninguna persona que se cruzó conmigo miró el espectáculo, yo fui única testigo de la naturaleza y sus leyes.





Llegué unos minutos tarde a clase a pesar de que el argentino me azuzaba desde el hall con sus gritos de viernes. Pero mi sonrisa no me la iba a quitar nadie aquella mañana, es mi espada, y caminaba al compás de la canción que siguió sonando hasta llegar a la puerta del aula técnica 3.

We watch, we listen and we remember.
Siempre